
Tom Waits ocupa la portada del número de octubre de la revista Ruta 66. En el interior, cinco páginas centradas sobre todo en la última etapa de su carrera, con diversidad de opiniones y puntos de vista.
¿Alguien lo ha leído?





TW: Acepté porque Terry me quería en la película. No me importaba qué era lo que quería que hiciese. Probablemente habría pintado decorados, sinceramente.



Es un artículo de marzo de 2007, pero lo acabo de descubrir y pienso que merece la pena compartirlo. José de Segovia habla de Tom Waits y la religión en Protestante Digital.
Durante años Tom Waits fue el bardo borracho, que cantaba a las prostitutas, fugitivos, criminales y vagabundos. Ahora gracias a su mujer, lleva catorce años sin probar el alcohol, aunque a sus 56 años, sigue igual de atraído por el lado oscuro de la vida. Después de apenas haber grabado nada en los años noventa, sacó dos discos un mismo día del año 2002 y otro el 2004, a los que añade ahora treinta nuevas canciones en un triple álbum, que dedica a los Huérfanos de la miseria que deja el río de este mundo. Su voz ronca nos sigue hablando de tragedias y pecados, lejos de la gracia de un Dios que parece demasiado ocupado…
Aunque nació en una familia de maestros de clase media en Pomona (California) en 1949, el matrimonio se divorcia en 1960, después que su padre se marchara cuando tenía sólo diez años. Por eso “siempre estaba buscando un padre”, dice Waits. Fascinado por la literatura beat de autores como Ginsberg y Kerouac, comienza a escribir mientras trabajaba de cocinero y gorila en un club. Enamorado de la cantante Rickie Lee Jones, vive con ella una relación tormentosa desde 1977, compartiendo peleas, alcohol y demasiados momentos sórdidos, hasta conocer a la guionista Kathleen Brennan...
Esta chica de familia católica irlandesa, con la que se casa en 1980, fue el catalizador de su carrera musical, tras su irregular paso por el cine. Sus primeros discos habían sido recibidos como “ladridos de borracho”, pero Swordfishtrombones (1983) será su descubrimiento para la crítica, aunque todavía no para el gran público. Juntos escriben ahora todas las canciones. Uno de sus tres hijos toca ya la batería en su grupo y Waits ha empezado a vender ya muchos discos desde Real Gone (2004). Los anteriores fueron dos bandas sonoras de dos espectáculos teatrales basados en Alicia de Lewis Carroll y Woyzec de Buchner. A su excéntrica voz, se ha unido ahora la más increíble instrumentación, que abarca desde cañones de artillería a viejos cuernos.
SONIDOS INFERNALES
Si hubiera una música de fondo que acompañará los últimos tramos del túnel que lleva al Infierno, sería como estos ruidos inquietantes, que rechinan bajo la base de las percusiones siniestras que acompañan algunos temas de Tom Waits. Cantado por él, hasta el Heigh Ho de Blancanieves y los sietes enanitos de Orphans (2006), parece entonado por un grupo de esclavos infernales, al compás que marca un ogro golpeando con un martillo. Los demonios de hecho parecen llenar muchas de sus canciones, que nos hablan en ocasiones del propio diablo, pero también de Jesús, aunque no en la misma medida y desde luego no con igual poder…
Waits nunca ha hecho el menos esfuerzo para hacer sentimental sus historias. Son de una dureza tal y un ambiente tan oscuro, que su voz parece la de un monstruo viscoso, que se arrastra desde las cloacas, dispuesto a vomitar algo de esa terrible realidad que preferimos ignorar… Para muchos, todo esto es tan sucio, que no pueden aguantar un momento su desagradable voz… Las tragedias de las que nos habla, son sin embargo tan auténticas como la vida misma…
Una de las más famosas canciones que ha hecho sobre prostitutas es Christmas Card From A Hooker In Minneapolis. Toma la forma de una tarjeta de Navidad, que habla de la esperanza de una mujer que ha dejado la bebida y ha encontrado un hombre que ama al hijo que está esperando, aunque no sea él su padre. Todo parece tan idílico como el Noche de Paz, con el que suele comenzar esta canción en directo, cuando de repente el último verso nos enfrenta a una realidad muy diferente. La mujer admite que este hombre no existe y necesita dinero para pagar un abogado que la saque de la cárcel. El final de sus historias suele ser así de una crueldad tal, que resulta insoportable…
Pero si Waits nos resulta incómodo es porque nos recuerda la condición humana. En un mundo en que cualquier intento de culpabilizarnos se ve como una falta de objetividad, su música nos enfrenta a la realidad del corazón del hombre: “Engañoso más que todas las cosas”, como dice Jeremías, tan “perverso”, que “¿quién lo conocerá?” (17:9)… Muchos han intentado ignorar el diagnóstico bíblico, pensando que si las circunstancias cambiaran, el hombre sería mejor… Sus esfuerzos son sin embargo tan patéticos, como esa religiosidad que piensa lo mejor de la humanidad, aunque las evidencias digan lo contrario...
