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martes, marzo 02, 2010

Descanse en paz Alma Fern (Waits) McMurray

Publicado en la sección de esquelas de Sign On San Diego.

Alma Fern (Waits) McMurray, nacida el 22 de noviembre de 1921, murió en paz el 28 de enero de 2010 tras una breve enfermedad en Fredericka Manor, en Chula Vista. Vecina durante largo tiempo de Chula Vista, vivió en Hilltop Drive durante 35 años con su amado esposo James J. McMurray, quien la precedió en la muerte en 2006. Fue una querida profesora en la escuela elemental de Bayside, en Imperial Beach, durante más de veinte años, y se retiró joven para dedicarse a viajar junto a Jim. Tras retirarse, se mantuvo activa en la Asociación de Profesores Retirados. Hija de Olga y Howard Jonson de Grants Pass (Oregon), la familia se mudó más tarde a Gridley (California). Se graduó en La Verne Collage y se casó con J. Frank Waits en 1946. Tuvieron tres hijos, Terri, Tom y Cinthia. Todos ellos estuvieron junto a su cama durante la última semana de su vida. Fue muy querida por todos los que la conocieron, desde el profesorado de Bayside y los miembros de la iglesia de Chula Vista, de la que fue miembro durante muchos años, hasta sus nuevos amigos de Fredericka Manor, donde ella y su marido James “Jim” McMurray se mudaron en 2002. Era conocida en Fredericka por su amabilidad y atención hacia todos a quienes conoció. Su gran familia la recordará por su alegre y abnegada disposición, su amor por la música y su fuerte fe. La sobreviven sus hermanas Marie Capen, Wanda Millar y Arlene Haras; sus hijos Terri Waits-Smith, Tom Waits, Cinthia Alen y Lisa Danner; sus nietos Loreal y Kalia Waits-Smith, Kellesimone, Casey y Sullivan Waits, Garrett y Jake Allen, Jennifer LeDuc y Brian Purdy y numerosos sobrinos y sobrinas. Se celebrará un funeral privado en Glen Abbey, Bonita.

lunes, marzo 23, 2009

De las cloacas vino su canto

Artículo de Diego Manrique en El País de hoy.

Una nueva biografía llega al fondo de Tom Waits pese al veto del músico
DIEGO MANRIQUE - Madrid - 22/03/2009


Barney Hoskins supo que tenía problemas cuando Keith Richards se echó atrás y le informó que, sintiéndolo mucho, no colaboraría en su biografía sobre Tom Waits. Si ni siquiera un bocazas como el guitarrista de los Rolling Stones -que trabajó fugazmente con el californiano en los años ochenta- se atrevía a romper el silencio, se desvanecía la posibilidad de elaborar un retrato de Waits a partir de testimonios de los que le han tratado.

Bajo la influencia de su mujer, el músico se radicaliza en música y política

Tras rechazar hablar con Hoskins, Tom se había puesto en contacto con su círculo de compinches y conocidos, pidiendo que no participaran en el proyecto. Una orden que casi todos acataron: Waits inspira lealtad, respeto y, sí, temor (son famosas sus explosiones temperamentales, sin olvidar su predisposición a recurrir a los juzgados). Han callado antiguas novias (Bette Middler, Rickie Lee Jones), viejos asociados y hasta colegas tan distantes como Richards o Elvis Costello.

Pero el veto no ha podido evitar que se materialice un grueso tomo, Lowside of the road: a life of Tom Waits. Hoskins no es un killer tipo Albert Goldman, uno de esos biógrafos que trituran sistemáticamente al famoso buscando atraer ventas morbosas. Todo lo contrario: británico puntilloso, ha firmado memorables libros sobre el rock de California. Sus pesquisas revelan el andamiaje del mito Tom Waits y los puntos esenciales de una existencia no exenta de turbulencias.

Low side of the road traza el perfil de un chico que vivió sus primeros años en medio de una guerra doméstica, desgarrado entre una madre religiosa y un padre alcohólico, profesor de español siempre dispuesto a escaparse de juerga rumbo al cercano México. En algún momento, Waits rompió filas con su generación: rechazó la potente cultura juvenil de los sesenta y se zambulló en el mundo de los adultos, incluyendo sus decadentes locales nocturnos. Tenía una fascinación seria por los detritos de la beat generation, los románticos del arroyo que soñaban en jazz. Algunos le rechazaron airadamente: según Charles Bukowski, Tom no poseía "un solo hueso original en su cuerpo"; le resultaba obsceno tan laborioso aprendiz de perdedor. Por el contrario, un superviviente hardcore como William Burroughs le bendijo.

A mediados de los setenta, Tom Waits grababa para Asylum Records, el hogar de los cantautores dorados; era un artista de culto, con razonables ingresos. Sin embargo, prefería vivir en el Tropicana, un motel cutre de West Hollywood, dos habitaciones donde se amontonaban libros, discos, botellas, revistas porno. De gira con figuras como Ry Cooder, evitaba los hoteles decentes previstos para instalarse en el alojamiento más casposo que podía encontrar. La atracción por las cloacas llevada a la perversidad.

Cuando el personaje le está devorando, aparece el hada buena. En 1980, durante el rodaje de Corazonada, se enamora de una dramaturga de origen irlandés, Kathleen Brennan, inquilina del taller de talento que subvenciona un Coppola en la cumbre de su poder. Kathleen le retira del alcohol mientras arregla sus barullos económicos y contractuales. Se casan rápidamente y, tras pasar por Nueva York, se refugian al norte de California, en el valle de Sonoma. Adiós a la bohemia: tienen hijos y ejercen de padres.

A diferencia de lo ocurrido cuando Dylan se retira de la circulación en 1966, no simplifica su música. Bajo la influencia de Brennan, Waits se ha radicalizado en sonido, estructuras y expresión. Ya no es la simpática destilación de un beatnik arquetípico: ahora aúlla, castiga los instrumentos, amplía su abanico estilístico. Kathleen le azuza a arriesgarse, incluso en política. Desarrolla su faceta como actor secundario, generalmente con realizadores de prestigio. Ignora las convenciones de la industria musical: nada de giras promocionales, sí a caprichos como editar dos álbumes simultáneamente. La libertad por encima de todo: tras ejercer de cola de león en Island Records, mejor ser cabeza de ratón en la independiente Epitaph.

