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miércoles, marzo 03, 2010

El monstruo que todos amamos

Reportaje de Diego A. Manrique en El País del pasado 26 de febrero.


En una hipotética competición para determinar el artista estadounidense más cool, es muy posible que Tom Waits ocupase el primer puesto. Alardea de productividad: puede editar dos álbumes el mismo día o juntar sus temas sueltos en un triple disco. Su música rompe normas: impresiona su primitivismo, apabullan sus desmadejados arreglos, desconciertan esas letras donde alterna religión y crueldad. Y ejerce de notable actor (secundario), generalmente en películas minoritarias.

"El público es un animal al que mejor no alimentar", suele decir el cantante

Tom Waits es generoso con su arte pero tacaño con su presencia pública. A diferencia de la mayoría de los artistas, detesta que su música sea usada en publicidad (y ha pleiteado, con éxito, contra los listos que intentaron sortear su prohibición). Raciona sus directos: sus giras son raras y breves, limitadas a actuaciones en teatros. Rechaza deliberadamente los festivales que honran su obra: Waitstock (Nueva York), Stray-dogs Party (Dinamarca), Waiting For Waits (Mallorca).

Sobre todo, Waits extiende una niebla perpetua sobre su pasado, su vida cotidiana, sus motivaciones. Concede entrevistas cuando se acerca un nuevo lanzamiento, pero los encuentros están cuidadosamente escenificados. En ellos procede a apabullar al plumilla con información trivial, aforismos ingeniosos o anécdotas improbables. El periodista descubre que se ha divertido mucho, pero que sigue sin aclarar los misterios que rodean al artista, empezando por el principal: la relación creativa con su mano derecha, su esposa Kathleen Brennan.

Los argumentos de Waits son contundentes: sus seguidores no pueden exigir conocer sus intimidades; las canciones existen por sí solas y no necesitan exégesis; su imagen pública no debe ser cuestionada. En sus palabras, "el público es un animal salvaje al que conviene no alimentar demasiado". Así que dedica muchas energías a zancadillear el primer proyecto de una biografía seria, ordenando a sus amigos y socios que no hablen con el intruso, el británico Barney Hoskyns.
Finalmente, el libro se publica y ya tiene traducción española (Global Rhythm Press), lastrada por un título chocante -Tom Waits. La coz cantante. Biografía en dos actos- y la ausencia de índice. En el prólogo, Hoskyns examina el conflicto entre el secretismo de su protagonista y su necesidad de indagar: "Está claro que no tenemos un derecho a conocer al auténtico Tom Waits, igual que ocurre con cualquiera que elija por voluntad propia excluirse de la vida social. Y sin embargo resulta inevitable que las personas que se apasionan con la obra de un artista busquen identificarse con él: todos queremos acercarnos a su grandeza".

Hoskyns divide la biografía en dos partes. El primer acto cubre desde su nacimiento (Pomona, 1949) hasta su encuentro con Brennan, mientras se rodaba Corazonada, el musical de Coppola. Husmeando los pasos de Waits, desde San Diego a Los Ángeles, muestra la consolidación de su personaje, un beat tardío que detesta la contracultura californiana, aunque comparta discográfica con su aristocracia: en Asylum Records están desde Jackson Browne a Eagles.

Hay mucha impostura en aquel Tom Waits que pretende situarse entre Kerouac y Bukowski, aunque es más espectador que participante en los excesos de la vida bohemia. Con todo, no se entiende que reniegue de aquellos discos setenteros, que ahora maltrata: están disponibles en CD con portadas desvaídas, a veces sin letras, digitalizados sin ningún cuidado especial. Afortunadamente, Hoskyns combina el trabajo detectivesco con el análisis crítico, complementando la historia de cada grabación con el despiece de sus canciones.

Tom Waits es un caso único en el negocio musical: a estas alturas, se necesita reivindicar su cancionero más accesible, dado que en los últimos 30 años sólo ha defendido su trabajo más experimental. El segundo acto de Hoskyns navega por territorio más oscuro: en su papel de padre de familia, Waits mantiene lo que los publicistas denominarían "un perfil bajo". Pocos músicos se atreven a romper el pacto de silencio implícito en una convocatoria de Tom: como jefe, no tolera que sus subordinados se quejen o que especulen con sus acciones.

Ese ensimismamiento ha generado mucha música impactante, en un ejercicio de expresión radical que no deja de plantear problemas. El Tom Waits actual se acerca tanto a la autoparodia como el desatado beatnik del motel Tropicana: ejerce de intimidante hombre lobo, lleva su cruzada antitecnológica al borde de sabotear sus propios discos. Sus escasas actuaciones se transforman en eventos fashion donde acuden VIP que seguramente nunca han escuchado a Captain Beefheart, ni, por supuesto, saben de la existencia de Howlin' Wolf. Sus torturadas canciones sirven para que bellas actrices enriquezcan sus currículos. Se ha convertido en un freak de circo, el monstruo al que todos amamos.

lunes, marzo 23, 2009

De las cloacas vino su canto

Artículo de Diego Manrique en El País de hoy.

Una nueva biografía llega al fondo de Tom Waits pese al veto del músico
DIEGO MANRIQUE - Madrid - 22/03/2009


Barney Hoskins supo que tenía problemas cuando Keith Richards se echó atrás y le informó que, sintiéndolo mucho, no colaboraría en su biografía sobre Tom Waits. Si ni siquiera un bocazas como el guitarrista de los Rolling Stones -que trabajó fugazmente con el californiano en los años ochenta- se atrevía a romper el silencio, se desvanecía la posibilidad de elaborar un retrato de Waits a partir de testimonios de los que le han tratado.

Bajo la influencia de su mujer, el músico se radicaliza en música y política

Tras rechazar hablar con Hoskins, Tom se había puesto en contacto con su círculo de compinches y conocidos, pidiendo que no participaran en el proyecto. Una orden que casi todos acataron: Waits inspira lealtad, respeto y, sí, temor (son famosas sus explosiones temperamentales, sin olvidar su predisposición a recurrir a los juzgados). Han callado antiguas novias (Bette Middler, Rickie Lee Jones), viejos asociados y hasta colegas tan distantes como Richards o Elvis Costello.

Pero el veto no ha podido evitar que se materialice un grueso tomo, Lowside of the road: a life of Tom Waits. Hoskins no es un killer tipo Albert Goldman, uno de esos biógrafos que trituran sistemáticamente al famoso buscando atraer ventas morbosas. Todo lo contrario: británico puntilloso, ha firmado memorables libros sobre el rock de California. Sus pesquisas revelan el andamiaje del mito Tom Waits y los puntos esenciales de una existencia no exenta de turbulencias.

Low side of the road traza el perfil de un chico que vivió sus primeros años en medio de una guerra doméstica, desgarrado entre una madre religiosa y un padre alcohólico, profesor de español siempre dispuesto a escaparse de juerga rumbo al cercano México. En algún momento, Waits rompió filas con su generación: rechazó la potente cultura juvenil de los sesenta y se zambulló en el mundo de los adultos, incluyendo sus decadentes locales nocturnos. Tenía una fascinación seria por los detritos de la beat generation, los románticos del arroyo que soñaban en jazz. Algunos le rechazaron airadamente: según Charles Bukowski, Tom no poseía "un solo hueso original en su cuerpo"; le resultaba obsceno tan laborioso aprendiz de perdedor. Por el contrario, un superviviente hardcore como William Burroughs le bendijo.

A mediados de los setenta, Tom Waits grababa para Asylum Records, el hogar de los cantautores dorados; era un artista de culto, con razonables ingresos. Sin embargo, prefería vivir en el Tropicana, un motel cutre de West Hollywood, dos habitaciones donde se amontonaban libros, discos, botellas, revistas porno. De gira con figuras como Ry Cooder, evitaba los hoteles decentes previstos para instalarse en el alojamiento más casposo que podía encontrar. La atracción por las cloacas llevada a la perversidad.

Cuando el personaje le está devorando, aparece el hada buena. En 1980, durante el rodaje de Corazonada, se enamora de una dramaturga de origen irlandés, Kathleen Brennan, inquilina del taller de talento que subvenciona un Coppola en la cumbre de su poder. Kathleen le retira del alcohol mientras arregla sus barullos económicos y contractuales. Se casan rápidamente y, tras pasar por Nueva York, se refugian al norte de California, en el valle de Sonoma. Adiós a la bohemia: tienen hijos y ejercen de padres.

A diferencia de lo ocurrido cuando Dylan se retira de la circulación en 1966, no simplifica su música. Bajo la influencia de Brennan, Waits se ha radicalizado en sonido, estructuras y expresión. Ya no es la simpática destilación de un beatnik arquetípico: ahora aúlla, castiga los instrumentos, amplía su abanico estilístico. Kathleen le azuza a arriesgarse, incluso en política. Desarrolla su faceta como actor secundario, generalmente con realizadores de prestigio. Ignora las convenciones de la industria musical: nada de giras promocionales, sí a caprichos como editar dos álbumes simultáneamente. La libertad por encima de todo: tras ejercer de cola de león en Island Records, mejor ser cabeza de ratón en la independiente Epitaph.

Temeroso de que se caracterice a su esposa como una nueva Yoko Ono, Waits se esfuerza en protegerla. Así, lleva su proceso creativo a la zona de sombras. Prefiere que no quede claro cuánto hay de ella en cada disco. Desvía las preguntas incómodas con alardes de excentricidad, exhibiciones muy aplaudidas por los pocos periodistas a los que concede citas. En ese proceso se menosprecia a muchos fieles de la primera época, como el productor Bones Howe. Para Barney Hoskins, la obsesión de Waits por el misterio ha desembocado en censura encubierta. Que, inevitablemente, multiplica la curiosidad por la persona que se oculta tras esos discos intimidantes.

miércoles, julio 16, 2008

Barcelona, Auditori del Fòrum, 15 de julio de 2008 (AMPLIADA)


Setlist

Lucinda
Way Down in the Hole
Falling Down
Poor Edward
All the World is Green
Cemetery Polka
Get Behind The Mule
I'll Shoot the Moon
Such a scream
Murder in The Red Barn
Singapore

Invitation to the Blues
Johnsburg, Illinois
Lost in the Harbour
Innocent when you dream

Lie to me
Hoist That Rag
Hold On
Black Market Baby
Trampled Rose
Make It Rain

Rain Dogs
Dirt In the Ground

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El País

CRÓNICA

Tom Waits y el parto de la mariposa

El músico estadounidense concluye su gira por España con un concierto en Barcelona

FERNANDO NAVARRO - Barcelona - 16/07/2008

Si Tom Waits tuviese que hablar sobre el concierto que ofreció ayer en el Auditori del Fòrum de Barcelona, el último de los tres que le han traído a España por primera vez en sus más de treinta años de carrera, es posible que, tirando de su habitual repertorio de metáforas, dijera que la actuación de Tom Waits pudo ser algo así como el parto de la mariposa. En buena parte, ya se sabe de lo que trata porque lo dijo antes El Principito de Saint-Exupéry, tal vez el primer espíritu beatnik de la historia conocida: Hay que soportar a la oruga para ver salir a la mariposa.

Es cierto que hubo que rascar bastante. Fueron varias las cosas que estuvieron en contra del espectáculo, empezando por un descerebrado que tuvo que abandonar la sala en mitad de la actuación obligado por agentes de la seguridad privada. Tampoco es el Audotori un sitio idóneo para conciertos como el ofrecido anoche con ese edificio frío y distante. Hubo problemas de sonido, en guitarras y micrófonos, que llegaron a desesperar al músico. Y la expectación flotaba tanto en el ambiente que pareció ser perjudicial para el propio Waits, que arrancó decidido, como por arte de magia en mitad de un escenario oscuro, pero al que le faltó enganche, como si aquello al principio fuera más una conferencia musical que la noche para disfrutar del artista más indescifrable que ha dado la historia del rock.