DESTELLOS DE GRACIA
La periodista Terry Gross entrevistó al cantante en un largo programa de radio en Filadelfia. Ella no es aficionada a su música, pero ha investigado bastante su vida, por lo que le hace buenas preguntas. Una de ellas hace referencia a una historia, que cuenta también Cath Carroll al principio de su biografía. Le pregunta cuál es la experiencia más extraña que ha tenido haciendo auto-stop. Dice que fue una Nochevieja enfrente de una iglesia pentecostal. Estuvieron atascados en un pueblo horas y horas, cuando se hizo cada vez más oscuro y hacía cada vez más frío. Una señora salió de la iglesia y les invitó a entrar dentro. Sentados en el último banco, escucharon como cantaban con una pandereta, una guitarra eléctrica y una batería, antes de ponerse a hablar en lenguas. Luego pasaron una ofrenda y para su sorpresa, les dieron algo de dinero, para pagar el hotel y la comida…
En el libro sin embargo Waits dice que esa señora llamada Anderson, le señaló con el dedo cuando estaban en la iglesia, cada vez que hablaba de la obra del diablo. Esto le hizo sentirse mal, dándole la inspiración para escribir la canción Down, Down, Down de su disco Sworfishtrombones (1983). Una versión algo distinta de la misma historia, que nos muestra la complejidad de Tom Waits. Ese lado desconocido le extraña también a la periodista, cuando le comenta la canción que escribió para Johnny Cash al final de su vida, Down There By The Train:
Cash desea sin embargo en esta canción que sean “lavados todos tu pecados”. ¿Cómo es esto posible? En uno de los temas que Waits escribió para el veterano grupo de gospel, The Blind Boys of Alabama, su personaje se confiesa como un borracho que sabe que Jesús va a venir pronto. Su confianza es que Dios se acuerde de su fragilidad, ya que al fin y al cabo está hecho de polvo.
En Abajo en el agujero, Waits comienza su canción en el Paraíso, donde advierte del poder del diablo. Sus personajes aparecen sin embargo siempre vencidos, aunque quisieran como el vagabundo de la composición de Gavin Bryars, que “la sangre de Jesús nunca le fallará”. El cantante añadió su voz a la grabación de este hombre sin casa, que canta un himno, refugiado en la cruz de Cristo. En su voz patética es como si se sintiera el frío de la calle, cubierto con un periódico… Sí aún así se puede vivir confiado, es que Dios no puede estar tan lejos…
José de Segovia Barrón es periodista, teólogo y pastor en Madrid
© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2007).
Entrevista de Tania Molina Ramírez publicada en el diario mexicano La Jornada del pasado 8 de diciembre.
Las cosas cambiaron para Omar Torrez el verano pasado. Ser guitarrista de Tom Waits transformó su modo de hacer música; de pronto, si bien ya contaba con prestigio propio como músico, haber estado en la banda del compositor de Alice y God’s away on business le dio brillo a su currículum.