Temeroso de que se caracterice a su esposa como una nueva Yoko Ono, Waits se esfuerza en protegerla. Así, lleva su proceso creativo a la zona de sombras. Prefiere que no quede claro cuánto hay de ella en cada disco. Desvía las preguntas incómodas con alardes de excentricidad, exhibiciones muy aplaudidas por los pocos periodistas a los que concede citas. En ese proceso se menosprecia a muchos fieles de la primera época, como el productor Bones Howe. Para Barney Hoskins, la obsesión de Waits por el misterio ha desembocado en censura encubierta. Que, inevitablemente, multiplica la curiosidad por la persona que se oculta tras esos discos intimidantes.

domingo, diciembre 03, 2006

EP(S), 3 de diciembre de 2006

EP(S), diciembre 2006Nos cuenta el bueno de Griffin que el diario español El País publica hoy en su suplemento dominical EP(S) una entrevista de Bárbara Celis titulada Crónicas de un Ladrón de Sonidos. También aparece por ahí Diego A. Manrique con un comentario de Orphans.

Portada con una fotografía de Denis Rouvre y espectaculares fotografías interiores de Anton Corbijn. Gracias a Juan G. Andrés (El Humilde Fotero del Pánico) por los escaneos.

Crónicas de un ladrón de sonidos
Triple salto de toda una leyenda. El músico de la voz rota da otra intensa muestra de creatividad con 54 canciones en tres discos. Le entrevistamos en un bar de carretera de California



BÁRBARA CELIS 03/12/2006

En medio de un paisaje de olivos y viñedos que podrían haberse escapado de un poema de García Lorca, hay un bar de extraña idiosincrasia llamado Little Amsterdam, cuyo letrero está a ras de suelo. Se cayó hace meses, pero su dueño no se molestó en levantarlo. Yace en la carretera de Petaluma, en el valle de Sonoma, en California, muy cerca de Bodega Bay, donde Hitchcock filmó Los pájaros. Little Amsterdam, un lugar lleno de trastos añejos y olvidados, en cuyo almacén aún cuelgan los garfios que indican su pasado de matadero local, está en bancarrota. Pero su dueño, un sexagenario holandés de aspecto anacrónico y camisa hawaiana, aficionado a los mariachis, las mujeres y el billar, aún tiene un amigo: Tom Waits.

“Me prometió que lo convertiría en su estudio de sonido. Espero que su mujer le deje comprarlo”. Evert lo comenta entre dientes porque aún no ha cerrado el trato. Waits, el músico de voz acre y resacosa, el cronista perpetuo de las vidas de arrabal americano, el inagotable ladrón de sonidos, ha sido cliente asiduo de Little Amsterdam durante años. Será porque el local y su dueño podrían habitar perfectamente en una de sus canciones…

Los universos tan reales como paralelos de discos como The heart of saturday night, Small change o Blue Valentine, donde la mitología de vidas al margen se mezclaba con la imaginación desbordada y la voz corrupta de Tom Waits, le convirtieron en los años setenta en un músico de culto. También ayudaron sus directos indómitos y sus excesos alcohólicos, envueltos en el humo espeso de un cigarrillo, pero arropados por la base musical incisiva de quien busca un lenguaje propio.

Sus influencias viajan desde el folk de Leadbelly hasta el jazz de Cole Porter. Roban la teatralidad sonora de George Gershwin, la irreverencia de la generación beat y los extremos literarios de Bukowski. Con ellas le puso banda sonora desde 1973 a un submundo de bares oscuros, prostitutas, corazones rotos e hígados reventados en Los Ángeles. Allí arrancó su carrera, tocando en el Troubaudour y editando su primer disco, Closing time. Irrumpió en la música con su voz rota enroscada en el peso de una vida insaciable y con melodías escupidas desde pianos ahogados en tristeza. Una década más tarde, en 1983, sorprendió con Swordfishtrombones, un disco con el que se adentraba en la producción propia y con el que amplió su universo sonoro, llenándolo de instrumentos dispares, disonancias, canciones habladas y letras tan imposibles como seductoras. Su discográfica, Asylum, le despidió y predijo el fin de su carrera. Pero ocurrió lo contrario. Island Records rescató el disco y lo convirtió en leyenda.

Después llegaron las bandas sonoras. Compuso para Francis Ford Coppola Corazonada, por la que fue candidato al Oscar, y para Jim Jarmusch, quien además le convirtió en su actor fetiche. Ahondó en el teatro junto a Robert Wilson y William Burroughs en The black rider. Llevó al escenario su álbum Frank’s wild years, continuó innovando con Mule variations, y además se forjó una peculiar carrera como actor haciendo pequeños pero incisivos papeles en más de veinte películas, incluida Vidas cruzadas, de Robert Altman.

Ahora, dos años después de editar su último álbum de estudio, Real gone, Tom Waits edita el triple Orphans: brawlers, bawlers and bastards (Huérfanos: bronquistas, berreadores y bastardos), una colección de 54 canciones entre las que hay 30 grabaciones inéditas. El disco abarca versiones de Los Ramones y Daniel Johnston, temas rescatados de su trabajo como compositor de cine, blues clásico, música experimental, nanas y cuentos irreverentes.

Tom Waits, famoso por su imprevisibilidad y cuya pasión de juventud por el alcohol arruinó más de un encuentro con la prensa, ha escogido Little Amsterdam para promocionar su disco. A su manera, porque su personalidad musical y artística también se refleja en una conversación que seguirá cauces poco habituales.

Tras atravesar la cocina del local, y tras una puerta con mosquitera oxidada, hay un patio trasero lleno de trastos. Y bajo un porche desconchado, Tom Waits –cara curtida, pelo rojizo, perilla canosa, ojos pequeños, hombros caídos– recibe a la periodista sentado en una mesa coja.

¿Por qué eligió Petaluma para vivir?
Yo no vivo en Petaluma.

¿Esto no es Petaluma?
Sí, pero yo vivo en otro pueblo de aquí al lado.

¿Cómo se llama?
Eso no se lo pienso decir, que luego se llena de gente. Invéntese un nombre. Por ejemplo, la Ciudad del Sueldo del Alcalde [nombre de ciudad en su disco Mule variations].

¿Pero por qué eligió esta zona de California?
Vine por el vino, pero después dejé de beber.

¿No era suficientemente bueno?
Sí lo era, pero yo decidí dejar el alcohol.

¿Sabe que todos los amigos a los que les comenté que le iba a entrevistar me propusieron cosas como: llévate una botella de ‘bourbon’ y la bebéis juntos? ¿Le molesta que la gente siga reteniendo la imagen con la que se hizo célebre en los años setenta?
No puedo hacer nada al respecto. Además, yo a sus amigos no los veo a menudo, ¿no? Supongo que es normal que la gente piense que la persona que uno era hace diez años lo siga siendo hoy. Además, yo no dejé de beber, el alcohol me dejó a mí.