También es cierto que lo que ofrece el músico de California hoy por hoy no se sirve en bandeja. Temas como Way Down In the Hole, un blues aullado que parece de geriatría, ilustra los pasos que sigue Waits sobre el escenario. Es una propuesta bastarda en la expresión y genuina en su naturaleza, que hace falta experimentar porque choca con lo preconcebido. Tal vez Waits lo llamaría el paso de la oruga, y más cuando al principio los problemas fueron varios. Realmente, ese estilo se trata de una virtud, que ha hecho arma de doble filo. Tiene una capacidad de desconstruir géneros y composiciones al alcance de muy pocos, pero al rechazar lo convencional a veces puede resultar estridente. Es el camino tomado desde que publicó el álbum Swordfishtrombones.

En las tablas, el músico gesticula, hace juego de manos y se contornea como un mimo que se adentra en su propio cuento, pero deja la puerta abierta para el resto. Al otro lado hay una bandada de sonidos e historias que trascienden, pero que no siempre se llega. Ese ímpetu se va alcanzando a mitad de la actuación, gracias también al buen hacer de Vicent Henry a los vientos, tanto a la armónica como al saxo o a lo que fuera que Waits necesitase para ornamentar sus sonidos de vodevil, polka o folk. Mientras tanto, el cantante representa sus mil personajes, una esquizofrenia artística exquisita. "Soy pedazos de cosas", se definió una vez él mismo. Puede llegar a hablar en español para responder a un público cada vez más entregado, o para contar una historia a retazos, o llegar a decir que es "cojonudo estar en Barcelona".

Pero al paso de la oruga le sigue el de la mariposa. Al piano, y lo que viene después, el funambulista despliega sus dotes intactas de bohemio, marcado por el don del hechizo. Innocent When You Dream, esperada por buena parte de los asistentes que la aplauden al comienzo más que otras, es la mejor representante de las baladas infinitas de Waits, que parecen pensadas para una cantina y con un alma folk que ciega. Alejadas de lo cursi o lo anecdótico, son baladas de luna llena, de noche de hombre lobo, que despiertan los instintos primarios y levantan pasiones, al ritmo de las teclas y la voz absoluta de su autor.

Luego llegarán, entre otras, Lie To Me, Make It Rain o Hold On que muestran al Waits más indomable, entregado al máximo al feedback de su propia obra de fantástica oruga y encabezando un tren de mercancías que recorre de arriba abajo los sonidos tradicionales de Estados Unidos, que también tienen su parte de herencia de Europa. El músico californiano lo ha comentado alguna vez: se trata de tocar según el estado de ánimo, bien como los ojos del enano subido en los hombros de un gigante ciego, o como la mujer con cara de mula que baila con el chico cocodrilo, hasta que se le pone más púrpura, se le quita marrón y se le añade amarillo. Y, como demostró ayer, se termina pariendo la mariposa.

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El Periódico de Catalunya

Nueva exhibición de genio de Tom Waits

  1. El músico cambió 12 canciones de su repertorio en la segunda noche en el Auditori del Fòrum
JORDI BIANCIOTTO
BARCELONA

Fue casi como un recital distinto, con la misma esencia pero alterado en sus formas. En su segunda y última noche en el Auditori del Fòrum, Tom Waits ofreció 23 canciones, de las cuales un total de 12 fueron distintas a la noche inaugural. Una demostración de primera mano del modus operandi del artista, partidario de mantener su repertorio vivo por la vía la rotación permanente.

Aunque las canciones cambiaran, la temperatura fue parecida a la primera noche. Público ansioso, un retraso similar en el inicio del recital (25 minutos frente a los 35 del estreno) y un clima sonoro semejante, con su cruce de andamios bluesísticos, cabaret deshauciado y asaltos al piano propios de madrugadas destempladas. Una canción menos que en la primera sesión aunque, debido a problemas técnicos que atascaron algunas piezas, el show duró un poco más, dos horas y 10 minutos.

Waits y su banda abrieron con el mismo guión, Lucinda, Way down in the hole y Falling down, pero pronto comenzaron las novedades: entraron en escena Poor Edward y una Cemetary polka que alió el fantasma de Kurt Weill con el vals. Y, tras All the world is green, carta blanca: Get behind the mule, I'll shoot the moon, Such a scream y Murder in the red barn mantuvieron el recital en vilo hasta el traqueteo de Singapore. En las 24 horas transcurridas, Waits tuvo tiempo de aprender aromáticas palabras en castellano: "Es cojonudo estar aquí en Barcelona", confesó. Su versión del idioma mostró tics un poco mexicanizantes. "¡Ándele pues!"

GUIÑO A LOS 70
La secuencia de piano culminó, como el lunes, con un Innocent when you dream apoyado por coros populares, pero antes hubo más cambios de guión. Sonó Lost in the harbour (donde Waits cambió el piano por el órgano) y hubo, atención, un viaje a los 70 con Invitation to the blues, del álbum Small change. En la recta final, los cambios respondieron por Hold on, Black market baby y Trampled rose. No hubo tres bises, sino dos: Rain dogs y la gospeliana Dirt in the ground. Dos noches, dos repertorios... y un único Tom Waits.

Barcelona, Auditori del Fòrum, 14 de julio de 2008 (AMPLIADA)


Setlist aproximado
(¿alguien lo apuntó?)

Lucinda - Ain't Goin down
Way down in the hole
Falling Down
Jockey full of bourbon
All the world is green
Other side of the world
God's Away on Business
Metropolitan glide
Sins of my father
Lie to Me
Hung down your head
Rain dogs

You can never hold back spring
On the nickel
Johnsburg, Illinois
Innocent when you dream

Clap hands
Lucky day
Hoist that rag
Dirt in the ground
Make it rain

November
Come on up to the house
Day after tomorrow

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La Vanguardia

Y Tom Waits llegó a Barcelona

El cantautor arrasó anoche en el Fòrum | Expectación entre el público que asistía al concierto y sensación de "yo estuve allí" | El cantante fue presentador de circo, fiera y, por supuesto, domador del público

Tom Waits llegó por fin a Barcelona. Y Anoche con retraso. Treinta y cinco minutos llenos de aplausos, silbidos e incluso pataleos esperaron sus fans en el repleto Auditori del Fòrum a que saliera al escenario con su grupo. Eran las 22.05 horas y, por fin, el cantautor de Pomona, California, actuaba por primera vez en Barcelona, donde lo volverá a hacer hoy.

Waits, cantautor, actor, clown y, en general, un personaje tan infrecuente como irrepetible arrasó durante sus algo más de dos horas de actuación. Dos horas que comenzaron, como es habitual en esta gira llamada Glitter and doom (algo así como Fulgor y condenación), con un tema mezcla de Lucinda y Ain´t goin´down to the well,ambos de su último disco, el mastodóntico Orphans,en concreto de la sección Brawlers.Y acabó ocho minutos después de la medianoche tras haber cantado tres bises: November, Come on up to the house y, finalmente, un sereno pero profundo Day after tomorrow.

En medio, dos horas mágicas. En todos los sentidos. El público que acudía al concierto sentía excitación y expectación ante el mito que tuvo el corazón roto y el hígado enfermo, aunque ya hace tiempo que está casado y con tres hijos, pero también, marcadamente, se vivía la sensación de "yo estuve allí", la de la ocasión que no va a volver. Y Waits hizo que nadie saliera decepcionado. Como en el cartel de la gira, en el que Waits se convierte en un mago de cuya palma de la mano emana polvo aúreo, el de Pomona no perdió ocasión de mover, agitar las manos como si fuera un prestidigitador, aunque quizá también un predicador. E hizo magia. La magia de una voz increíblemente versátil, con la que sabe jugar, un chorro de voz que ha sido calificado como de lija, pero que, sobre todo, a veces parece dirigirse hacia dentro de su boca en vez de salir de él, tal es la profundidad y las reverberaciones.

Junto a un grupo perfectamente engrasado con el que lleva rodando desde mediados de junio cuando comenzó la gira en Phoenix, Arizona, e integrado por su hijo Casey y por Larry Taylor, Patrick Warren, Omar Torrez y Vincent Henry, Waits llevó al público al delirio en más de una ocasión. Hubo palmas, canciones medio cantadas con él y momentos emocionantes, como cuando se sentó al piano para arrancarse unas cuantas canciones como On the nickel o Innocent when you dream,que llevó al público al éxtasis. Un grupo con el que cambió de registro sin dificultad encarando temas tan pegadizos y de aires latinos como Hoist that rag,que movió al público, Lucky day,el pesimista Dirt in the ground o Make it rain,en el que haciendo valer sus dotes de hechicero, y tras agitar las manos de unos brazos abiertos a uno y otro lado, fue recompensado con una abundante lluvia de polvo dorado. No faltó ironía, como la de que le gusta estar en un país con leyes civilizadas y no como en Rusia, donde no te puedes besar más de tres minutos seguidos, pero tampoco estuvo demasiado hablador. Ocupó su pequeño círculo dentro del escenario, objeto de todos los focos, en el que fue presentador de circo, fiera y, también, domador.

"Solamente pagaría este precio por Waits"

Una burrada, carísimo, desorbitado... Los entre 100 y 125 euros - más comisiones bancarias- que han costado las entradas para los conciertos de ayer y hoy de Tom Waits en Barcelona suscitan opiniones unánimes entre los asistentes, pese a lo cual los fans hablan de una oportunidad única, aun puntualizando, como Marina Espasa, que "es el único artista por el que pagaría este precio". "El primer disco que compré, por casualidad, fue de él, Closing time.Luego compré otros. Es alucinante. Pero me parece carísimo y me ha costado mucho decidirme", añade.

Algo parecido piensa la editora Isabel Obiols: "El precio es una burrada, pero vale la pena, es como asistir a una representación operística, una cosa casi única. Sopesé el precio, pero me habría arrepentido mucho tiempo si no hubiera ido. Me daba miedo, eso sí, que fuera una tomadura de pelo, que Waits, que no había venido nunca, no se lo tomara en serio, pero me dijeron que no iba a ser así y ya he visto que en otros lugares ha actuado dos horas con temas de todas las épocas".

Eugènia Broggi explica que ella se enteró del precio una vez compradas, ya que las adquirió un amigo. "Pensaba que no encontraríamos. Me parece vergonzoso el precio, pero hoy me importa un pito, estoy tan excitada y emocionada que me da igual. Fue muy importante para mí en los noventa, en el coming of age,sus discos, su presencia en las películas de Jarmusch...". Para el fotógrafo Pere Ferrer, que vive en Barcelona pero es mallorquín, "es realmente caro". "Pero no sé si volverá, así que me decidí. Me gusta su música y su personaje, lo que me da rabia es que no vaya a Palma, donde se celebra hace años el festival Waiting for Waits".

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El Periódico de Catalunya

Debut de impacto en el Fòrum

Tom Waits ofreció un recital heterodoxo en su estreno en BCN tras 35 años de carrera

 Tom Waits, en un momento de su actuación de anoche en el Auditori del Fòrum, que empezó con Lucinda. Foto:  RICARD CUGAT
JORDI BIANCIOTTO
La semana más caliente del pop-rock en Barcelona comenzó a andar anoche con un reclamo muy esperado: el cantante y pianista californiano Tom Waits, una figura de culto que debutó en la capital catalana tras 35 años de carrera con un recital en el Auditori del Fòrum. El cantante de voz áspera, que repite esta noche (21.30 horas), ofreció una depurada muestra de su arte dislocado a lo largo de dos horas de espectáculo en las que picoteó, sobre todo, su obra de las dos últimas décadas y rescató cuatro canciones de su disco más popular en nuestro país, Rain dogs (1985).

El blues deconstruido y el cabaret de cuneta desfilaron trinchados y troceados por un malabarista de voz aún más cavernosa de lo que cabía recordar, más gutural que armónica. Waits se movía entre espasmos sobre una plataforma circular, con un fondo de viejos altavoces y megáfonos decorativos, y unos cortinajes de music hall trasnochado; todo, ubicado en una caja escénica construida para la ocasión, ya que el Auditori carece de ella y el artista la exigió. Del suelo del escenario salían nubes de polvo cada vez que Waits daba un pisotón. Una máquina de vodevil harapiento que se puso en marcha con 35 minutos de retraso, informalidad que contrastó con la exigencia previa a los asistentes de acudir con puntualidad, antes de las 21.30 horas, bajo la amenaza de no ser admitidos.