Ahora, aunque no quiera, en toda conversación muy probablemente llega un momento en que surge la pregunta: “¿qué tal trabajar con Tom?”
Con gusto, él lo cuenta: “Fue bellísimo. Tom Waits es un genio; trabajar con él es como ir a una escuela de genios. Aprendí muchísimo, simplemente observando cómo trabaja, qué cosas son importantes para él; cómo escucha todo y conecta todo sicológica, espiritual y musicalmente”.
Y continuó contando, con entusiasmo, en entrevista telefónica desde Los Ángeles –donde radica–, un día antes de que viajara a México para participar, el sábado pasado, en la quinta Feria de las Disqueras Independientes: “Una de las cosas que caracterizan a Tom Waits es que cuando escuchas los primeros dos segundos de una canción sabes que es él. Aprendí mucho sobre esto: tomar todas las influencias con las que creciste y hacerlas tuyas.
“En vez de nomás reproducir un estilo que escuchaste y hacerlo bien –que para él no tiene importancia–, es como si el estilo fuese apenas el comienzo de la conversación. Luego tienes que ir hacia algún otro lugar, hacer algo distinto.”
Omar Torrez, de 36 años, contó que, después de comprender lo anterior, regresó a su música y se preguntó: “¿Qué cosas puedo hacer con estas canciones para convertirlas en únicas? A las que no puedo hacer que sean más únicas, simplemente ya no las toco. Si suenan así, entonces es mi música y no sólo una copia de algún estilo”.
Tocar con Tom Waits en su gira del verano pasado fue tan determinante en su vida, que dejó una especie de antes y después. “La experiencia Tom Waits”, la llama.
Así que ahora, aseguró, a pesar de que lleva años tocando con algunos integrantes de su banda, siente que ésta es otra: “Mis ideas musicales cambiaron para siempre; es como una nueva banda, estamos tocando de un modo un poco distinto”. Y tiene algunas composiciones nuevas.
Raíces poblanas
Fresquecito de “la experiencia”, se presentó en México con su grupo, país que para él significa mucho: su padre es poblano y tiene familia en esta tierra. Suele visitar Puebla y de vez en cuando toca la guitarra, entre cuates, en el café de un amigo suyo en Cholula.
El sábado fue la primera vez que se presentó en el país de modo formal, lo cual lo mantuvo “un poco nervioso”. “Estoy muy emocionado con esta oportunidad; me entregaré por completo”, dijo por teléfono.
En México, dijo, “siento la energía, quizá porque es más romántico que Estados Unidos. En México siento la pasión en la sangre. También lo sentí en el País Vasco (de donde viene la familia paterna hace muchas generaciones, y que fue parte de la gira con Waits), adonde nunca había ido. Es muy intenso. Quizá sólo esté en mi cabeza, pero lo siento”.
Omar Torrez es fruto del norte y el sur. Nació en Seattle, de madre de ascendencia del norte de Europa y de padre mexicano.
Su progenitor tocaba la guitarra: “Desde chico asumí que eso era lo que la gente hacía. En las fiestas, mi padre cogía la guitarra y cantaba y reía y tomaba; asumí que era lo normal”.
Y siguió: “Somos producto de nuestro contexto. Mi padre tocaba cosas de Jimmy Hendrix, Juan Serrano, Carlos Montoya, Ravi Shankar y Miles Davis, y blues, de BB King… así que me acostumbré a que hubiera una mezcla de todo tipo. Cuando comencé a cantar estaba metido en el rock, pero también me gustaba la música cubana… siempre mezclé, porque así me crié”. Así que en su música hay funk, ritmos latinos y algo de blues y rock.
The Omar Torrez Band se presentó el sábado pasado en la Feria de las Disqueras Independientes, en el museo Diego Rivera-Anahuacalli.
Columna de Adrián Vogel en Efe Eme.