¿Ha vuelto a visitar aquellos sitios donde se construyó esa fama, el Tropicana Motel o la sala de conciertos Troubaudour?
El Tropicana lo demolieron y al Troubaudour hace muchos años que no he vuelto. ¿Soy nostálgico? No sé. Busco las mismas cosas, las cosas que no desaparecen con el tiempo, las que no se entierran, las que siempre estarán aquí…

¿Como los sombreros?
Exacto. Yo los sigo llevando. Es algo que no hay que perder.

¿Y cree que las nuevas costumbres, como escuchar música en el iPod, permanecerán?
Yo tengo uno. Me lo dio mi hijo. Lo uso cuando boxeo en casa. Pero me gusta utilizarlo sólo con el shuffle porque pasas de Allen Ginsberg a Prokofiev, a The Four Tops, a Charlie Rich, a Charlie Poole, a Charlie Parker…, a todos los Charlie… Y es una sucesión de cosas diferentes que adquieren sentido para ti. Así era la radio hace años. Ponían canciones con un sentido inherente, como lo que ahora hace Bob Dylan en su programa [XM Radio]. Ese tipo es un genio.

Aquí comienza una de las muchas interpretaciones que hará a lo largo de la entrevista, como si fueran viñetas de un cómic. Vestido con pantalones, chaqueta de color negro y botas militares, cambia la expresión de la cara, mira de refilón imitando el aire de pasotismo de Bob Dylan y repite con voz dilaniana la coletilla del programa: “Tune in time radio”. Y continúa: “Ahora la radio está organizada para consumidores. Como las autopistas, que están llenas de cadenas de supermercados y tiendas uniformes. Hay emisoras de sólo blues, o sólo country, o sólo hip-hop… Cuando yo era un adolescente ponías una y escuchabas muchas cosas”.

Pero ahora tiene incluso la posibilidad de conseguir gratis la música que le gusta por Internet. ¿No le parece que hay más opciones que antes?
No exactamente, porque todo es demasiado fácil. Falta la lucha por descubrir las cosas que te interesan. Es como una cesárea frente a un parto natural. La lucha para salir es parte de la vida, y cuando es tan simple como darle a un botón… No sé. Es como las bibliotecas: antes ibas buscando un libro y por el camino descubrías algo más. Aunque es cierto que ahora pasa eso con Internet…

¿Cómo vive los cambios que la revolución digital está produciendo en la industria musical?
No sé. Haces un concierto, la gente lo graba, y luego resulta que lo venden online. Son como pulgas en un perro: tienes que lidiar con ellas, son inevitables.

¿Alguna vez se ha bajado música de Internet?
No sabría cómo.

Si supiera, ¿lo haría?
No estoy seguro, porque estoy sensibilizado con este tema. Las canciones pertenecen a alguien. Es como robarle las flores a tu vecino. Vale, los discos costaban menos antes que ahora, pero es que todo costaba menos. Si plantas lechugas, las haces crecer, inviertes tiempo y dinero en ellas, no quieres que te las quiten… Hacer un disco cuesta dinero; exige energía, tiempo para hacer las canciones, contratar a los músicos, el estudio… Es un negocio… Desde mi punto de vista, los discos no son caros, porque yo los hago y pago por ellos. Pero no sé, ahora todo el mundo trata de hacer predicciones, y en realidad nadie sabe qué pasará en el futuro.

¿Sus hijos [Casey, Kelly y Sullivan, fruto de su matrimonio con su colaboradora Kathleen Brennan] piratean música?
Sí, pero si les pillo, les amenazo.

¿Qué le han enseñado musicalmente?
Tienen curiosidad y atrevimiento, y eso lo aplican a su personalidad. Visten música como si fueran joyas, como sus peinados. Han integrado la música en su vida como si fuera ropa. Y eso me ha hecho recordar cosas. La primera vez que vi a James Brown, yo quería ser negro. Quería pantalones ajustados, zapatillas naranjas… Ellos escuchan cosas que piensan que a lo mejor me gustan, y me lo dicen: 50 Cents, Tupac…

Y vuelve a la interpretación. Se ajusta la camisa, mira de lado y empieza: “Venga, tío, escucha un poco de hip-hop; estos tipos están vivos, tú sólo oyes a todos esos cantantes muertos”.

Le ha dedicado a ‘Orphans…’ casi dos años.
Sí. Son temas nuevos, temas perdidos, temas huérfanos… Los títulos de cada álbum se corresponden con la música y atmósfera que hay dentro. Son muchos tipos diferentes de líricas, de estilos, de acentos, incluso de voces. Pero ahora me siento más cercano a Bastards.

En Bastards, Waits se regocija en su lado más experimental, acercándose a Captain Beefheart o Lord Buckley, e incluye varios relatos hablados, sin música, chocantes, como Children’s story, un cuento para niños tremendamente cruel o el poema de Bukowski Nirvana. Brawlers se mueve en el entorno del blues, mientras que Bawlers incluye temas compuestos para películas, baladas que arrastran la tristeza que impregnaba su primera época o versiones sucias de temas como el clásico de Leadbelly Goodnight Irene.

¿Ha sido como interpretar a personajes diferentes en las películas?
Sí, es parecido. Necesitas decidir lo que necesita cada canción. Y entonces pruebas. A veces resulta que tu voz suena mejor si intentas parecer una mujer, o si sólo hablas, o si sólo susurras.

En ‘Brawlers’, la canción ‘Road to peace’ habla de la guerra entre israelíes y palestinos. Usted no suele hacer temas políticos…
Se me ocurrió leyendo The New York Times. Iba a tirar a la basura todos esos periódicos con cientos de artículos sobre ese conflicto y no podía hacerlo sin escribir nada sobre el tema.

Si tuviera que escribir una canción sobre Bush, ¿cómo la titularía?
El pequeño hombre con el gran encargo… No sé… El otro día escuché esas cosas que dijo Chávez sobre él. Le llamó demonio… En Estados Unidos, mucha gente piensa lo mismo. Es como una garrapata sobre un caballo que intenta chuparle toda la sangre y se pone tan gorda que parece que va a explotar. ¿Cómo te deshaces de ella? ¿Cómo consigues tirarla por el váter? Todos le odiamos. Es un ladrón, un estraperlista. Está clarísimo, tiene muchos intereses petroleros. Tiene una aguja muy larga, la ha pinchado en Oriente Próximo y está chupando de ahí todo lo que puede.