Cabaret chirriante
El recital comenzó con el artista extendiendo los brazos en forma de cruz y atacando Lucinda, y se abrió paso entre retales de blues manoseado (Way down in the hole), traqueteos latinos (Jockey full of bourbon) y baladas carbonizadas (Falling down). El sonido Waits, una maquinaria poéticamente destartalada, brilló en su esplendor a través de Metropolitan glide, Hung down your head y una ovacionada Rain dogs tras la cual el artista alabó los "costumbres y leyes" que, en su peculiar opinión, rigen en España. "En Gran Bretaña no te puedes dormir con los zapatos puestos en una tienda de muebles. Y en Rusia no se permite dar un beso de más de 3 minutos. Y la vida dura más, ¿no?"

En el ecuador del recital, Waits, cuya banda incluye a dos de sus hijos (Casey y Sullivan Waits) se quedó a solas con el contrabajista y abordó un fragmento sentado al piano con You can never hold back spring, On the nickel, Johnsburg, Illinois y un Innocent when you dream en el que contó con los coros del Auditori. La colaboración del público siguió en forma de palmas con Clap hands, y el clímax final condujo a piezas como Hoist that rag y una histérica Make it rain coronado con una lluvia de purpurina sobre el artista.

Un bis con tres canciones
Como el sábado en San Sebastián, Waits ofreció un bis con tres canciones. Todas fueron, sin embargo, distintas a la capital donostiarra. Aquí sonaron November, Come on up to the house y un Day after tomorrow, que la estrella interpretó empuñando una guitarra eléctrica.
Los habituales cambios de guión escénico insinúan que el recital de esta noche aportará nuevas sorpresas. Ambos espectáculos, con las entradas agotadas, habrán atraído a un total de 6.200 personas. Tom Waits era una asignatura pendiente histórica de Barcelona, estatus alimentado no solo por su peculiar obra sino por su perfil de personaje heterodoxo que va por libre. Un libro, Tom Waits. Conversaciones, entrevistas y opiniones (Global Rhythm, 2007) ofrece uno de los retratos más completos y certeros de este personaje integrado, por fin, en el currículo escénico barcelonés.

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Avui

El geni pallasso

El californià Tom Waits captiva els més de 3.000 espectadors-fans que l’acullen com un heroi en el seu primer concert a Barcelona en 35 anys de carrera


Per si amb 35 anys encara no n’hi havia prou, ahir a la nit Tom Waits es va fer pregar 40 minuts de rellotge per sortir a l’escenari de l’Auditori del Fòrum en el primer dels dos concerts que oferirà a Barcelona. Xiulets i molta impaciència la del personal que omplia els 3.100 seients de la sala. I, en el rerefons de l’espera, el preu d’or pagat per les entrades (100 i 125 euros, més 8 de despeses bancàries) augmentava el sentiment de presa de pèl amb crits esporàdics del calibre “no hi ha dret” o “que ens tornin els quartos”, com si el retard sobre l’hora prevista fos igual que l’AVE.

Però quan Mister Tom Waits va aparèixer a l’escenari es van acabar totes les lamentacions. Amb el públic dempeus, oferint-li una ovació tancada, el músic californià va ser el primer sorprès per la impressionant rebuda. Potser per aquesta sobtada raó, en la seva mentalitat de superestrella del circ rock, Waits va marcar-se una entrada histriònica, solapant Lucinda i Ain’t goin’ down to the well interpretades al bell mig de l’escenari, sobre una tarima prèviament espolvorada per augmentar els efectes visuals de la seva esperpèntica coreografia.

Al límit de la fractura
Al seu voltant, quatre músics: Omar Torrez (guitarra), Patrick Warren (teclats), Seth Ford Young (baix) i Vincent Henry (vents), més dos dels seus fills; Casey (bateria i percussió) i Sullivan (percussió i clarinet). Forçant la veu, engrossint-la fins al límit, fins al llindar de la fractura o l’esclat, Tom Waits va saber des del primer moment captivar un públic que el venera, uns fans que han hagut d’esperar més de tres dècades per poder veure’l en directe. I la satisfacció augmenta encomanant-los la sensació de ser uns privilegiats, quan se sap que en aquesta gira europea, Glitter & Doom (brillantor i perdició), només s’aturarà en set ciutats del Vell Continent: Sant Sebastià, Barcelona, Milà, Praga, París, Edimburg i Dublin, per oferir un total de 15 concerts. L’home no es prodiga més del compte i si a més a més tenim en compte a quant pugen les recaptacions com la d’ahir, tampoc li cal matar-se per tenir el futur garantit.

Ja d’entrada, un espectador poc avesat a l’univers Tom Waits podria arribar fàcilment a la conclusió que al músic li falta un bull. Amb aquesta veu que sembla que s’hagi menjat una família de gripaus sencera, amb l’expressió gestual tan passada de voltes, vestit amb el seu inseparable barret i l’americana gris curta de mànigues; tot plegat fa que la distància entre la genialitat i la pallassada es torni gairebé imperceptible. És la seva música la que li dóna el caràcter de geni visionari que l’acompanyarà fins a la tomba. Especialment quan van començar a sonar, una rere l’altra, composicions com Falling down, Jockey full of bourbon, All the world is green, On the other side of the world, God’s away on business, Metropolitan glide, Sins of my father, Hang down your head i Rain dogs. Peces escampades al llarg de la seva discografia, la majoria escrites conjuntament amb la seva dona Kathleen Brennan.

La principal característica del Tom Waits és que ha sabut crear-se un so particular i inconfusible, una gesta musical que només és a l’abast dels escollits. Beu de fonts molt diverses, de ritmes que entronquen amb l’smooth jazz i el circ, passant pel blues d’arrel i el cabaret d’entreguerres. Una mixtura tan particular, que ell acaba d’arrodonir amb aquesta veu gutural que li ha donat la natura. Una veu que, en un altre personatge, aconseguiria que el personal li llancés tomàquets i tota mena de verdures.

Tot això succeïa abans que el californià donés un descans a part de la banda per seure darrere el piano i crear el moment més corprenedor de la nit amb interpretacions com Innocent when your dream o You can never hold back spring. Més íntim i més proper, Waits va emocionar més d’un espectador mossegant-li la fibra sensible amb el dentat del piano.

Sentit de l’humor
Tornats a la nomarlitat i amb la banda al complet, enfilaria la recta final amb temes com Clap hands, Lucky day, Hoist that rag, Dirt in the ground i Make it rain. Sempre i en tot moment, amanint les interpretacions amb el seu peculiar sentit de l’humor passat de voltes. Transformant aquest barret petit i esquifit que ha creat moda (entre el públic se’n van poder veure uns quants) en el barret de copa d’un prestidigitador que fa màgia amb les notes musicals.

Però aquí no va acabar la pel·lícula d’aquest actor ocasional que només representa papers fets a mida. La tanda dels bisos, moment delicat que serveix per avisar de l’imminent comiat, va estar protagonitzada per tres peces de capçalera: November, Come on up to the house i, per acabar, Day after tomorrow com si volgués jugar amb el temps. Aquesta nit, l’imprevisible Tom Waits tornarà a sortir a l’escenari de l’Auditori del Fòrum, i segurament ho farà amb retard. Tant se val. Canti el què canti, no serà mai igual.

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El País

El poder de lo viejo

LUIS HIDALGO 16/07/2008

TOM WAITS Auditorio del Fórum, Barcelona. Entre 100 y 125 euros. 3.500 personas. 14 de julio, 21.30 horas.

La tradición en estado puro. Eso fue Tom Waits en su primer concierto en el auditorio del Fórum, una sucesión de canciones antiguas en el mejor sentido del término, una música no desgajada de esa tradición que forma parte de cualquier cultura porque en todas hay confesiones humanas entre vapores de complicidad, desgana, cierta desesperanza y masculinidad fea y vieja. Tom Waits escenificó todo eso en un concierto que, aun sin poderse saber si estuvo por debajo, a la altura o por encima de sus prestaciones, satisfizo por recordarnos que todos formamos parte de algo antiguo.

Además de ese poso, Waits recordó con sus canciones a otro representante de tiempos pasados, a Paolo Conte. Sí, el italiano es más melódico y las afinidades no se centran en la voz, sino en la manera de manosear el material sonoro, en la forma de mezclar los ríos de estilísticos que lo riegan, en cómo se sienten cómodos siendo como son y en el acento acústico que palpita bajo su música. Eso les une. Les diferencia que Waits no precisa el formato de canción, pues bien podría acudir a una continuidad deforme de música sin estructura. Pero quizá acude a ella, a la canción, como una concesión más a su público, una más en la lista de gratificaciones con las que le obsequia: pedir palmas, hacer chistes, llevar sombrero o regodearse en la autocomplacencia que proyecta en sus fieles.

Éstos, reducidos a la más vulgar condición de fans que se apelotonan ante la venta de camisetas del ídolo, aplauden hasta los estornudos, olvidan que lo mejor del batería es ser un Waits, se abonan a la credulidad y se deshacen en ovaciones ante cualquier solo, vieron lo que querían ver. Ello puede conducir a Waits a preguntarse si gusta por lo que hace o porque se llama Tom Waits, actúa pocas veces en directo y representa lo que representa. A otra escala, pero el mismo problema que tienen, sin ir más lejos, Serrat y Raimon.

Pero Waits tiene un plus en directo que le hace aún más solvente que en disco. Será porque su tradición es de taberna y, por tanto, occidentalmente comprensible; será porque parece un miembro de la troupe de Todd Browning; será porque se mueve como los personajes lisiados de Terry Pratchet; será porque, para asentarse aún más en la tierra, sale polvo de la tarima que patea, como inspirado por el aire fronterizo de las novelas de Cormack McCarthy; será porque On the nickel, Make it rain y la final Day after tomorrow resultaron fascinantes, o será porque tras pagar 130 euros a nadie le apetece sentir que los ha malgastado, pero lo cierto es que Waits sometió. Con sabiduría y tino. A pesar de todos los pesares.


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Diario ABC

TOM WAITS: El mito de la caverna en BCN

DAVID MORÁN

Primera noche en Barcelona: Sonaron los acordes pesados y marciales de «Lucinda», Tom Waits comenzó a contorsionarse y a gesticular frente al pie de micro mientras levantaba una más que considerable polvareda con sus zapatazos y todo cobró sentido: la larga (larguísima) espera, el desorbitado precio de las entradas, el nerviosismo que se respiraba en la platea, los viejos megáfonos y altavoces que colgaban del techo de esa caja escénica construida especialmente para la ocasión, las decadentes bombillas que decoraban los monitores del escenario... Fue, en una palabra, maravilloso. Así de simple.

Sólo un incómodo retraso de algo más de media hora -si han esperado treinta años, ahora no vendrá de treinta minutos, debía pensar Waits en el camerino- y las constantes y molestas idas y venidas del personal de seguridad por delante de las butacas restaron algo de brillo al estreno del californiano en Barcelona. El impacto, sin embargo, fue de altura. Una destartalada y apasionante maravilla que se grabó a fuego en la retina de los 3.000 asistentes que, después de dos horas de actuación, veían en esa pequeña fortuna desembolsada en las entradas -de 100 a 125 euros, ahí es nada- una inversión de futuro. Y es que, si hay un concierto digno de arrinconar casi todos los recuerdos musicales y hacerse con un lugar preeminente en la memoria, ése es el que el californiano ofreció el lunes en el Auditori del Fòrum.