FERNANDO NAVARRO - Barcelona - 16/07/2008
Si Tom Waits tuviese que hablar sobre el concierto que ofreció ayer en el Auditori del Fòrum de Barcelona, el último de los tres que le han traído a España por primera vez en sus más de treinta años de carrera, es posible que, tirando de su habitual repertorio de metáforas, dijera que la actuación de Tom Waits pudo ser algo así como el parto de la mariposa. En buena parte, ya se sabe de lo que trata porque lo dijo antes El Principito de Saint-Exupéry, tal vez el primer espíritu beatnik de la historia conocida: Hay que soportar a la oruga para ver salir a la mariposa.
Es cierto que hubo que rascar bastante. Fueron varias las cosas que estuvieron en contra del espectáculo, empezando por un descerebrado que tuvo que abandonar la sala en mitad de la actuación obligado por agentes de la seguridad privada. Tampoco es el Audotori un sitio idóneo para conciertos como el ofrecido anoche con ese edificio frío y distante. Hubo problemas de sonido, en guitarras y micrófonos, que llegaron a desesperar al músico. Y la expectación flotaba tanto en el ambiente que pareció ser perjudicial para el propio Waits, que arrancó decidido, como por arte de magia en mitad de un escenario oscuro, pero al que le faltó enganche, como si aquello al principio fuera más una conferencia musical que la noche para disfrutar del artista más indescifrable que ha dado la historia del rock.
También es cierto que lo que ofrece el músico de California hoy por hoy no se sirve en bandeja. Temas como Way Down In the Hole, un blues aullado que parece de geriatría, ilustra los pasos que sigue Waits sobre el escenario. Es una propuesta bastarda en la expresión y genuina en su naturaleza, que hace falta experimentar porque choca con lo preconcebido. Tal vez Waits lo llamaría el paso de la oruga, y más cuando al principio los problemas fueron varios. Realmente, ese estilo se trata de una virtud, que ha hecho arma de doble filo. Tiene una capacidad de desconstruir géneros y composiciones al alcance de muy pocos, pero al rechazar lo convencional a veces puede resultar estridente. Es el camino tomado desde que publicó el álbum Swordfishtrombones.
En las tablas, el músico gesticula, hace juego de manos y se contornea como un mimo que se adentra en su propio cuento, pero deja la puerta abierta para el resto. Al otro lado hay una bandada de sonidos e historias que trascienden, pero que no siempre se llega. Ese ímpetu se va alcanzando a mitad de la actuación, gracias también al buen hacer de Vicent Henry a los vientos, tanto a la armónica como al saxo o a lo que fuera que Waits necesitase para ornamentar sus sonidos de vodevil, polka o folk. Mientras tanto, el cantante representa sus mil personajes, una esquizofrenia artística exquisita. "Soy pedazos de cosas", se definió una vez él mismo. Puede llegar a hablar en español para responder a un público cada vez más entregado, o para contar una historia a retazos, o llegar a decir que es "cojonudo estar en Barcelona".
Pero al paso de la oruga le sigue el de la mariposa. Al piano, y lo que viene después, el funambulista despliega sus dotes intactas de bohemio, marcado por el don del hechizo. Innocent When You Dream, esperada por buena parte de los asistentes que la aplauden al comienzo más que otras, es la mejor representante de las baladas infinitas de Waits, que parecen pensadas para una cantina y con un alma folk que ciega. Alejadas de lo cursi o lo anecdótico, son baladas de luna llena, de noche de hombre lobo, que despiertan los instintos primarios y levantan pasiones, al ritmo de las teclas y la voz absoluta de su autor.