En este álbum han participado casi cien músicos diferentes, desde Marc Ribot, asiduo de sus discos, hasta Brett Gurewitz, el guitarrista de Bad Religion. ¿Cómo los eligió?
A veces solamente consigues a quien esté en la ciudad en ese momento. Así es como mi hijo acabó tocando conmigo. Estaba buscando a un batería para irme de gira y, como no encontré al que quería, alguien me propuso que probara con Casey.

¿No pensó en él desde el principio?
No, porque es mi hijo. Nunca habíamos tenido esta experiencia. Y además sabía que nunca había tocado todo un concierto, y no sé, yo pensaba: esto es música para gente mayor, ¿cómo voy a meter a mi hijo en la banda?; me voy a pasar el día discutiendo con él. No lo veía posible, pero ha resultado cojonudo.

¿Ha vuelto a grabar en el cuarto de baño de su casa, como en su anterior disco?
Sí. Siempre busco habitaciones que suenen bien, con una buena atmósfera. El secreto está en la acústica de los azulejos… Cada habitación es como un instrumento más. Me gusta descubrir sonidos en todas partes. Son las oportunidades arbitrarias que ofrece la música, que es lo que yo adoro. Cuando alguien arrastra una silla y suena como un autobús frenando. Pasa todo el rato, pero tienes que estar dispuesto a escuchar.

En este álbum también ha utilizado alguno de esos instrumentos obsoletos o inventados que usted colecciona… ¿Me podría explicar qué es un piano borracho?
Supongo que un piano desafinado, o al que le faltan algunas teclas, o al que le ha llovido encima.
De repente, como si alguien hubiera preparado la escena para contestar a la pregunta, Tom Waits se queda mirando a su izquierda, se levanta, se acerca a un mueble que está cubierto con plástico azul y, ¡zas!, descubre un piano de madera hinchado, sucio, mojado y con las teclas desquiciadas: “¡Esto es un piano borracho! Inténtele sacar algún sonido, saldrá como ahogado…”. El piano resplandece en su deterioro en medio del patio polvoriento y olvidado de Little Amsterdam, mientras Tom Waits lo mira embelesado. “Es una lástima…”, balbucea.

Antes de tocar el piano aprendió a tocar la trompeta…
Sí, en el colegio, pero lo dejé por la guitarra, porque tocar la trompeta solo no te hace compañía. Tienes que tocar con otros músicos para disfrutarla. Nunca he vuelto a intentarlo. Aprendí a tocar la guitarra y monté una banda, The Sistems. Y luego descubrí el piano.

Acaba de tocar en Nashville, en Cleveland, en Atlanta, etcétera. ¿Por qué sale tan poco de gira y siempre va a sitios pequeños?
No me me gusta tocar en Nueva York o en Los Ángeles. Me pone nervioso que las primeras 10 filas estén ocupadas sólo por gente de la industria o de la prensa. Busco una audiencia de personas. Pero en esta gira me lo he pasado muy bien. Igual nos volvemos a lanzar a la carretera.

¿Cuándo?
Cuando nos apetezca. Ponga lo que quiera.

Duke Ellington les solía dar a sus músicos descripciones de cosas o personas para que tocaran de una u otra manera. ¿Cómo trabaja usted con los suyos?
A veces les hablas de forma abstracta porque estás describiendo algo que no puedes ver, estás haciendo películas para los oídos y tienes que hablar en imágenes. Les ayuda. Otras veces les das nombres de otros músicos…

¿Esas películas las tiene en la cabeza de antemano?
No, te las inventas en el momento. Yo te podría decir: toca como los ojos del enano subido en los hombros del gigante ciego, o toca como la mujer con cara de mula que baila con el chico cocodrilo. ¡Ponle más púrpura!, ¡demasido marrón!, ¡falta amarillo! ¡Necesito negro para poner amarillo!

¿Los colores funcionan bien?
Sí.

¿Y los olores?
Fíjese, en este disco hay una combinación de olores, pero nunca había intentado hablar en olores. Es una buena idea porque intentas crear atmósferas y todo ayuda… Gracias.

¿Y cómo es la relación de trabajo con su mujer?
Te pones los guantes, esperas a que suene la campana y sales a pelear.

Tom Waits suelta una carcajada, le da un sorbo a su café y, balanceándose en su silla, como lleva haciendo casi toda la entrevista, continúa: “Ella es el cerebro detrás de papá. Es una letrista exquisita. Tenemos una buena relación. Una vez que tienes hijos con alguien, todo lo demás se vuelve fácil”.

Kathleen Brennan es la mujer a la que Tom Waits ha dicho deberle la vida. Se conocieron en 1978 durante su primera incursión en el cine –reencarnándose en sí mismo como el pianista Mumbles en Paradise Alley, de Sylvester Stallone–. Antes había sido pareja de Ricky Lee Jones, pero el alcohol y las drogas les metieron en más de un problema, incluida la cárcel por montar una bronca a las puertas de un bar. A Brennan, en cambio, se le atribuye el giro creativo que Waits dio con Swordfishtrombones y todo lo que vino después. Hace 14 años también le ayudó a dejar el alcohol, que estaba realmente a punto de convertirle en el protagonista de su canción Bad liver and a broken heart (Hígado enfermo y un corazón roto), uno de sus clásicos del disco Small change.

Antes mencionó a James Brown. ¿Fue su despertar musical?
Un poco, pero yo escuché música desde niño. Empecé oyendo baladas mexicanas con mi padre y canciones folk en Pomona, la ciudad en la que nací [el 7 de diciembre de 1949].

¿Qué hacía su padre?
Enseñaba español. Yo de pequeño lo hablaba; ahora, muy poco [balbucea en español].

¿Nunca se planteó utilizarlo en sus canciones?
No, pero llevo tiempo intentando convencer a Los Lobos para que me dejen cantar un tema. ¿Conoce esa de “Guadalajara en un llanooo, México en una lagunaaaa?” [cantando]. Es un vals. ¡Punch 1, 2, 3! ¡Punch, 1, 2, 3! [cantando y agitando el puño al ritmo].

¿Qué le llevó hasta la música?
Quería ser parte de esto, tocar era como un sueño. Tener a 3.000 personas esperando a que yo salga, gente chillando… Eso es lo que quería.

Pero también tuvo tropezones. Como telonero de Zappa le abuchearon…
Sí, no les gustaba nada. Pero lo tenía que hacer. Es divertido mirar hacia atrás… No ha sido fácil. Si fuera fácil, todo el mundo lo haría.

