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miércoles, marzo 03, 2010

El monstruo que todos amamos

Reportaje de Diego A. Manrique en El País del pasado 26 de febrero.


En una hipotética competición para determinar el artista estadounidense más cool, es muy posible que Tom Waits ocupase el primer puesto. Alardea de productividad: puede editar dos álbumes el mismo día o juntar sus temas sueltos en un triple disco. Su música rompe normas: impresiona su primitivismo, apabullan sus desmadejados arreglos, desconciertan esas letras donde alterna religión y crueldad. Y ejerce de notable actor (secundario), generalmente en películas minoritarias.

"El público es un animal al que mejor no alimentar", suele decir el cantante

Tom Waits es generoso con su arte pero tacaño con su presencia pública. A diferencia de la mayoría de los artistas, detesta que su música sea usada en publicidad (y ha pleiteado, con éxito, contra los listos que intentaron sortear su prohibición). Raciona sus directos: sus giras son raras y breves, limitadas a actuaciones en teatros. Rechaza deliberadamente los festivales que honran su obra: Waitstock (Nueva York), Stray-dogs Party (Dinamarca), Waiting For Waits (Mallorca).

Sobre todo, Waits extiende una niebla perpetua sobre su pasado, su vida cotidiana, sus motivaciones. Concede entrevistas cuando se acerca un nuevo lanzamiento, pero los encuentros están cuidadosamente escenificados. En ellos procede a apabullar al plumilla con información trivial, aforismos ingeniosos o anécdotas improbables. El periodista descubre que se ha divertido mucho, pero que sigue sin aclarar los misterios que rodean al artista, empezando por el principal: la relación creativa con su mano derecha, su esposa Kathleen Brennan.

Los argumentos de Waits son contundentes: sus seguidores no pueden exigir conocer sus intimidades; las canciones existen por sí solas y no necesitan exégesis; su imagen pública no debe ser cuestionada. En sus palabras, "el público es un animal salvaje al que conviene no alimentar demasiado". Así que dedica muchas energías a zancadillear el primer proyecto de una biografía seria, ordenando a sus amigos y socios que no hablen con el intruso, el británico Barney Hoskyns.
Finalmente, el libro se publica y ya tiene traducción española (Global Rhythm Press), lastrada por un título chocante -Tom Waits. La coz cantante. Biografía en dos actos- y la ausencia de índice. En el prólogo, Hoskyns examina el conflicto entre el secretismo de su protagonista y su necesidad de indagar: "Está claro que no tenemos un derecho a conocer al auténtico Tom Waits, igual que ocurre con cualquiera que elija por voluntad propia excluirse de la vida social. Y sin embargo resulta inevitable que las personas que se apasionan con la obra de un artista busquen identificarse con él: todos queremos acercarnos a su grandeza".

Hoskyns divide la biografía en dos partes. El primer acto cubre desde su nacimiento (Pomona, 1949) hasta su encuentro con Brennan, mientras se rodaba Corazonada, el musical de Coppola. Husmeando los pasos de Waits, desde San Diego a Los Ángeles, muestra la consolidación de su personaje, un beat tardío que detesta la contracultura californiana, aunque comparta discográfica con su aristocracia: en Asylum Records están desde Jackson Browne a Eagles.

Hay mucha impostura en aquel Tom Waits que pretende situarse entre Kerouac y Bukowski, aunque es más espectador que participante en los excesos de la vida bohemia. Con todo, no se entiende que reniegue de aquellos discos setenteros, que ahora maltrata: están disponibles en CD con portadas desvaídas, a veces sin letras, digitalizados sin ningún cuidado especial. Afortunadamente, Hoskyns combina el trabajo detectivesco con el análisis crítico, complementando la historia de cada grabación con el despiece de sus canciones.

Tom Waits es un caso único en el negocio musical: a estas alturas, se necesita reivindicar su cancionero más accesible, dado que en los últimos 30 años sólo ha defendido su trabajo más experimental. El segundo acto de Hoskyns navega por territorio más oscuro: en su papel de padre de familia, Waits mantiene lo que los publicistas denominarían "un perfil bajo". Pocos músicos se atreven a romper el pacto de silencio implícito en una convocatoria de Tom: como jefe, no tolera que sus subordinados se quejen o que especulen con sus acciones.

Ese ensimismamiento ha generado mucha música impactante, en un ejercicio de expresión radical que no deja de plantear problemas. El Tom Waits actual se acerca tanto a la autoparodia como el desatado beatnik del motel Tropicana: ejerce de intimidante hombre lobo, lleva su cruzada antitecnológica al borde de sabotear sus propios discos. Sus escasas actuaciones se transforman en eventos fashion donde acuden VIP que seguramente nunca han escuchado a Captain Beefheart, ni, por supuesto, saben de la existencia de Howlin' Wolf. Sus torturadas canciones sirven para que bellas actrices enriquezcan sus currículos. Se ha convertido en un freak de circo, el monstruo al que todos amamos.

viernes, diciembre 11, 2009

La Coz Cantante. Biografía en Dos Actos

Este es el título de la traducción al castellano de la biografía de Barney Hoskyns (Lowside of the Road) que acaba de editar en España Global Rythm Press.