Luego llegarán, entre otras, Lie To Me, Make It Rain o Hold On que muestran al Waits más indomable, entregado al máximo al feedback de su propia obra de fantástica oruga y encabezando un tren de mercancías que recorre de arriba abajo los sonidos tradicionales de Estados Unidos, que también tienen su parte de herencia de Europa. El músico californiano lo ha comentado alguna vez: se trata de tocar según el estado de ánimo, bien como los ojos del enano subido en los hombros de un gigante ciego, o como la mujer con cara de mula que baila con el chico cocodrilo, hasta que se le pone más púrpura, se le quita marrón y se le añade amarillo. Y, como demostró ayer, se termina pariendo la mariposa.
El Periódico de Catalunya

El cantautor arrasó anoche en el Fòrum | Expectación entre el público que asistía al concierto y sensación de "yo estuve allí" | El cantante fue presentador de circo, fiera y, por supuesto, domador del público
Waits, cantautor, actor, clown y, en general, un personaje tan infrecuente como irrepetible arrasó durante sus algo más de dos horas de actuación. Dos horas que comenzaron, como es habitual en esta gira llamada Glitter and doom (algo así como Fulgor y condenación), con un tema mezcla de Lucinda y Ain´t goin´down to the well,ambos de su último disco, el mastodóntico Orphans,en concreto de la sección Brawlers.Y acabó ocho minutos después de la medianoche tras haber cantado tres bises: November, Come on up to the house y, finalmente, un sereno pero profundo Day after tomorrow.
En medio, dos horas mágicas. En todos los sentidos. El público que acudía al concierto sentía excitación y expectación ante el mito que tuvo el corazón roto y el hígado enfermo, aunque ya hace tiempo que está casado y con tres hijos, pero también, marcadamente, se vivía la sensación de "yo estuve allí", la de la ocasión que no va a volver. Y Waits hizo que nadie saliera decepcionado. Como en el cartel de la gira, en el que Waits se convierte en un mago de cuya palma de la mano emana polvo aúreo, el de Pomona no perdió ocasión de mover, agitar las manos como si fuera un prestidigitador, aunque quizá también un predicador. E hizo magia. La magia de una voz increíblemente versátil, con la que sabe jugar, un chorro de voz que ha sido calificado como de lija, pero que, sobre todo, a veces parece dirigirse hacia dentro de su boca en vez de salir de él, tal es la profundidad y las reverberaciones.
Junto a un grupo perfectamente engrasado con el que lleva rodando desde mediados de junio cuando comenzó la gira en Phoenix, Arizona, e integrado por su hijo Casey y por Larry Taylor, Patrick Warren, Omar Torrez y Vincent Henry, Waits llevó al público al delirio en más de una ocasión. Hubo palmas, canciones medio cantadas con él y momentos emocionantes, como cuando se sentó al piano para arrancarse unas cuantas canciones como On the nickel o Innocent when you dream,que llevó al público al éxtasis. Un grupo con el que cambió de registro sin dificultad encarando temas tan pegadizos y de aires latinos como Hoist that rag,que movió al público, Lucky day,el pesimista Dirt in the ground o Make it rain,en el que haciendo valer sus dotes de hechicero, y tras agitar las manos de unos brazos abiertos a uno y otro lado, fue recompensado con una abundante lluvia de polvo dorado. No faltó ironía, como la de que le gusta estar en un país con leyes civilizadas y no como en Rusia, donde no te puedes besar más de tres minutos seguidos, pero tampoco estuvo demasiado hablador. Ocupó su pequeño círculo dentro del escenario, objeto de todos los focos, en el que fue presentador de circo, fiera y, también, domador.
Una burrada, carísimo, desorbitado... Los entre 100 y 125 euros - más comisiones bancarias- que han costado las entradas para los conciertos de ayer y hoy de Tom Waits en Barcelona suscitan opiniones unánimes entre los asistentes, pese a lo cual los fans hablan de una oportunidad única, aun puntualizando, como Marina Espasa, que "es el único artista por el que pagaría este precio". "El primer disco que compré, por casualidad, fue de él, Closing time.Luego compré otros. Es alucinante. Pero me parece carísimo y me ha costado mucho decidirme", añade.