Pero ahora todos los jóvenes quieren ser estrellas de rock, estrellas de Hollywood; la televisión lo presenta como algo sencillo. Todas las niñas quieren ser Britney Spears.
Sí, pero ella no es feliz, créame. Tiene dos hijos, está gorda, cabreada con su marido, adicta a quién sabe qué… Está lo que usted ve sobre el escenario y lo que hay detrás. Créame, entre bastidores el mundo es muy feo, está lleno de monstruos. Como los que había en la prehistoria, horribles. No es fácil, la gente no tiene ni idea de lo que pasa fuera del escenario.

¿Cómo es ahora su vida ahí detrás?
Distinta. Ahora tengo una familia, y eso lo hace diferente. Me recuerdan quién soy, que soy un padre y un marido. En realidad, sobre el escenario pasas una parte de tu vida muy pequeña; el día es mucho más largo que eso.

Pero ese personaje que se construyó y con el que la gente todavía le confunde, cuya vida se parecía a sus canciones, ¿qué era realmente?
No sé, estaba en el show business, necesitaba ser alguien y venir de algún sitio. Estaba interpretando a un personaje con trozos de mí mismo y de otros, Cantinflas, Jack Benny… Mezclándolo todo y construyendo algo.

Y ahora… ¿usted es usted?
No más ahora que antes. Soy pedazos de cosas. Es como un truco mágico. Usted y yo no nos conocemos, y yo me lo podría estar inventando todo.

¿Pero se siente satisfecho de lo que ha conseguido? Otros músicos como Bruce Springsteen hacen versiones de sus temas [‘Jersey girl’]. Usted es una referencia musical casi tan citada como Bob Dylan…
Así es la música: cuando eres joven, alguien te ayuda, y después tú ayudas a alguien. Buscas guías… Cuando eres joven y naíf… Escuchas discos, te aprendes las letras, la tonalidad; así aprendía yo, y todavía lo hago. Ahora la gente hace lo mismo conmigo, es un proceso orgánico. No hay escuelas para aprender a escribir canciones, aprendes porque necesitas escribirlas, porque las amas, porque quieres ser parte de eso.

¿Cómo es su relación con la música y el cine?
A veces te explican la película: “Esto es una historia de dos tipos que trabajan en una tintorería, y una noche uno pone un petardo en su oreja, y le vuela la cabeza, y aterriza en Kansas, y le meten en la cárcel durante tres años, y después le secuestran y se lo llevan a Canadá, y cuando sale se cambia de sexo y monta un bar, y…”. La historia te parece buenísima, dices que sí, y luego ves la película y es una mierda. Por eso ahora escojo solamente ponerles música si las he visto antes. Es un negocio en el que si quieren tu ayuda es porque no tienen dinero, o porque hay problemas y esperan que tú los arregles. Así que ya sólo lo hago si realmente me apetece.

Como actor, ¿también es tan selectivo?
Debería serlo. Cuando trabajas para alguien, con mucha gente, nunca estás seguro. Eres un violín entre trescientos violines. No estás conduciendo, vas en un autobús. Unas veces es divertido, y otras, una pérdida de tiempo. Pero estás atrapado; una vez dentro, ya no puedes escaparte.

¿Qué es lo que le gusta de actuar?
Me acerco con el mismo planteamiento con el que me acerco a la música: intentando encontrar una cualidad musical en el personaje y en sus palabras. Pero no tengo técnica suficiente como para sentirme relajado haciendo las películas.

Ha hecho varias con Jim Jarmusch. ¿Es cierto que han montado juntos una hermandad, llamada Los Hijos de Lee Marvin, con Nick Cave y John Lurie?
Sí, es cierto, pero no sé quiénes son los miembros. Voy a tener que cambiar toda la normativa, porque se ha colado un montón de chicas…

¿Y cómo se entra?
No se lo puedo decir, hay muchos requisitos, es privado.

¿Y qué hacen cuando se reúnen?
Lo que hacen los amigos cuando se juntan: tomar café, hablar de películas, disfrutar de la compañía. Lee Marvin es sólo el padre espiritual. Pero la organización está en crisis. Jim dejó entrar a varias chicas y ahora la gente empieza a hacer preguntas, como usted. Antes era más como la CIA, ¿entiende? Muy secreta, muy privada. Vamos a tener que replanteárnoslo todo.

¿Le puedo hacer una pregunta más?
Sí, pero después le corto la cabeza.

¿Llegó a conocer a Bukowski?
Sí.

¿Era como se lo imaginaba?
No.

¿Cómo lo recuerda?
Riéndose, bebiéndose un vino tinto, dándole azotes en el culo a su mujer… Lo cierto es que, cuando vas a conocer a alguien, te llevas tu imaginación al encuentro… ¿Soy yo como usted me imaginaba?

No del todo.
[Tom Waits sonríe, se levanta, se pone su sombrero como quien lleva haciéndolo desde la eternidad y se dirige hacia la puerta]. Se lo dije, sobre el escenario y entre bastidores. Personas diferentes.

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Bronquistas, berreadores y bastardos
Por Diego A. Manrique

En octubre, la revista británica The Word desarrollaba un reportaje juguetón a partir de un lugar común: el abismo entre las querencias musicales de hombres y mujeres. Se ofrecían entrevistas con cuatro parejas –cuyas preferencias chocaban– y un doble listado: discos genuinamente femeninos y discos eminentemente masculinos. En la última clasificación figuraba Tom Waits con Swordfishtrombones, el elepé que supuso su emancipación sonora.

Waits parece sufrir el destino del artista de culto: menú para un clan (mayormente varonil) de fanáticos, un nombre que se cita más que se disfruta. Pero las canciones de Tom pueden ser consumidas por el gran público…, si se las separa de su intimidante voz. Rod Stewart llevó el romanticismo urbano de Downtown train al número 3 de las listas estadounidenses; Bruce Springsteen logra que se derritan las masas cuando entona Jersey girl.

Se sabe que hay dos Tom Waits. El primero era un cantautor atípico, recién salido de un cuadro de Edward Hopper; un bohemio de casting, el resto de algún naufragio beatnik. Dominaba la melancolía crepuscular y las gracias de borracho: “El piano ha estado bebiendo, no yo”, canturreaba. Hasta que en 1981 conoció a la que sería su esposa, Kathleen Brennan, empleada literaria del Coppola más imperial. A su lado escribió su música más bonita: la banda sonora de One from the heart (en España, Corazonada). A continuación rompió la baraja.