Traductor: José Serra
Páginas: 432
PVP: 26,50 euros
ISBN: 978-84-96879-44-7
Formato: 24 * 26 cm
Diciembre de 2009



CONTENIDO:

Prólogo

Primer acto: Maltrecho y herido
1. Maneras no del todo correctas
2. El hogar donde nunca estaré
3. Comprensión, simpatía y aliento
4. Metido en el personaje
5. Hasta las cejas de mugre
6. Soñadores románticos atrapados en la franja horaria equivocada
7. Listo para gritar
8. Un tipo con suerte

Segundo acto: Detrás de la mula
1. En busca de una epifanía catártica con relación a mis bifocales
2. Colección de despojos
3. Algo para toda la familia
4. Con traje cuando sueñas
5. Huesos, cementerios y sangre sucia
6. El árbol torcido y el árbol derecho
7. La herrumbre nunca duerme
8. No esta allí

Coda: Me lo llevaré cuando me vaya

Agradecimientos

lunes, marzo 23, 2009

De las cloacas vino su canto

Artículo de Diego Manrique en El País de hoy.

Una nueva biografía llega al fondo de Tom Waits pese al veto del músico
DIEGO MANRIQUE - Madrid - 22/03/2009


Barney Hoskins supo que tenía problemas cuando Keith Richards se echó atrás y le informó que, sintiéndolo mucho, no colaboraría en su biografía sobre Tom Waits. Si ni siquiera un bocazas como el guitarrista de los Rolling Stones -que trabajó fugazmente con el californiano en los años ochenta- se atrevía a romper el silencio, se desvanecía la posibilidad de elaborar un retrato de Waits a partir de testimonios de los que le han tratado.

Bajo la influencia de su mujer, el músico se radicaliza en música y política

Tras rechazar hablar con Hoskins, Tom se había puesto en contacto con su círculo de compinches y conocidos, pidiendo que no participaran en el proyecto. Una orden que casi todos acataron: Waits inspira lealtad, respeto y, sí, temor (son famosas sus explosiones temperamentales, sin olvidar su predisposición a recurrir a los juzgados). Han callado antiguas novias (Bette Middler, Rickie Lee Jones), viejos asociados y hasta colegas tan distantes como Richards o Elvis Costello.

Pero el veto no ha podido evitar que se materialice un grueso tomo, Lowside of the road: a life of Tom Waits. Hoskins no es un killer tipo Albert Goldman, uno de esos biógrafos que trituran sistemáticamente al famoso buscando atraer ventas morbosas. Todo lo contrario: británico puntilloso, ha firmado memorables libros sobre el rock de California. Sus pesquisas revelan el andamiaje del mito Tom Waits y los puntos esenciales de una existencia no exenta de turbulencias.

Low side of the road traza el perfil de un chico que vivió sus primeros años en medio de una guerra doméstica, desgarrado entre una madre religiosa y un padre alcohólico, profesor de español siempre dispuesto a escaparse de juerga rumbo al cercano México. En algún momento, Waits rompió filas con su generación: rechazó la potente cultura juvenil de los sesenta y se zambulló en el mundo de los adultos, incluyendo sus decadentes locales nocturnos. Tenía una fascinación seria por los detritos de la beat generation, los románticos del arroyo que soñaban en jazz. Algunos le rechazaron airadamente: según Charles Bukowski, Tom no poseía "un solo hueso original en su cuerpo"; le resultaba obsceno tan laborioso aprendiz de perdedor. Por el contrario, un superviviente hardcore como William Burroughs le bendijo.

A mediados de los setenta, Tom Waits grababa para Asylum Records, el hogar de los cantautores dorados; era un artista de culto, con razonables ingresos. Sin embargo, prefería vivir en el Tropicana, un motel cutre de West Hollywood, dos habitaciones donde se amontonaban libros, discos, botellas, revistas porno. De gira con figuras como Ry Cooder, evitaba los hoteles decentes previstos para instalarse en el alojamiento más casposo que podía encontrar. La atracción por las cloacas llevada a la perversidad.

Cuando el personaje le está devorando, aparece el hada buena. En 1980, durante el rodaje de Corazonada, se enamora de una dramaturga de origen irlandés, Kathleen Brennan, inquilina del taller de talento que subvenciona un Coppola en la cumbre de su poder. Kathleen le retira del alcohol mientras arregla sus barullos económicos y contractuales. Se casan rápidamente y, tras pasar por Nueva York, se refugian al norte de California, en el valle de Sonoma. Adiós a la bohemia: tienen hijos y ejercen de padres.

A diferencia de lo ocurrido cuando Dylan se retira de la circulación en 1966, no simplifica su música. Bajo la influencia de Brennan, Waits se ha radicalizado en sonido, estructuras y expresión. Ya no es la simpática destilación de un beatnik arquetípico: ahora aúlla, castiga los instrumentos, amplía su abanico estilístico. Kathleen le azuza a arriesgarse, incluso en política. Desarrolla su faceta como actor secundario, generalmente con realizadores de prestigio. Ignora las convenciones de la industria musical: nada de giras promocionales, sí a caprichos como editar dos álbumes simultáneamente. La libertad por encima de todo: tras ejercer de cola de león en Island Records, mejor ser cabeza de ratón en la independiente Epitaph.

Temeroso de que se caracterice a su esposa como una nueva Yoko Ono, Waits se esfuerza en protegerla. Así, lleva su proceso creativo a la zona de sombras. Prefiere que no quede claro cuánto hay de ella en cada disco. Desvía las preguntas incómodas con alardes de excentricidad, exhibiciones muy aplaudidas por los pocos periodistas a los que concede citas. En ese proceso se menosprecia a muchos fieles de la primera época, como el productor Bones Howe. Para Barney Hoskins, la obsesión de Waits por el misterio ha desembocado en censura encubierta. Que, inevitablemente, multiplica la curiosidad por la persona que se oculta tras esos discos intimidantes.