Algo parecido piensa la editora Isabel Obiols: "El precio es una burrada, pero vale la pena, es como asistir a una representación operística, una cosa casi única. Sopesé el precio, pero me habría arrepentido mucho tiempo si no hubiera ido. Me daba miedo, eso sí, que fuera una tomadura de pelo, que Waits, que no había venido nunca, no se lo tomara en serio, pero me dijeron que no iba a ser así y ya he visto que en otros lugares ha actuado dos horas con temas de todas las épocas".
Eugènia Broggi explica que ella se enteró del precio una vez compradas, ya que las adquirió un amigo. "Pensaba que no encontraríamos. Me parece vergonzoso el precio, pero hoy me importa un pito, estoy tan excitada y emocionada que me da igual. Fue muy importante para mí en los noventa, en el coming of age,sus discos, su presencia en las películas de Jarmusch...". Para el fotógrafo Pere Ferrer, que vive en Barcelona pero es mallorquín, "es realmente caro". "Pero no sé si volverá, así que me decidí. Me gusta su música y su personaje, lo que me da rabia es que no vaya a Palma, donde se celebra hace años el festival Waiting for Waits".
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El Periódico de CatalunyaLUIS HIDALGO 16/07/2008
TOM WAITS Auditorio del Fórum, Barcelona. Entre 100 y 125 euros. 3.500 personas. 14 de julio, 21.30 horas.
La tradición en estado puro. Eso fue Tom Waits en su primer concierto en el auditorio del Fórum, una sucesión de canciones antiguas en el mejor sentido del término, una música no desgajada de esa tradición que forma parte de cualquier cultura porque en todas hay confesiones humanas entre vapores de complicidad, desgana, cierta desesperanza y masculinidad fea y vieja. Tom Waits escenificó todo eso en un concierto que, aun sin poderse saber si estuvo por debajo, a la altura o por encima de sus prestaciones, satisfizo por recordarnos que todos formamos parte de algo antiguo.
Además de ese poso, Waits recordó con sus canciones a otro representante de tiempos pasados, a Paolo Conte. Sí, el italiano es más melódico y las afinidades no se centran en la voz, sino en la manera de manosear el material sonoro, en la forma de mezclar los ríos de estilísticos que lo riegan, en cómo se sienten cómodos siendo como son y en el acento acústico que palpita bajo su música. Eso les une. Les diferencia que Waits no precisa el formato de canción, pues bien podría acudir a una continuidad deforme de música sin estructura. Pero quizá acude a ella, a la canción, como una concesión más a su público, una más en la lista de gratificaciones con las que le obsequia: pedir palmas, hacer chistes, llevar sombrero o regodearse en la autocomplacencia que proyecta en sus fieles.
Éstos, reducidos a la más vulgar condición de fans que se apelotonan ante la venta de camisetas del ídolo, aplauden hasta los estornudos, olvidan que lo mejor del batería es ser un Waits, se abonan a la credulidad y se deshacen en ovaciones ante cualquier solo, vieron lo que querían ver. Ello puede conducir a Waits a preguntarse si gusta por lo que hace o porque se llama Tom Waits, actúa pocas veces en directo y representa lo que representa. A otra escala, pero el mismo problema que tienen, sin ir más lejos, Serrat y Raimon.
Pero Waits tiene un plus en directo que le hace aún más solvente que en disco. Será porque su tradición es de taberna y, por tanto, occidentalmente comprensible; será porque parece un miembro de la troupe de Todd Browning; será porque se mueve como los personajes lisiados de Terry Pratchet; será porque, para asentarse aún más en la tierra, sale polvo de la tarima que patea, como inspirado por el aire fronterizo de las novelas de Cormack McCarthy; será porque On the nickel, Make it rain y la final Day after tomorrow resultaron fascinantes, o será porque tras pagar 130 euros a nadie le apetece sentir que los ha malgastado, pero lo cierto es que Waits sometió. Con sabiduría y tino. A pesar de todos los pesares.
TOM WAITS: El mito de la caverna en BCN