El segundo Waits saltó de Asylum, sello para hippies ricos, a Island, entonces tolerante con los heterodoxos (ahora graba para Anti, independiente con raíces punkis). Tiró al retrete el Libro de Producciones Aceptables, se desprendió del disfraz de hipster resabiado y comenzó a manipular tanto sonidos como formas añejas. Sin miedo, acentuó su voz de hombre lobo.

En contra del tópico del gusto musical femenino, el impulso para explorar vino de Kathleen. Ella le hizo ver que era preferible la libertad creativa a la seguridad de una carrera convencional, le facilitó el contacto con cierta vanguardia (William Burroughs, Robert Wilson, Jim Jarmusch) y le animó a aceptar papeles en el cine. Establecieron la primacía de la familia sobre los compromisos profesionales: Tom apenas hace giras. Liberado de concesiones, puede editar dos discos el mismo día, o juntar, como ahora, un triple cd de retazos y ocurrencias sueltas.

¡Limpieza de otoño! Con Orphans…, Waits y Brennan han vaciado su archivo y les ha salido un muestrario tan accesible como impresionante (tres horas) de logros e influencias. Son 56 grabaciones, de las cuales 26 estaban desperdigadas por homenajes, películas, proyectos ajenos. Tom, que se atormenta por unificar en clima y concepto cada disco oficial, funciona también sin el peso de la Gran Idea. Hay coherencia estética en estos 56 temas de Huérfanos, que se han podido ordenar en tres categorías, una por cd: ‘Bronquistas’ (rock de batalla), ‘Berreadores’ (baladas) y ‘Bastardos’ (recitados y experimentos).

Revisando tan monumental miscelánea, se entiende el respeto, la pura envidia de sus colegas: nadie arriesga más en el vestuario, el esqueleto y el alma de sus canciones. Su paleta es inmensa: blues libérrimos, melopeas de perdedores, jazz en blanco y negro, sudorosos cantos de trabajo, boogies oxidados, agrios himnos de iglesia, hip-hop sin máquinas, mambos de tierra adentro, serenatas con costras. Manjares orgánicos para buscadores –de ambos sexos– que sepan apreciar esos “diamantes que prefirieron quedarse como carbón”.




martes, noviembre 14, 2006

"Soy como el Correcaminos"

The Word
Algunos trocitos de la larga entrevista que publica la revista The Word en su número de diciembre (ya a la venta). En cualquier caso, lo mejor que pueden hacer ustedes es leer la versión íntegra en inglés. Por ejemplo en el Tom Waits Supplement (ruta Biography/Interviews).

Sobre la "guerra contra el terrorismo" y la propaganda...
"Para empezar, no tengo televisor. Eso ayuda. Leo el periódico. Por supuesto, no puedes evitarlo. Nos dirigen a través del miedo. Todos estamos dominados por él, pero no hay nada de nuevo en eso. Se trata solamente de que esta es la forma de miedo actual. En los 50 era el comunismo, y esto no es más que otro "ismo". Y habrá otro "ismo" después de este, supongo. Intento estar al día. Tengo muchos amigos que me mantienen al día. Pero tiré el televisor a la piscina hace cosa de un año, y no he logrado sintonizarlo allí. Todavía lo estoy intentando".

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"Nadie vive de manera lineal. Algunos días tengo unos nueve años, otros días tengo unos noventa. Todos intentamos movernos hacia delante y hacia atrás. Creo que tu pasado pasa de ser una pequeña película a ser una fotografía, y de ahí pasa a convertirse en una pintura abstracta. Contra más me alejo de mi pasado más se parece a una imagen desenfocada o a un Rauschenberg. Recuerdo cuando era niño, estar en un coche con mis padres, y hacer un largo trayecto para visitar a mi abuela y cruzar quizás cien vías de tren. Siempre estábamos esperando a que pasasen los trenes. Y lo mágico que es eso para un niño, escuchar la campana, ding, ding, y contar los vagones según pasan. Y otra cosa, yo sabía que nos estábamos alejando de la ciudad cuando podía oler los caballos. Cuando sentía ese olor, me enganchaba a la ventana, esperando ver el primer caballo. Tan pronto como llegaba ese olor, era como perfume para mí. Era como el olor de la sandía, o el café, o las palomitas. Era como una promesa de todas esas grandes cosas. (...). Aquello era un rato muy largo para pasarlo sin un cigarrillo, encerrado en el coche con mi familia. No podía esperar a llegar a casa de mis abuelos para poder fumar. Con once años ya fumaba dos paquetes al día".

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- Tus padres se separaron cuando tú tenías 11 años. ¿Qué efecto tuvo esto en ti?
- Enorme. Pero entonces no entendía por qué. Fue una sensación de impotencia inmensa, y totalmente impredecible, como puedes imaginar. Estuve confundido sobre ello durante mucho tiempo. Yo me quedé con mi madre y mis dos hermanas. Cuando pienso ahora sobre ello veo que mi padre era entonces un alcohólico. En realidad se fue - esto se está poniendo un poco personal- para sentarse en un oscuro bar y beberse lo que fuera, Glenlivet. Era un bebedor compulsivo. Pero desde mi punto de vista yo no tenía conocimiento de su problema con el alcohol. Así que se retiró. Era el diente podrido de la sonrisa, y se eliminó él mismo. En cierto sentido vengo de una familia de personas que huyeron. Y si hubiera seguido los pasos de mi padre yo mismo habría huído, y también lo habrían hecho mis hijos".

- ¿Crees que tiene un aspecto hereditario al que has tenido que estar alerta?
- Es como todo, la genética te empuja a seguir los pasos de tu padre, ya sea que diese clases en Harvard o que muriese en el Bowery... Hay un camino que dejó para ti. Y acabas encontrándote en encrucijadas, y ves su camino, y es atrayente, y sí, me sentía empujado. Pero él también era un gran contador de historias, así que en cierto modo lo que he hecho es una manera de honrarle".

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- Entiendo que después de que tu padre se fuese de casa tú ibas a las casas de tus amigos y pasabas tiempo con sus padres.
- (Ríe) Es verdad. Me quedaba en el estudio, escuchando a Bing Crosby mientras mis amigos jugaban a baloncesto. '¡Tom! ¿Qué haces, tío? ¿Estás hablando con mi padre?' Y yo decía 'Sí, ¿qué pasa? Tú no lo estás usando. Te tomo prestado a tu padre. Tú no aprecias a tu padre: ha estado trabajando para ETNA durante 29 años...'