Serpenteando por su vasto y escurridizo repertorio, Waits fabricó un concierto a medida con un generoso repaso a «Rain Dogs» -sonaron «Jockey Full Of Bourbon», «Hang Down Your Head» y dos poderosas y rotundas versiones de «Rain Dogs» y «Clap Hands»- y guiños a «Franks Wild Years», «Swordfishtrombones» y «Bone Machine». Su voz, instrumento prehistórico macerado en lodo, gravilla y alquitrán, sonó más grave y afónica que nunca y sirvió de hilo conductor a tamaño aquelarre de blues mellado, cabaret polvoriento y mutaciones de la música popular convenientemente manipuladas por unos instrumentistas de lujo. Así, si el guión exigía más fuelle, ahí estaba Vincent Henry para soplar dos saxofones al mismo tiempo y acunar suavemente las melodías desenfocadas de «All The World Is Green» y «Falling Down».
El propio Waits se sumó a la retaguardia instrumental empuñando la guitarra en una espasmódica «Metropolitan Glidge» y sentándose al piano para rebajar ligeramente la densidad de las texturas y, acompañado únicamente por el contrabajo, prenderle fuego a «You Can Never Hold Back Spring», «On The Nickel» y «Johnsburg, Illinois». Antes de regresar a esa plataforma circular desde la que presidió toda la actuación, el californiano aún tuvo tiempo de rescatar una «Innocent When You Dream» regada en humo y bourbon para la que contó con el (tímido) apoyo vocal del público. «Hoist That Rag», servida a martillazos y con las percusiones batiéndose en duelo con las palmas del público, allanó el camino para una hipnótica y arrastrada «Make It Rain» que acabó con el concierto y con Waits cubierto de purpurina.

Pero aún quedaba más: en el bis, el cabaret mutante y cavernoso del de Pomona siguió retorciéndose al son de «November» y «Come On Up To The House» y se despidió definitivamente con «The Day After Tomorrow», fundido a negro que acabó definitivamente con una eterna deuda pendiente. Anoche repitió en el mismo escenario y, una vez más, volvió a demostrar que el no canta: pesca las canciones en lo más profundo de su garganta y las saca a la luz sólo después de haberlas pulido a golpe de lija, martillo y hoz. Será que, al fin y al cabo, el arte tiene más que ver con los artesanos que con los artistas.

domingo, julio 13, 2008

San Sebastián, Auditorio Kursaal, 12 de julio de 2008 (AMPLIADA)



SETLIST
Cortapegado del nunca lo suficientemente alabado Eyeball Kid

Lucinda/Ain't goin' down to the well no more
Way Down in the Hole
Falling Down
Chocolate Jesus
All the World is Green
Hold On
Cemetary Polka
Dirt in the Ground
Black Market Baby
Lie To Me
Misery is the River of the World
On the Nickel
Johnsburg Ill.
Tango Til' They're Sore
Innocent When You Dream
Hoist that Rag
Make it Rain
Cold Cold Ground
November
Jesus Gonna be Here
Singapore

Trampled Rose
Eyeball Kid
Anywhere I Lay My Head




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Los amigos de Noticias de Gipuzkoa:

El prodigioso akelarre de Tom Waits

Arranca en Europa la gira 'Glitter an Doom'

El expresivo Tom Waits, en una imagen captada en los primeros instantes del concierto que anoche protagonizó en el Kursaal donostiarra.Foto: r. plaza

¿RECUERDAN el amargo diálogo final de Esperando a Godot ? Vladimir preguntaba: "¿Nos vamos?" A lo que Estragón respondía: "Sí, vámonos". El autor de la obra, Samuel Beckett, cerraba el libro con una última acotación: "No se mueven".

Pues bien. Otra lacerante y larga espera, la de Tom Waits, concluyó ayer en la capital guipuzcoana con un final más feliz que el de Godot, que jamás apareció. Sobre las 21.30 horas, el artista californiano -cuyo parecido con Beckett, por cierto, es asombroso- saltó a la arena del Kursaal y desató la taquicardia entre las 1.800 almas que le aguardaban con inusitada expectación. En 35 años de carrera, Waits nunca había pisado un escenario español, y que haya elegido Donostia como la primera ciudad del Estado que visita es un hecho que debe ser considerado como histórico. De ahí el nerviosismo que podía percibirse en el recinto.

Cobijado bajo uno de esos sombreros que son para él lo que la pipa para Sherlock Holmes, Waits irrumpió en el escenario con la banda que le acompaña en esta gira bautizada como Glitter and Doom -algo así como "brillante y tenebrosa" o "brillante y maldita"-. Patrick Warren (teclados), Omar Torrez (guitarras), Vincent Henry (vientos), Seth Ford-Young (bajo) y su hijo Casey Waits (batería y percusiones) pusieron su artillería sonora al servicio del infernal akelarre del viejo de Pomona.

repertorio más reciente

"Aullar y tocar"

Habían prometido "aullar" y tocar mambos y rumbas. Y eso es precisamente lo que hicieron. En el primer tramo del concierto sonaron canciones como Lucinda -que fue la primera-, Way down in the hole , Falling down , Hold on y una incendiaria Lie to me . Posteriormente, solo al piano, Waits interpretó varias piezas, para acabar con una escalofriante Innocent when you dream , que incluso hizo caer la lágrima de más de uno.

El grueso del repertorio lo centraron los temas de sus últimos álbumes -Mule Variations , Blood Money , Real Gone , Orphans -, y ello provocó que algunos espectadores lamentaran el olvido de trabajos de juventud tan brillantes como Closing Time , Small Change o Heartattack and Vine .

Terminado el concierto, sin embargo, todos coincidieron en calificar la actuación de prodigiosa y en señalar que, sin duda, protagonizar la obra Esperando a Waits había merecido la pena.

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La Vanguardia

El carisma de Tom Waits seduce a San Sebastián en su primer directo en España

El cantante californiano ha ofrecido esta noche en el Kursaal un formidable aperitivo del doble concierto que hará lunes y martes en Barcelona

San Sebastián.(EFE).- A Tom Waits siempre le han perseguido los adjetivos más extremos, que han alimentado además su carisma de músico de culto, y lo que hoy ha hecho en San Sebastián va a seguir engordando esa leyenda de «outsider» que se resiste a encasillamientos y que ha dejado a todo el mundo con ganas de más.

El cantante californiano ha ofrecido esta noche en el Kursaal un formidable concierto, el primero de su carrera en España y el primero también de su gira «Glitter and Doom» en Europa, que le llevará el lunes y el martes a Barcelona, y después a Milán, Praga, París, Edimburgo y Dublín.

Quienes han llenado esta noche el auditorio donostiarra no iban a la aventura, era una gran mayoría de seguidores devotos que conocía sobradamente la trayectoria de Waits, pero una cosa es saber y otra vivir a unos pocos metros el «show» de este gran contador de historias, casi indefinible sobre el escenario, donde ha logrado que convivan la fuerza, el reposo, el humor y la poesía.

Lo ha hecho en dos horas largas y 24 canciones, tocado con su inseparable sombrero, en un repaso a buena parte de su discografía y con un resultado impactante, cómplice con el público y realmente hermoso muchas veces.

Sus seguidores lo han recibido puesto en pie, lo han aclamado repetidamente y lo han seguido, se han dejado llevar por un gran músico que parece saber muy bien lo que quiere la audiencia, a la que se ha entregado como es, manierista y excéntrico, y con mucha alma de «clown».

Una plataforma circular de unos pocos metros le ha bastado al compositor estadounidense para moverse sobre el escenario, que sólo ha abandonado para interpretar tres temas al piano, entre ellos, «Innocent when you dream», con el que el público le ha acompañado en el estribillo y con el que ha conseguido uno de los momentos más bellos de la noche.

Como un viejo predicador, vestido con chaqueta y chaleco gris y unas botas que bien podrían haber trillado decenas de kilómetros, Waits no ha necesitado apenas dar un paso. Girando sobre sí mismo, encorvándose y jugando a volar con los brazos ha dominado su pequeño teatro.

Si en algo ha respetado la ortodoxia ha sido en el programa, pues ha mantenido el esquema de su «Glitter and Doom» americana, en la que ha dejado hueco a buena parte de sus grabaciones, pero dando un mayor peso a álbumes como «Mule Variations», del que no han faltado «Hold on» y «Black market baby», y «Real Gone», del que ha interpretado unas estupendas «Hoist that rag» y «Make in rain».

«Cold cold ground», «November», «Falling down», «All the world is green» y «Cemetery polka» son otras de los temas que se han escuchado en esta cita, histórica sin duda alguna para sus fieles, en la que se ha pertrechado del megáfono para cantar «Chocolate Jesus».

Quizá su voz áspera haya sonado menos a la del ogro que se va a comer al niño del cuento, pero la esencia Waits ha permanecido de principio a fin en este concierto del estreno español, que ha concluido con «Anywhere I lay my head», de su disco «Rain dogs».

Antes de ese tercer bis había cantado «Trampled rose» y «Eyeball kid», donde el ojo del chico se convirtió en una pelota-boomerang disparada en cualquier dirección, todo un número circense para adornar un final que nadie deseaba que llegase.

A Waits, con 58 años, la época de clubes y garitos nocturnos se le acabó hace tiempo. Ahora tiene mujer e hijos y uno de ellos, Casey, le acompaña en esta gira a la percusión, pero seguro que más de uno habrá abandonado esta noche el Kursaal con cierta sensación de que la ropa le olía algo a tabaco.

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Borja Hermoso en El País

Nunca nadie aulló así

Tom Waits fascina en San Sebastián en el comienzo de su gira europea

Tom Waits en San Sebastián ya es nostalgia. Se fue a la medianoche en punto, a la hora en que las brujas y los trasgos respetables se retiran a sus aposentos, donde no es descartable que les aguarde un buen bourbon. En la tierra fría, fría, como él mismo cantó ayer desde debajo de su bombín negro de deshollinador a tiempo parcial. Rugiendo, maullando y aullando adioses confusos de difícil o imposible descripción.

Se llevó las almas del público, almas borrachas de 'blues', de rock, de 'soul'...

Fue uno de esos raros conciertos con el marchamo de inolvidables

El cantante lleva una banda extraordinaria, y eso no admite un pero

Horas después, la bandera negra del trovador truculento seguía ondeando en los mástiles del Kursaal sobre las cabezas de 1.800 pobres diablos. Días después, semanas, meses, quién sabe si años y hasta lustros que ya serán recuerdo, los efluvios del desconcierto permanecerán incrustados en los tímpanos y en las retinas de todos nosotros, pobres reos de nocturnidad, incautos rehenes temporales del bardo de Pomona, California, planeta mundo, según se mira, a mano izquierda de la fascinación y el embeleso, en la tierra fría, fría.

En San Sebastián, ayer por la noche, como quien se autoinmola a lo bonzo para dar cuenta de una inquebrantable confianza en su propia apuesta, Tom Waits se llevó las almas del público, almas borrachas de blues, de rock, de soul, de carnaval y de circo, aulló pasiones y lamentos como nadie nunca había aullado, se quedó con la chica, con las chicas, pese a exhibir una de las jetas más inexplicables de la historia de la fisicidad humana -un cruce temible entre Lee Marvin y el hermano Salvatore, el monje políglota y demoniaco de El nombre de la rosa- y ejerció de lo que sabe: una factoría de ruidos y melancolías.

Después de haberse pegado una semana de vacaciones familiares y gastronómicas en las calles y tascas de San Sebastián y Pamplona (Arzak, Akelarre, Rekondo, Sanfermines y hasta una peluquería en la que soltó al peluquero: "¡Hola, quiero un corte a lo Tom Waits!"), el creador de himnos de azufre como Cold Cold Ground (desoladora su versión de ayer por la noche en San Sebastián) o Innocent when you dream (divertida, áspera y bromista en el Kursaal) protagonizó uno de esos raros conciertos marcados con el marchamo de lo inolvidable. Dos horas de música, poesía, mímica, vodevil, contorsionismo, procacidad, susurro, rugido, cariño, sorpresa, siempre la sorpresa, siempre, ayer -durante dos largas pero tan cortas horas- la dulce y escasa dictadura de lo imprevisible.