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"Siempre he pensado que la religión debería ser más visceral y que uno debería sentirse un poco sacudido por ella, ¿sabes? Estaba haciendo autostop en Arizona, era el día de fin de año y me quedé atrapado en un pequeño pueblo llamado Stanfield, en Arizona. Piensas que en Arizona hace calor, pero en enero están a 10 bajo cero, y nadie me cogía. Tenía unos 17 años. Y una mujer mayor llamada Mrs. Anderson sale a la acera, yo estaba con mi buen amigo Sam, y dice, 'está refrescando, está oscureciendo, es el día de Fin de Año, entrad en la iglesia'. Y nos sentaron en el fondo de la iglesia. Era una iglesia Pentecostal. Tenían una banda; dos tipos mexicanos y un batería negro y un viejo tocando la guitarra. Muy raro. Y un niño de unos siete años tocando el piano. Y hablaban en lenguas extrañas. Nunca había experimentado algo como eso, así que en lo que a mí respecta era como si cantasen scat; simplemente se estaban volviendo locos. Nosotros estábamos al fondo, empezando a reírnos porque era raro, y éramos jóvenes e inocentes. Y al finalizar el servicio hicieron una colecta y nos dieron todo el dinero. Dijeron 'queremos honrar a nuestros desconocidos viajeros, que han recorrido un largo camino para estar con nosotros esta noche'. Nos dieron una cesta con dinero y aquella noche pagamos un motel de camioneros, caliente, con televisor. Y nos levantamos a la mañana siguiente y nos cogieron y fuimos directos a California. Esa es probablemente la experiencia religiosa más crucial que he tenido nunca. Si tuviese que unirme a una iglesia, me uniría a esa".

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The WordSobre la versión de Down There By The Train que grabó Johnny Cash...
"No sé quién me lo pidió; alguien me dijo '¿tienes alguna canción para Johnny Cash?' Casi me caigo de la silla. Tenía una canción y no la había grabado. Así que dije 'Hey, tiene todas las cosas que le gustan a Johnny: trenes, muerte, John Wilkes Booth, la cruz... ¡De acuerdo!"

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Sobre Orphans...
- (...) Acabé comprando algunas de las canciones a un tipo en Rusia, por mucho dinero (ríe). Es un tipo que de alguna manera se hizo con estas cintas. ¡Un fontanero! ¡En Rusia! Hablaba con él por teléfono en medio de la noche, ¡negociando el precio de mi propio material!

- Me estás tomando el pelo.
- ¡No! No estoy bromeando. Poor Little Lamb... hay probablemente doce o trece canciones que tenía ese tío ruso.

- ¿Cómo es que las tenía él?
- ¡No lo sé! Eso es lo raro. Es internet, ¿sabes? Yo no tenía los DATs de estas canciones, no tenía las multipistas. No tengo un archivo. Él tenía grabaciones de estas canciones, buenas grabaciones. Eran grabaciones que se habían caído de la mesa en una u otra sesión, y no me llevé los DAT. Hice el proyecto, y estas canciones se perdieron, y sólo había una copia, y alguien las cogió e hizo dos copias, y las vendió a alguien y... ¿quién sabe? Son cosas que pasan cuando no controlas las cosas meticulosamente, que es algo que intento hacer pero en lo que no soy bueno".
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- ¿Crees que escribir canciones, hacer música, es una vocación honorable?
- No sé. Hay veces que parece muy... insignificante y trivial. Inventando cancioncitas, me siento como si estuviese pegando macarrones en un trozo de cartón y pintándolos de color dorado. Pero otras veces... cuando Johnny Cash quiere cantar una de tus canciones, piensas, 'Oh tío...' Porque existe una jerarquía en la música, y hay ciertos indicadores que dicen que estás mejorando, que te estás acercando a la fuente.

- ¿Quién está para ti en lo alto de esa jerarquía?
- Bueno, hay mucha gente. Es un salón grande. Diría que los Gershwin y Bob Dylan y Louis Armstrong y Ray Charles. Howlin' Wolf, gente así. Gigantes entre los hombres. Judy Garland y Bessie Smith y Billie Holiday...

- Es odioso preguntarlo, pero lo haré igualmente. ¿Tienes idea de cuál es tu posición en esa jerarquía?
- (Incómodo) No sé. Sería presuntuoso por mi parte decirlo. Es mejor dejar que cosas como esta las digan otros en lugar de decirlas tú mismo.

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"Todos tomamos parte en la composición de esas canciones en las que pone 'Tradicional', o 'Espiritual negro', o 'Dominio público'. Como todas las canciones que recopiló Alan Lomax. Esas son canciones que fueron escritas por todos nosotros. Eran canciones que, cuando las aprendías, les cambiabas un verso o una línea. Como una receta. Cuando un vecino te daba una receta, o si alguien te pedía una receta, lo tradicional era cambiar algo de ella. Nunca le dabas a nadie tu propia receta. No, es sólo una taza y media de harina, miel en lugar de azúcar, membrillo troceado en lugar de manzanas. Y así es como evolucionaban las canciones. Añadías tu propio verso. Si no es aplicable a esta ciudad, a este clima, a este género, tienes que cambiarla para que encaje".

- Y ahora las cosas se graban, se ponen en un altar, como un monumento.
- Cierto. Pero también se evita que se descompongan en la tierra. Es como ser enterrado en un ataúd.

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- Muchas de las canciones de Bawlers están coescritas con Kathleen. Más de Bawlers que de Brawlers. ¿Quién es más sentimental de vosotros dos? ¿Hace ella que aflore tu sensibilidad, o haces tú que aflore la suya?
- Un poco de las dos cosas. En la química entre dos personas nunca puedes retroceder y separar qué partes son las tuyas y qué partes son las mías. Es un crisol. Nos hemos fundido. Pero ella me dice cosas como 'Si escribes otra canción en la que le quitas a alguien un dedo, te dejo. Si le arrancas a alguien un brazo, o si pones otro ciego en una canción, te dejo".

- ¿Así es ella la parte humanitaria?
- Bueno, ella es del medio oeste. Como la canción A Little Rain, de Bone Machine. (Canta llorosamente) "La mula del hombre del hielo está aparcada fuera del bar donde un hombre al que le faltan algunos dedos toca una extraña guitarra, y un enano alemán baila con el hijo del carnicero, y un poco de lluvia nunca hizo daño a nadie". Ella dice '¿Por qué tienes que quitarle los dedos? ¿Por qué no puedes dejarle tocar la guitarra como un tipo normal en un bar? ¡Dios! ¿Y por qué tiene que ser el tipo alemán un enano? Y si lo es, ¿por qué tenemos que saberlo? ¡No es una película!' 'Pero cariño, a veces tienes que encoger a la gente, arrancarles algún miembro. Es sólo una licencia artística'.