Falling down... y todo recobra otro sentido ahí, hundido / abrumado en tu butaca viendo venir la noche, oyendo rugir al monstruo. Y da igual que el malditismo militante ocupe los ínfimos tiempos muertos, y da igual que ese señor californiano y feo que ruge y brama recitados y chistes dé la sensación a veces de estar quedándose con el personal, que, por cierto, traga con todo, incluso con el desembolso de 133 euracos de vellón, con la que está cayendo aquí y en Bujumbura.

"Tengo una banda estelar, todos tocan con la precisión de un coche de carreras", le gusta decir a Tom Waits, y nada se le puede objetar visto lo visto, oído lo oído ayer: Larry Taylor en el bajo, Patrick Warren en los teclados, Omar Torrez a la guitarra, Vincent Henry en los vientos (increíbles sus solos soplando dos saxos al tiempo) y su hijo Casey Waits a bordo de la batería arroparon inconmensurablemente al padre de Swordfishtrombones en el arranque de su gira europea.

Hay que establecer, tras lo de ayer en el atestado Kursaal donostiarra, dos evidencias tan irremediables como que todo tiene principio y fin y como que al igual que nacemos, morimos: una, Tom Waits (60 tacos el año que viene) es un animal escénico de primer orden, no diremos que a la altura de su adorado Marcel Marceau, pero eso sí, con lujo de estruendos; dos, Tom Waits lleva una banda extraordinaria, y eso no admite un pero.

Él mismo se unió a la kermesse instrumental tocando por tiempos la guitarra, el piano y las maracas, desafinando (pero con estilo) desde un enorme megáfono y hasta dando pataditas chulescas a unos aparatitos ignotos e indescifrables que estaban en el suelo, justo delante de sus pies, y que hacían cling cling cling, una bobada como otra cualquiera, pero que de repente te transportaba a la antesala de cualquier viejo circo de los arrabales. Sabe mucho Tom Waits del sonido triste de los circos, mientras al fondo pasan trenes que van exactamente a ningún sitio.

Hizo mucho caso a uno de sus grandes discos, Blood money, al que en ocasiones le puso, de forma sorprendente una vez más, el rasgueo vibrante de una guitarra española en las manos de Omar Torrez. Siempre, otra vez, a la contra, siempre dispuesto a dar la batalla de la sorpresa.

La no-relación de Tom Waits con un país llamado España ya es pasado. Ayer estuvo en San Sebastián. El lunes y el martes estará en Barcelona. Algún día, algún abuelo, en algún lugar, dirá a sus nietecitos: "Yo le vi".

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Agencia EFE

Tom Waits, el genio ronco capaz de hipnotizar a todo un país

El Kursaal de San Sebastián fue testigo del primer concierto en España del músico



Unos cuantos privilegiados se fueron anoche más felices que nunca a la cama. En su primera visita en concierto a España, Tom Waits regaló una noche única en el Kursaal de San Sebastián a los 1.800 fans que quisieron saborear hasta el último instante de una antológica actuación que ya ha pasado a la historia musical española y para la que a nadie parecía importarle el astronómico precio de la entrada (de 100 a 125 euros las oficiales, las otras, sería imposible de calcular).

El singular cantante, compositor de los bajos fondos, abrió además con su concierto en San Sebastián la gira europea de Glitter and Doom, que le llevará a Barcelona los días 14 y 15 y después a Milán, Praga, París, Edimburgo y Dublín.

En su actuación sonó Way down in the hole, además de Lucinda, que fue la elegida para abrir un concierto donde no faltaron algunos clásicos de sus álbumes Rain dogs, Bone machine, Mule variations y Real Gone, considerados por muchos como los mejores del genio californiano.

Hace ya varios años que Waits atraviesa una segunda juventud, sobre todo después del lanzamiento de Real Gone (2004), su último disco de estudio, o el triple CD de rarezas Orphans (2006), con el que ha vuelto a estar en la boca de todos. Él, que parece plantar cara al paso de los años, regaló una noche de música inolvidable. Fueron himnos para borrachos impregnados de música popular americana y de blues, dos estilos por los que sigue caminando el cantante de voz áspera que tantos palos ha tocado, siempre de una forma personalísima y cada vez más experimental.

Si en la última década Waits ha huido prácticamente del directo y sólo se ha prodigado por aforos reducidos, para Glitter and Doom ha elegido teatros y auditorios, todo un privilegio para las casi 1.800 personas que le vieron en San Sebastián y las 6.200 que lo harán después en Barcelona.

En la gira, que comenzó el pasado 17 de junio en Phoenix, Waits va acompañado por sus músicos habituales: el bajista Larry Taylor, la guitarra de Omar Torrez, Patrick Warren a los teclados y Casey Waits en la percusión. De ellos ha llegado a afirmar que "tocan con la precisión de un coche de carreras" y que todos ellos son "verdaderos prestidigitadores", ya que hace canciones con ellos que nunca se atrevería a tocar sin su presencia. "Multi-instrumentistas que incluso bailan la polka como hombres de verdad", ha comentado en varias ocasiones.

Si lo de anoche fue un triunfo por goleada, Barcelona espera ya ansiosa el doblete de Tom Waits.

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Javier Pérez de Albéniz en Soitu.es


El resto es silencio

SAN SEBASTIÁN.- Eran las 21:54 del sábado 12 de julio de 2008. A esa hora, ese día, Tom Waits pisó por primera vez un escenario español, el del Kursaal donostiarra. Tenía un gran foco de luz blanca sobre la cabeza y un desierto bajo los pies. Se ajustó el sombrero, golpeó el suelo con sus pesadas botas negras, levantó una polvareda y puso en marcha el teatro de su vida. Dos horas de ruidos, silencios y canciones. El hombre con el hígado jodido y el corazón roto ofreció un concierto, el primero de su gira europea ("Glitter and Doom"), intenso, teatral, sorprendente y en ocasiones deslumbrante.

Juan Herrero (EFE)

San Sebastián pudo ver un iluminado Tom Waits.

Waits presentaba un aspecto excelente: el cuerpo de un espantapájaros, con las articulaciones descoyuntadas, el traje arrugado y una lija en la garganta. Perfecto para arrastrar por todos los rincones del planeta sus canciones sobre perros mojados, bebedores de whisky en tazas de té y chicas que sólo son inocentes cuando sueñan. Desde 'Cold Cold Ground' a 'Hold On' pasando por 'On the Nickel'. Canciones que disfrutaron de un sonido perfecto desde el primer minuto de concierto, algo nada habitual. Como no lo es la solvencia y discreción de unos músicos vestidos de riguroso negro: guitarra, teclados, contrabajo, saxos y batería (con la colaboración especial de otro de los hijos de Waits, además del batería, al clarinete y percusiones).

A lo largo de dos horas, con la sala repleta, el californiano dio un repaso a su carrera, teniendo tiempo para sentarse al piano, tocar la guitarra eléctrica y acústica, filtrar su voz por un megáfono y jugar a la pelota con uno de sus ojos, en una broma rítmicamente siniestra. La banda sonora perfecta para una película de Tim Burton. Música de burdeles, de desguace de autobuses, de pensiones con chinches, de piano bar, de fábrica de alambre de espinos, de circo ambulante. Los sonidos del mundo y algunas cosas más en un escenario sencillo pero eficaz, en el que unos grandes focos laterales creaban tonalidades de diferentes colores. Naranja, rojo, blanco, dorado... Una puesta en escena brillante para unas canciones que no atienden a reglas, que se elevan sobre si mismas desde la voz irrepetible de un genio. Una alternativa inteligente a la monotonía, puede que la verdadera música.

En San Sebastián estuvo el Tom Waits de 'Rain Dogs' y 'Swordfishtrombones', el cantante de cabaret que ejerce de mimo, el actor que trata de pisar su propia sombra, el eslabón perdido entre Jack Kerouak y Joe Ramone. Toneladas de talento en un dios zarrapastroso que odia la televisión, que se niega a que utilicen sus canciones en publicidad y que jamás ha estrenado zapatos. Ajeno a las urgencias de la música actual, cubierto de purpurina, sudor y polvo, Waits bajó el telón a medianoche. Es un espíritu libre que, como Hamlet, cree que "el resto es silencio".


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Informativos Telecinco:

El primer concierto de Tom Waits en España alimenta su leyenda de músico de culto

El cantante californiano Tom Waits ha ofrecido un formidable concierto, el primero de su carrera en España y el primero también de su gira "Glitter and Doom" en Europa. Durante dos horas largas y 24 canciones sus fans han podido disfrutar de este artista en el Kursaal de San Sebastián.

Tom Waits, en su concierto en San Sebastián. Foto: EFE

A Tom Waits siempre le han perseguido los adjetivos más extremos, que han alimentado además su carisma de músico de culto. Su concierto en San Sebastián es un ejemplo más de la leyenda de "outsider" que se resiste a encasillamientos.

Los asistentes eran en una gran mayoría seguidores devotos que conocían sobradamente la trayectoria de Waits. Por eso han disfrutado con este gran contador de historias, casi indefinible, que ha logrado que convivan en el escenario la fuerza, el reposo, el humor y la poesía.

Tocado con su inseparable sombrero, ha hecho un repaso a buena parte de su discografía. Una plataforma circular de unos pocos metros le ha bastado al compositor estadounidense para moverse sobre el escenario, que sólo ha abandonado para interpretar tres temas al piano, entre ellos, "Innocent when you dream”.

Como un viejo predicador, vestido con chaqueta y chaleco ha dominado su pequeño teatro. Si en algo ha respetado la ortodoxia ha sido en el programa, pues ha mantenido el esquema de su "Glitter and Doom" americana, en la que ha dejado hueco a buena parte de sus grabaciones, pero dando un mayor peso a álbumes como "Mule Variations", del que no han faltado "Hold on" y "Black market baby", y "Real Gone", del que ha interpretado unas estupendas "Hoist that rag" y "Make in rain".

"Cold cold ground", "November", "Falling down", "All the world is green" y "Cemetery polka" son otras de los temas que se han escuchado en esta cita, histórica sin duda alguna para sus fieles, en la que se ha pertrechado del megáfono para cantar "Chocolate Jesus". Tres bises pusieron fin al concierto de un Waits que, con 58 años, puso hace tiempo fin a la época de clubes y garitos nocturnos. Pero seguro que más de uno habrá abandonado el Kursaal con cierta sensación de que la ropa le olía algo a tabaco.

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Diario Gara

El corazón nos hizo «crack» con el exquisito Tom Waits

Artista de culto, la exclusiva visita de tom waits a Donostia a suscitado un expectación inusitada y la tensión del inicio del concierto, explotó en una apoteosis final, ayer noche en el Kursaal.

Anartz BILBAO

El cuco tiene fama de ser caro de ver, pero se escucha con asiduidad en nuestros bosques y la creencia popular dice que conviene tener el «bolsillo caliente» la primera vez que se le oye en cada temporada, para vivir monetariamente holgado. Ayer, en plena crisis económica, fuimos apenas dos mil almas trastornadas las afortunadas de ver y escuchar, como «aristócratas de la música popular», al «cuco» Tom Waits, quien inició gira europea en Donostia vaciando, de paso, los bolsillos de los que creemos en el poder curativo de la música, y en que directos como el del californiano son capaces de mejorar -al menos por dos horas- nuestras vidas. Quizas por todo ello, por la particularidad del genial Waits, por la locura económica realizada o por que, convertido en acontecimiento social ineludible, para muchos aficionados era importante no faltar, la audiencia se presentaba expectante e incluso exultante media hora antes de que el de Pomona saliera -tras un retraso de media hora-, a escena. Entre el público, muchas caras conocidas e implicadas, de alguna manera o de otra, en el ambiente -o negocio- musical, además de artistas de muy diverso pelaje y algún que otro despistado que se acercó desde Sanfermines, según demostraba el atuendo rojiblanco de más de un asistente. En definitiva, nadie se quería perder la visita de un artista de culto que no se prodiga en esceso en escena.

Tom Waits, nacido en Pomona, California, en 1949, iniciaba en Donostia la gira «Glitter & Doom», tras editar en 2006 el triple trabajo «Orphans». Una gira con apenas una docena de fechas en Estados Unidos y quince en Europa, en apenas siete ciudades.

La noche se presentaba incierta, porque cuando, tras años y años de reposo, abres la botella de vino que reposaba en el rincón más recóndito de tu bodega, y has pagado muy muy bien por ella, es tan probable que el resultado sea soberbio como que salga picado. Además, el artista norteamericano jugaba ambiguo en el cartel de la gira, pudiendo ser un mago capaz de encantarnos con su polvo de oro, como un enojado homeless con intención de arrojarnos polvo a los ojos.

Apoteósico, desde el inicio

La incertidumbre, sin embargo, se disipó en cuanto, en medio de una atronadora ovación, el interprete saltó gesticulante a escena. Con traje oscuro y bombin, encaramado a una tarima en medio del escenario y bien arropado por su banda, compuesta por cinco elegantes y versátiles músicos, Tom Waits demostró ser un animal de escena, con el poder hipnótico de sus desgarradoramente bellas composiciones.

Envuelto en una polvareda que levantaba al zapatear el tablado, Tom Waits voló gesticulante en el Kursaal y enardeció a la audiencia desde que rompió el silencio, siendo más de una, aquí y alla, las personas que no pudieron aguantar sentadas y se pusieron a bailar en cuanto sonó el primer acorde de un concierto memorable que nunca, nunca olvidaremos.

En medio del éxtasis final, nos sumergimos en la fresca y húmeda noche de la ciudad extasiados por haber visto a un verdadero genio de la música popular. Nadie se acuerda ya, y dificilmente se arrepiente, de haber pagado tanto por otro tanto. Sin duda el estadounidense es un artista único e irrepetible, pero nos preguntamos si aún puede quedar algún otro Tom Waits, tocando solitario el acordeón, en las callejuelas de Kinsasa, Varsovia o Nueva Delhi.

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ABC

La voz exagerada y ronca de Tom Waits conquista el Kursaal donostiarra

IÑAKI ZARATA
SAN SEBASTIÁN. Los mitos se desvanecen en la distancia corta. La previa y larga estancia donostiarra del cantante Tom Waits, antes de su esperado debut ibérico en el Kursaal, ha seguramente mermado brillo al mito del rockero suburbano supuestamente alcohólico y amigo de nocturnas correrías al borde del desastre sentimental y hasta físico. Pero que Waits era un ordenado padre de familia desde hace décadas lo sabía cualquiera medianamente informado sobre su biografía y la de su mujer, Kathleen Brennan.

El notable transformismo Waits, cuando de salir a escena y trabajar se trata -como ocurrió la noche del sábado, convenientemente trajeado y con su habitual sombrero- debería en consecuencia ser doblemente valorado, como el personal artista, actuante, simulador y cuentacuentos que es. Todo eso y más fue demostrado en unas dos horas de cantos roncos, teatralizaciones escénicas y particulares músicas de apoyo que parecieron un libro abierto con todos los capítulos imaginables de las sonidos populares: desde la hondura blues y gospel al rock rugoso, la fanfarria cabaretera y de vaudeville y hasta flamenco y reggae, más los ecos de viejas influencias blancas en clave de vals, polka, tango y aromas similares.

El californiano no gruñe tan salvajemente, ni distorsiona sus melodías de la manera casi grotesca a como lo hizo en el pasado, y ese cambio o evolución está suficientemente avisado en sus últimos discos. La otrora chirriante tormenta vocal es hoy más sosegada. Y es «la voz», pero la voz de la pantomima, de la exageración.
Perfecta la banda de apoyo, que incluye a su propio hijo Casey en la batería y esporádicamente su otro hijo Sullivan, en la que hay muchos cambios respecto a tiempos pasados, pero que parece haberse engrasado al detalle en su reciente gira americana. Y más de veinte títulos en unas dos horas de show. Con repaso a varias épocas (Rain Dogs, Mule Variations, Real Gone o el recopilatorio Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards, última obra discográfica aparecida). Hubo parada y fonda en álgidos momentos tipo Hold on, Down the hole, Chocolate Jesus, Underground, etc. En el terreno de lo oldie, de la raíz sigue trabajando, de manera originalmente personal, rozando a ratos la genialidad en sus parodias y en su esquinadas ironías vitales. Y no ha sido además nunca carne de listas de éxitos y algunas de sus canciones han triunfado más en voz ajena que en la propia: Bruce Springsteen -aquí al lado, que en ese momento se encontraba en la ciudad con motivo de su próximo concierto en el Estadio de Anoeta-, Eagles, Rod Stewart, Marianne Faithfull...

La elegía del volcán: Tom Waits

Artículo de Carlos Boyero en El País del viernes pasado.

El autor californiano de 'Rain dogs' llega por fin a España - Su esperada presencia evoca las grandes actuaciones de bandas y solistas legendarios en nuestro país

Percibo la vejez porque los recuerdos se difuminan, confundes fechas, sientes conveniente distancia ante recuerdos imborrables, te duelen las partes con las que siempre has jugado (lo decía el sabio Leonard Cohen), embelleces los recuerdos porque tal vez sean lo único que te ayudará a sobrevivir al invierno, te ha llegado la información en medio de un pavoroso insomnio (gracias, Martin Amis) de que la muerte ya no es un coqueto y prestigioso juego de adolescencia ilustrada o tibiamente kamikaze. Esta ahí, se está zampando por múltiples razones biológicas, accidentales, inevitables o vocacionales a los que siempre tuviste cerca, a los que perdiste de vista aunque existiera algo muy fuerte, a los que dejaste, a los que te dejaron, a los que os dejasteis, a esas malditas sensaciones asociadas a la pérdida, la traición y el abandono.

Y relaciono mi vida, como otros lo hacen por razones infinitamente más lógicas y humanas, como el siempre mágico nacimiento de los hijos o la certidumbre de que encontraste definitivamente tu refugio, con los mercaderes mundiales de fútbol y con la mitológica presencia en vivo y en directo de gente que hacía música maravillosa en vinilo, en ese formato tan imperfecto como vital que los fenicios de la industria discográfica nos exigieron que desterráramos, en nombre de una cosita tan irrompible como aséptica llamada compact.

Nos privaron de las fascinantes portadas de los discos, del manoseo ritual del fetiche, de acomodar tus ciclotímicos estados de ánimo al surco rayado o malsonante de ese objeto que reproducía voces y sonidos impagables, de que te quedaras frito por exceso de emociones, de alcohol o de otras drogas, y al despertarte siguieras escuchando el hipnótico runrún de la aguja, alguien circunstancial y hermoso (en lo segundo hay que tener suerte, o estilo, o dinero), o tú mismo, o tu inconsolable soledad te planteara soluciones, recetas de náufrago, murallas contra la desolación: "Hay que poner la otra cara del disco".

Y recuerdas en brumas los primeros conciertos en esta ciudad paralelamente amurallada y abierta, en el complejo "pongamos que hablo de Madrid". Recuerdas porros que provocaban hambre, risa y sexo. Y la sensación volcánica de que nada era lo que parecía con el primer tripi, del pavor de no regresar a la tierra, del éxtasis amenazado por una inquietud sobrenatural. Y recuerdas los primeros conciertos, de la madera haciendo patriótica guardia ante olores o disturbios mosqueantes, de la entusiasmada percepción del espectador ante la seguridad de que los tiempos estaban cambiando.

Y recuerdo a Soft Machine en una sala pionera al lado de Torres Blancas (que eran y son negras), y a Robert Fripp y a Brian Eno contándonos lo que ocurría en la corte del rey Crimson, y a la guitarra de Carlos Santana poniendo cachondo a todo el personal con Abraxas, y a Leonard Cohen sentado en un taburete, sin acompañamiento, revelándonos que la gente dice que Suzanne está loca pero él ha amado su cuerpo perfecto con su pensamiento.

Y en 1976 llegó la simpatía hacia el diablo a Barcelona. Antes la habíamos saboreado con el engañosamente destruido Lou Reed. Los universales Rolling Stones dieron un recital pasable, pero todos los provincianos volvimos encantados. Tenían que juntarse los rayos, el calor intolerable, la lluvia purificadora, la convicción de que ellos expresaban mejor que nadie el ritmo de la calle, las ganas de dar la bronca y de follar, la inaplazable satisfacción para que todo el personal tuviera orgasmos con el perdurable concierto en el Calderón en 1982. Y años más tarde, el gran jefe Dylan se estrenaba en el campo del Rayo Vallecano. Y el gran cabrón de Van Morrison se esforzó en ser huidizo y pálido con los Chieftains en el Rockódromo. Y el sonido de la resignación y la melancolía, o sea, Miles Davis, se empeñó en dejarnos constancia de que era genial en al menos 10 actuaciones. Y Sinatra también cantó en Madrid.

Sólo faltaba uno de los más grandes. Es más que un músico, que un cantante excepcional, que un showman, que un actor, que un símbolo. Es un estado de ánimo, es el delirio y el analgésico del perdedor, es llenar de belleza el volcán y el desastre cotidiano, es de las cosas más profundas que te pueden ocurrir cuando tienes el hígado roto y el corazón jodido, es el corazón del sábado noche, es el último tren a la ciudad, es las cosas del corazón, es el suelo inmensamente frío, son los halcones nocturnos en el diner, es la chica de Jersey, es noviembre, es el tiempo, es nadie, es la hermosa enfermedad, es la droga que logra establecer una tregua con mis dolores más profundos, es la autodestrucción y la necesidad de vivir, es la autocompasión y el desgarro, es las entrañas de la soledad y del desamparo, es la chulería indefensa y la sensualidad del amanecer, es la necesidad de irse y de quedarse, es la elegía y la obsesión, es un individuo de pinta inquietante y voz incomparable llamado Tom Waits.

Y no puedo ver al más ansiado, al sonido que ha hecho llevaderas mil madrugadas amenazadas por el vértigo, por las sucias salvaciones cotidianas, porque tengo que llenar con intensidad y criterio de palabras, micrófonos y cámaras el trabajo excelentemente pagado de hablar de los otros. Pero no sé cuántas veces he llorado escuchando a Tom Waits, las que que he sentido en lo más íntimo la expresividad incomparable de lo que le ha ocurrido tantas veces a mi cuerpo y a mi alma.

Y, por supuesto, detesto al dodecafónico, al sádicamente ruidoso, al borracho estruendoso y al cocainómano abrasivo, al ídolo de modernos en cualquier época.

Yo no soy de ese tipo de admiradores, aunque me haya comportado a veces como un irremediable imbécil. Pero cuando gimes, cuando vomitas en alma y cuerpo, cuando eres lírico, cuando sufres de verdad, cuando el sarcasmo alivia la melancolía, yo le amo, señor Waits.

domingo, diciembre 03, 2006

EP(S), 3 de diciembre de 2006

EP(S), diciembre 2006Nos cuenta el bueno de Griffin que el diario español El País publica hoy en su suplemento dominical EP(S) una entrevista de Bárbara Celis titulada Crónicas de un Ladrón de Sonidos. También aparece por ahí Diego A. Manrique con un comentario de Orphans.

Portada con una fotografía de Denis Rouvre y espectaculares fotografías interiores de Anton Corbijn. Gracias a Juan G. Andrés (El Humilde Fotero del Pánico) por los escaneos.