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- Tengo la sensación de que casarte con Kathleen te cambió enormemente.
- Oh, Dios, sí, no hay duda. De forma positiva. Estoy vivo gracias a ella. Era un desastre. Era un adicto. Yo no lo habría conseguido. Fui salvado en el último minuto, como por un deus ex machina. Soy como el Correcaminos, ya sabes, que corría y se salía del risco y miraba alrededor y justo antes de precipitarse al vacío volvía corriendo sobre el humo que había en sus pies, de vuelta al risco. Ese soy yo. He tenido la suerte de caminar sobre el humo. Dejé la bebida hace unos catorce años, fue un momento decisivo. Y tener hijos, ya sabes... una vez has tenido hijos no puedes imaginarte cómo es no tenerlos. Así que mi mujer y mis hijos me salvaron la vida.

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- Existe sobre la vida en la carretera mucho idealismo romántico que la experiencia prueba que es sólo eso... idealismo romántico. La vida de Charles Bukowski parece ejemplificar esto.
- Bueno, ninguno de nosotros sabe realmente cómo era la vida de Bukowski. Sabemos lo que hemos leído, y los datos que hemos reunido a partir de su trabajo y lo que hemos imaginado. Cuando eres un artista, hay cosas que suceden en el escenario y cosas que suceden detrás. Sabéis lo que os permitimos saber.

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"Barbet Schroeder era amigo mío, e intentaron que interpretase a Bukowski en esa película, Barfly. Me ofrecieron mucho dinero, pero simplemente no pude hacerlo. Además, no me consideraba a mí mismo un actor lo suficientemente bueno para hacer algo así".

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No des de comer a los delfines

The Observer, 29 de octubre de 2006

Extractos de la entrevista aparecida ayer en el dominical británico The Observer.

Sobre Orphans: Brawlers Bawlers and Bastards...
"Simplemente pensé que sería más fácil escucharlas si las ordenaba por categorías. Es una bandeja de platos variados, rara y nueva. Hay una parte que sólo tiene unos meses de vida, y hay otra que es como la masa que guardas para hacer otro pastel".

Sobre Road to Peace...
"Estaba cabreado. Empecé con una línea que leí un día en el periódico: 'Estudiaba tanto que parecía que tuviera un futuro'. Trataba de un chico que se hizo explotar con una bomba suicida en un autobus de Israel. Dicen que Dios no te da nada que sepa que no vas a poder soportar. Bueno, no sé si me lo creo".

"Supongo que siempre que alguien expresa una opinión desde fuera alguien va a decir '¿Y tú quién coño eres?'. No importa de qué lado estés. Pero esta canción no trata de tomar partido, es una crítica a ambas partes. Intenté ser tan equitativo como fuese posible".

"No sé qué puede lograr una canción como esta, pero me ví obligado a escribirla. No sé si una canción puede generar algún cambio realmente significativo. Es como tirarle cacahuetes a un gorila".

Sobre la composición...
"Escribir canciones es como capturar pájaros sin matarlos. A veces todo lo que consigues es quedarte con la boca llena de plumas".

Sobre sus (cortas) giras...
"Hay que mantenerlos hambrientos. Ya sabes lo que dicen, no des de comer a los delfines o te agujerearán la barca la próxima vez que salgas".

Sobre los autores de la generación Beat...
"Eran figuras paternas. Era a quienes recurría para encontrar una guía. Mi padre se fue cuando yo tenía diez años, así que siempre estaba buscando un padre. Era como '¿Eres tú mi padre? ¿Eres tú mi padre? ¿Y tú? ¿Eres tú mi padre?'. Por el camino me encontré un montón de estos tipos viejos".

Sobre las vías del tren...
"Cuando era niño y hacíamos un viaje en coche, parecía que cada dos millas teníamos que esperar a que pasase un tren. Era como si hubiese pasos a nivel por todas partes. Nada más que pasos a nivel".

Sobre el alcohol...
"Tenía un problema. Un problema con el alcohol, algo que mucha gente considera un riesgo del oficio. Mi mujer me salvó la vida.
(...)
Pero también tenía algo dentro de mí. Yo sabía que no me iría por el desagüe, que no prendería fuego a mi pelo, que no me pondría una pistola en la boca. Había algo dentro de mí que me empujaba hacia adelante. Probablemente me sentí atraído por ella porque ví que ahí había mucha esperanza".

"Fue duro. Fui a Alcohólicos Anónimos. Estoy en el programa. Estoy limpio y sobrio. Hurra. Pero fue una lucha".

"¿Que si hecho de menos beber? No. No de la manera como bebía. No, me alegro de estar sobrio. Me alegro de estar vivo. Me encontré a mí mismo en lugares de los que no puedo creer que saliese vivo. (...). Gente con pistolas. Gente con heridas de bala. Gente con serios problemas de adicción. Gente que llevaba armas allá donde fuesen, siempre llevaban una pistola. Vives así y atraes a las compañías más bajas".

Sobre si cree que sus canciones eran distintas cuando bebía...
"No. No lo creo. Cuando bebes y te drogas nunca estás completamente seguro de si los espíritus que fluyen a través tuyo son los espíritus de la botella o los tuyos propios. Y llega un momento en que tienes miedo de la respuesta. Ese es una de los grandes motivos que impiden a la gente dejar la bebida, tienen miedo de descubrir que era el alcohol el que hablaba".

¿Cuál fue el primer disco que grabaste limpio?
"No sé si quiero contestar a esto. Es algo personal".

Sobre la influencia de Kathleen Brennan...
"No sólo me casé con una mujer guapa. Me casé con una colección de discos".

Sobre Leadbelly y la posteridad...
"Leadbelly murió un día después de que yo naciese, el 8 de diciembre de 1949. Siempre he sentido que de alguna manera conecté con él. Él salía y yo entraba. Y quizás nos cruzamos por el pasillo. Me encantaría haber visto tocar a Leadbelly, pero eso es lo grande de los discos, los pones y de repente esos tipos están aquí mismo, en la habitación. Vuelven".

"Pienso en ello algunas veces. Algún día ya no estaré y la gente escuchará mis canciones y me harán aparecer por arte de magia. Para que eso pase tienes que poner algo de ti mismo en ello. Como una cápsula del tiempo. O como hacer una muñeca vudú. Tienes que envolverla con hilo, poner una piedra dentro de la cabeza y usar palos y un poco de tela de araña. Tienes que ponerlo todo ahí para que la canción sobreviva".

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