Crónicas de un ladrón de sonidos
Triple salto de toda una leyenda. El músico de la voz rota da otra intensa muestra de creatividad con 54 canciones en tres discos. Le entrevistamos en un bar de carretera de California



BÁRBARA CELIS 03/12/2006

En medio de un paisaje de olivos y viñedos que podrían haberse escapado de un poema de García Lorca, hay un bar de extraña idiosincrasia llamado Little Amsterdam, cuyo letrero está a ras de suelo. Se cayó hace meses, pero su dueño no se molestó en levantarlo. Yace en la carretera de Petaluma, en el valle de Sonoma, en California, muy cerca de Bodega Bay, donde Hitchcock filmó Los pájaros. Little Amsterdam, un lugar lleno de trastos añejos y olvidados, en cuyo almacén aún cuelgan los garfios que indican su pasado de matadero local, está en bancarrota. Pero su dueño, un sexagenario holandés de aspecto anacrónico y camisa hawaiana, aficionado a los mariachis, las mujeres y el billar, aún tiene un amigo: Tom Waits.

“Me prometió que lo convertiría en su estudio de sonido. Espero que su mujer le deje comprarlo”. Evert lo comenta entre dientes porque aún no ha cerrado el trato. Waits, el músico de voz acre y resacosa, el cronista perpetuo de las vidas de arrabal americano, el inagotable ladrón de sonidos, ha sido cliente asiduo de Little Amsterdam durante años. Será porque el local y su dueño podrían habitar perfectamente en una de sus canciones…

Los universos tan reales como paralelos de discos como The heart of saturday night, Small change o Blue Valentine, donde la mitología de vidas al margen se mezclaba con la imaginación desbordada y la voz corrupta de Tom Waits, le convirtieron en los años setenta en un músico de culto. También ayudaron sus directos indómitos y sus excesos alcohólicos, envueltos en el humo espeso de un cigarrillo, pero arropados por la base musical incisiva de quien busca un lenguaje propio.

Sus influencias viajan desde el folk de Leadbelly hasta el jazz de Cole Porter. Roban la teatralidad sonora de George Gershwin, la irreverencia de la generación beat y los extremos literarios de Bukowski. Con ellas le puso banda sonora desde 1973 a un submundo de bares oscuros, prostitutas, corazones rotos e hígados reventados en Los Ángeles. Allí arrancó su carrera, tocando en el Troubaudour y editando su primer disco, Closing time. Irrumpió en la música con su voz rota enroscada en el peso de una vida insaciable y con melodías escupidas desde pianos ahogados en tristeza. Una década más tarde, en 1983, sorprendió con Swordfishtrombones, un disco con el que se adentraba en la producción propia y con el que amplió su universo sonoro, llenándolo de instrumentos dispares, disonancias, canciones habladas y letras tan imposibles como seductoras. Su discográfica, Asylum, le despidió y predijo el fin de su carrera. Pero ocurrió lo contrario. Island Records rescató el disco y lo convirtió en leyenda.

Después llegaron las bandas sonoras. Compuso para Francis Ford Coppola Corazonada, por la que fue candidato al Oscar, y para Jim Jarmusch, quien además le convirtió en su actor fetiche. Ahondó en el teatro junto a Robert Wilson y William Burroughs en The black rider. Llevó al escenario su álbum Frank’s wild years, continuó innovando con Mule variations, y además se forjó una peculiar carrera como actor haciendo pequeños pero incisivos papeles en más de veinte películas, incluida Vidas cruzadas, de Robert Altman.

Ahora, dos años después de editar su último álbum de estudio, Real gone, Tom Waits edita el triple Orphans: brawlers, bawlers and bastards (Huérfanos: bronquistas, berreadores y bastardos), una colección de 54 canciones entre las que hay 30 grabaciones inéditas. El disco abarca versiones de Los Ramones y Daniel Johnston, temas rescatados de su trabajo como compositor de cine, blues clásico, música experimental, nanas y cuentos irreverentes.

Tom Waits, famoso por su imprevisibilidad y cuya pasión de juventud por el alcohol arruinó más de un encuentro con la prensa, ha escogido Little Amsterdam para promocionar su disco. A su manera, porque su personalidad musical y artística también se refleja en una conversación que seguirá cauces poco habituales.

Tras atravesar la cocina del local, y tras una puerta con mosquitera oxidada, hay un patio trasero lleno de trastos. Y bajo un porche desconchado, Tom Waits –cara curtida, pelo rojizo, perilla canosa, ojos pequeños, hombros caídos– recibe a la periodista sentado en una mesa coja.

¿Por qué eligió Petaluma para vivir?
Yo no vivo en Petaluma.

¿Esto no es Petaluma?
Sí, pero yo vivo en otro pueblo de aquí al lado.

¿Cómo se llama?
Eso no se lo pienso decir, que luego se llena de gente. Invéntese un nombre. Por ejemplo, la Ciudad del Sueldo del Alcalde [nombre de ciudad en su disco Mule variations].

¿Pero por qué eligió esta zona de California?
Vine por el vino, pero después dejé de beber.

¿No era suficientemente bueno?
Sí lo era, pero yo decidí dejar el alcohol.

¿Sabe que todos los amigos a los que les comenté que le iba a entrevistar me propusieron cosas como: llévate una botella de ‘bourbon’ y la bebéis juntos? ¿Le molesta que la gente siga reteniendo la imagen con la que se hizo célebre en los años setenta?
No puedo hacer nada al respecto. Además, yo a sus amigos no los veo a menudo, ¿no? Supongo que es normal que la gente piense que la persona que uno era hace diez años lo siga siendo hoy. Además, yo no dejé de beber, el alcohol me dejó a mí.

¿Ha vuelto a visitar aquellos sitios donde se construyó esa fama, el Tropicana Motel o la sala de conciertos Troubaudour?
El Tropicana lo demolieron y al Troubaudour hace muchos años que no he vuelto. ¿Soy nostálgico? No sé. Busco las mismas cosas, las cosas que no desaparecen con el tiempo, las que no se entierran, las que siempre estarán aquí…

¿Como los sombreros?
Exacto. Yo los sigo llevando. Es algo que no hay que perder.

¿Y cree que las nuevas costumbres, como escuchar música en el iPod, permanecerán?
Yo tengo uno. Me lo dio mi hijo. Lo uso cuando boxeo en casa. Pero me gusta utilizarlo sólo con el shuffle porque pasas de Allen Ginsberg a Prokofiev, a The Four Tops, a Charlie Rich, a Charlie Poole, a Charlie Parker…, a todos los Charlie… Y es una sucesión de cosas diferentes que adquieren sentido para ti. Así era la radio hace años. Ponían canciones con un sentido inherente, como lo que ahora hace Bob Dylan en su programa [XM Radio]. Ese tipo es un genio.

Aquí comienza una de las muchas interpretaciones que hará a lo largo de la entrevista, como si fueran viñetas de un cómic. Vestido con pantalones, chaqueta de color negro y botas militares, cambia la expresión de la cara, mira de refilón imitando el aire de pasotismo de Bob Dylan y repite con voz dilaniana la coletilla del programa: “Tune in time radio”. Y continúa: “Ahora la radio está organizada para consumidores. Como las autopistas, que están llenas de cadenas de supermercados y tiendas uniformes. Hay emisoras de sólo blues, o sólo country, o sólo hip-hop… Cuando yo era un adolescente ponías una y escuchabas muchas cosas”.

Pero ahora tiene incluso la posibilidad de conseguir gratis la música que le gusta por Internet. ¿No le parece que hay más opciones que antes?
No exactamente, porque todo es demasiado fácil. Falta la lucha por descubrir las cosas que te interesan. Es como una cesárea frente a un parto natural. La lucha para salir es parte de la vida, y cuando es tan simple como darle a un botón… No sé. Es como las bibliotecas: antes ibas buscando un libro y por el camino descubrías algo más. Aunque es cierto que ahora pasa eso con Internet…

¿Cómo vive los cambios que la revolución digital está produciendo en la industria musical?
No sé. Haces un concierto, la gente lo graba, y luego resulta que lo venden online. Son como pulgas en un perro: tienes que lidiar con ellas, son inevitables.

¿Alguna vez se ha bajado música de Internet?
No sabría cómo.

Si supiera, ¿lo haría?
No estoy seguro, porque estoy sensibilizado con este tema. Las canciones pertenecen a alguien. Es como robarle las flores a tu vecino. Vale, los discos costaban menos antes que ahora, pero es que todo costaba menos. Si plantas lechugas, las haces crecer, inviertes tiempo y dinero en ellas, no quieres que te las quiten… Hacer un disco cuesta dinero; exige energía, tiempo para hacer las canciones, contratar a los músicos, el estudio… Es un negocio… Desde mi punto de vista, los discos no son caros, porque yo los hago y pago por ellos. Pero no sé, ahora todo el mundo trata de hacer predicciones, y en realidad nadie sabe qué pasará en el futuro.

¿Sus hijos [Casey, Kelly y Sullivan, fruto de su matrimonio con su colaboradora Kathleen Brennan] piratean música?
Sí, pero si les pillo, les amenazo.

¿Qué le han enseñado musicalmente?
Tienen curiosidad y atrevimiento, y eso lo aplican a su personalidad. Visten música como si fueran joyas, como sus peinados. Han integrado la música en su vida como si fuera ropa. Y eso me ha hecho recordar cosas. La primera vez que vi a James Brown, yo quería ser negro. Quería pantalones ajustados, zapatillas naranjas… Ellos escuchan cosas que piensan que a lo mejor me gustan, y me lo dicen: 50 Cents, Tupac…

Y vuelve a la interpretación. Se ajusta la camisa, mira de lado y empieza: “Venga, tío, escucha un poco de hip-hop; estos tipos están vivos, tú sólo oyes a todos esos cantantes muertos”.

Le ha dedicado a ‘Orphans…’ casi dos años.
Sí. Son temas nuevos, temas perdidos, temas huérfanos… Los títulos de cada álbum se corresponden con la música y atmósfera que hay dentro. Son muchos tipos diferentes de líricas, de estilos, de acentos, incluso de voces. Pero ahora me siento más cercano a Bastards.

En Bastards, Waits se regocija en su lado más experimental, acercándose a Captain Beefheart o Lord Buckley, e incluye varios relatos hablados, sin música, chocantes, como Children’s story, un cuento para niños tremendamente cruel o el poema de Bukowski Nirvana. Brawlers se mueve en el entorno del blues, mientras que Bawlers incluye temas compuestos para películas, baladas que arrastran la tristeza que impregnaba su primera época o versiones sucias de temas como el clásico de Leadbelly Goodnight Irene.

¿Ha sido como interpretar a personajes diferentes en las películas?
Sí, es parecido. Necesitas decidir lo que necesita cada canción. Y entonces pruebas. A veces resulta que tu voz suena mejor si intentas parecer una mujer, o si sólo hablas, o si sólo susurras.

En ‘Brawlers’, la canción ‘Road to peace’ habla de la guerra entre israelíes y palestinos. Usted no suele hacer temas políticos…
Se me ocurrió leyendo The New York Times. Iba a tirar a la basura todos esos periódicos con cientos de artículos sobre ese conflicto y no podía hacerlo sin escribir nada sobre el tema.

Si tuviera que escribir una canción sobre Bush, ¿cómo la titularía?
El pequeño hombre con el gran encargo… No sé… El otro día escuché esas cosas que dijo Chávez sobre él. Le llamó demonio… En Estados Unidos, mucha gente piensa lo mismo. Es como una garrapata sobre un caballo que intenta chuparle toda la sangre y se pone tan gorda que parece que va a explotar. ¿Cómo te deshaces de ella? ¿Cómo consigues tirarla por el váter? Todos le odiamos. Es un ladrón, un estraperlista. Está clarísimo, tiene muchos intereses petroleros. Tiene una aguja muy larga, la ha pinchado en Oriente Próximo y está chupando de ahí todo lo que puede.

En este álbum han participado casi cien músicos diferentes, desde Marc Ribot, asiduo de sus discos, hasta Brett Gurewitz, el guitarrista de Bad Religion. ¿Cómo los eligió?
A veces solamente consigues a quien esté en la ciudad en ese momento. Así es como mi hijo acabó tocando conmigo. Estaba buscando a un batería para irme de gira y, como no encontré al que quería, alguien me propuso que probara con Casey.

¿No pensó en él desde el principio?
No, porque es mi hijo. Nunca habíamos tenido esta experiencia. Y además sabía que nunca había tocado todo un concierto, y no sé, yo pensaba: esto es música para gente mayor, ¿cómo voy a meter a mi hijo en la banda?; me voy a pasar el día discutiendo con él. No lo veía posible, pero ha resultado cojonudo.

¿Ha vuelto a grabar en el cuarto de baño de su casa, como en su anterior disco?
Sí. Siempre busco habitaciones que suenen bien, con una buena atmósfera. El secreto está en la acústica de los azulejos… Cada habitación es como un instrumento más. Me gusta descubrir sonidos en todas partes. Son las oportunidades arbitrarias que ofrece la música, que es lo que yo adoro. Cuando alguien arrastra una silla y suena como un autobús frenando. Pasa todo el rato, pero tienes que estar dispuesto a escuchar.

En este álbum también ha utilizado alguno de esos instrumentos obsoletos o inventados que usted colecciona… ¿Me podría explicar qué es un piano borracho?
Supongo que un piano desafinado, o al que le faltan algunas teclas, o al que le ha llovido encima.
De repente, como si alguien hubiera preparado la escena para contestar a la pregunta, Tom Waits se queda mirando a su izquierda, se levanta, se acerca a un mueble que está cubierto con plástico azul y, ¡zas!, descubre un piano de madera hinchado, sucio, mojado y con las teclas desquiciadas: “¡Esto es un piano borracho! Inténtele sacar algún sonido, saldrá como ahogado…”. El piano resplandece en su deterioro en medio del patio polvoriento y olvidado de Little Amsterdam, mientras Tom Waits lo mira embelesado. “Es una lástima…”, balbucea.

Antes de tocar el piano aprendió a tocar la trompeta…
Sí, en el colegio, pero lo dejé por la guitarra, porque tocar la trompeta solo no te hace compañía. Tienes que tocar con otros músicos para disfrutarla. Nunca he vuelto a intentarlo. Aprendí a tocar la guitarra y monté una banda, The Sistems. Y luego descubrí el piano.

Acaba de tocar en Nashville, en Cleveland, en Atlanta, etcétera. ¿Por qué sale tan poco de gira y siempre va a sitios pequeños?
No me me gusta tocar en Nueva York o en Los Ángeles. Me pone nervioso que las primeras 10 filas estén ocupadas sólo por gente de la industria o de la prensa. Busco una audiencia de personas. Pero en esta gira me lo he pasado muy bien. Igual nos volvemos a lanzar a la carretera.

¿Cuándo?
Cuando nos apetezca. Ponga lo que quiera.

Duke Ellington les solía dar a sus músicos descripciones de cosas o personas para que tocaran de una u otra manera. ¿Cómo trabaja usted con los suyos?
A veces les hablas de forma abstracta porque estás describiendo algo que no puedes ver, estás haciendo películas para los oídos y tienes que hablar en imágenes. Les ayuda. Otras veces les das nombres de otros músicos…

¿Esas películas las tiene en la cabeza de antemano?
No, te las inventas en el momento. Yo te podría decir: toca como los ojos del enano subido en los hombros del gigante ciego, o toca como la mujer con cara de mula que baila con el chico cocodrilo. ¡Ponle más púrpura!, ¡demasido marrón!, ¡falta amarillo! ¡Necesito negro para poner amarillo!

¿Los colores funcionan bien?
Sí.

¿Y los olores?
Fíjese, en este disco hay una combinación de olores, pero nunca había intentado hablar en olores. Es una buena idea porque intentas crear atmósferas y todo ayuda… Gracias.

¿Y cómo es la relación de trabajo con su mujer?
Te pones los guantes, esperas a que suene la campana y sales a pelear.

Tom Waits suelta una carcajada, le da un sorbo a su café y, balanceándose en su silla, como lleva haciendo casi toda la entrevista, continúa: “Ella es el cerebro detrás de papá. Es una letrista exquisita. Tenemos una buena relación. Una vez que tienes hijos con alguien, todo lo demás se vuelve fácil”.

Kathleen Brennan es la mujer a la que Tom Waits ha dicho deberle la vida. Se conocieron en 1978 durante su primera incursión en el cine –reencarnándose en sí mismo como el pianista Mumbles en Paradise Alley, de Sylvester Stallone–. Antes había sido pareja de Ricky Lee Jones, pero el alcohol y las drogas les metieron en más de un problema, incluida la cárcel por montar una bronca a las puertas de un bar. A Brennan, en cambio, se le atribuye el giro creativo que Waits dio con Swordfishtrombones y todo lo que vino después. Hace 14 años también le ayudó a dejar el alcohol, que estaba realmente a punto de convertirle en el protagonista de su canción Bad liver and a broken heart (Hígado enfermo y un corazón roto), uno de sus clásicos del disco Small change.

Antes mencionó a James Brown. ¿Fue su despertar musical?
Un poco, pero yo escuché música desde niño. Empecé oyendo baladas mexicanas con mi padre y canciones folk en Pomona, la ciudad en la que nací [el 7 de diciembre de 1949].

¿Qué hacía su padre?
Enseñaba español. Yo de pequeño lo hablaba; ahora, muy poco [balbucea en español].

¿Nunca se planteó utilizarlo en sus canciones?
No, pero llevo tiempo intentando convencer a Los Lobos para que me dejen cantar un tema. ¿Conoce esa de “Guadalajara en un llanooo, México en una lagunaaaa?” [cantando]. Es un vals. ¡Punch 1, 2, 3! ¡Punch, 1, 2, 3! [cantando y agitando el puño al ritmo].

¿Qué le llevó hasta la música?
Quería ser parte de esto, tocar era como un sueño. Tener a 3.000 personas esperando a que yo salga, gente chillando… Eso es lo que quería.

Pero también tuvo tropezones. Como telonero de Zappa le abuchearon…
Sí, no les gustaba nada. Pero lo tenía que hacer. Es divertido mirar hacia atrás… No ha sido fácil. Si fuera fácil, todo el mundo lo haría.

Pero ahora todos los jóvenes quieren ser estrellas de rock, estrellas de Hollywood; la televisión lo presenta como algo sencillo. Todas las niñas quieren ser Britney Spears.
Sí, pero ella no es feliz, créame. Tiene dos hijos, está gorda, cabreada con su marido, adicta a quién sabe qué… Está lo que usted ve sobre el escenario y lo que hay detrás. Créame, entre bastidores el mundo es muy feo, está lleno de monstruos. Como los que había en la prehistoria, horribles. No es fácil, la gente no tiene ni idea de lo que pasa fuera del escenario.

¿Cómo es ahora su vida ahí detrás?
Distinta. Ahora tengo una familia, y eso lo hace diferente. Me recuerdan quién soy, que soy un padre y un marido. En realidad, sobre el escenario pasas una parte de tu vida muy pequeña; el día es mucho más largo que eso.

Pero ese personaje que se construyó y con el que la gente todavía le confunde, cuya vida se parecía a sus canciones, ¿qué era realmente?
No sé, estaba en el show business, necesitaba ser alguien y venir de algún sitio. Estaba interpretando a un personaje con trozos de mí mismo y de otros, Cantinflas, Jack Benny… Mezclándolo todo y construyendo algo.

Y ahora… ¿usted es usted?
No más ahora que antes. Soy pedazos de cosas. Es como un truco mágico. Usted y yo no nos conocemos, y yo me lo podría estar inventando todo.

¿Pero se siente satisfecho de lo que ha conseguido? Otros músicos como Bruce Springsteen hacen versiones de sus temas [‘Jersey girl’]. Usted es una referencia musical casi tan citada como Bob Dylan…
Así es la música: cuando eres joven, alguien te ayuda, y después tú ayudas a alguien. Buscas guías… Cuando eres joven y naíf… Escuchas discos, te aprendes las letras, la tonalidad; así aprendía yo, y todavía lo hago. Ahora la gente hace lo mismo conmigo, es un proceso orgánico. No hay escuelas para aprender a escribir canciones, aprendes porque necesitas escribirlas, porque las amas, porque quieres ser parte de eso.

¿Cómo es su relación con la música y el cine?
A veces te explican la película: “Esto es una historia de dos tipos que trabajan en una tintorería, y una noche uno pone un petardo en su oreja, y le vuela la cabeza, y aterriza en Kansas, y le meten en la cárcel durante tres años, y después le secuestran y se lo llevan a Canadá, y cuando sale se cambia de sexo y monta un bar, y…”. La historia te parece buenísima, dices que sí, y luego ves la película y es una mierda. Por eso ahora escojo solamente ponerles música si las he visto antes. Es un negocio en el que si quieren tu ayuda es porque no tienen dinero, o porque hay problemas y esperan que tú los arregles. Así que ya sólo lo hago si realmente me apetece.

Como actor, ¿también es tan selectivo?
Debería serlo. Cuando trabajas para alguien, con mucha gente, nunca estás seguro. Eres un violín entre trescientos violines. No estás conduciendo, vas en un autobús. Unas veces es divertido, y otras, una pérdida de tiempo. Pero estás atrapado; una vez dentro, ya no puedes escaparte.

¿Qué es lo que le gusta de actuar?
Me acerco con el mismo planteamiento con el que me acerco a la música: intentando encontrar una cualidad musical en el personaje y en sus palabras. Pero no tengo técnica suficiente como para sentirme relajado haciendo las películas.

Ha hecho varias con Jim Jarmusch. ¿Es cierto que han montado juntos una hermandad, llamada Los Hijos de Lee Marvin, con Nick Cave y John Lurie?
Sí, es cierto, pero no sé quiénes son los miembros. Voy a tener que cambiar toda la normativa, porque se ha colado un montón de chicas…

¿Y cómo se entra?
No se lo puedo decir, hay muchos requisitos, es privado.

¿Y qué hacen cuando se reúnen?
Lo que hacen los amigos cuando se juntan: tomar café, hablar de películas, disfrutar de la compañía. Lee Marvin es sólo el padre espiritual. Pero la organización está en crisis. Jim dejó entrar a varias chicas y ahora la gente empieza a hacer preguntas, como usted. Antes era más como la CIA, ¿entiende? Muy secreta, muy privada. Vamos a tener que replanteárnoslo todo.

¿Le puedo hacer una pregunta más?
Sí, pero después le corto la cabeza.

¿Llegó a conocer a Bukowski?
Sí.

¿Era como se lo imaginaba?
No.

¿Cómo lo recuerda?
Riéndose, bebiéndose un vino tinto, dándole azotes en el culo a su mujer… Lo cierto es que, cuando vas a conocer a alguien, te llevas tu imaginación al encuentro… ¿Soy yo como usted me imaginaba?

No del todo.
[Tom Waits sonríe, se levanta, se pone su sombrero como quien lleva haciéndolo desde la eternidad y se dirige hacia la puerta]. Se lo dije, sobre el escenario y entre bastidores. Personas diferentes.

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Bronquistas, berreadores y bastardos
Por Diego A. Manrique

En octubre, la revista británica The Word desarrollaba un reportaje juguetón a partir de un lugar común: el abismo entre las querencias musicales de hombres y mujeres. Se ofrecían entrevistas con cuatro parejas –cuyas preferencias chocaban– y un doble listado: discos genuinamente femeninos y discos eminentemente masculinos. En la última clasificación figuraba Tom Waits con Swordfishtrombones, el elepé que supuso su emancipación sonora.

Waits parece sufrir el destino del artista de culto: menú para un clan (mayormente varonil) de fanáticos, un nombre que se cita más que se disfruta. Pero las canciones de Tom pueden ser consumidas por el gran público…, si se las separa de su intimidante voz. Rod Stewart llevó el romanticismo urbano de Downtown train al número 3 de las listas estadounidenses; Bruce Springsteen logra que se derritan las masas cuando entona Jersey girl.

Se sabe que hay dos Tom Waits. El primero era un cantautor atípico, recién salido de un cuadro de Edward Hopper; un bohemio de casting, el resto de algún naufragio beatnik. Dominaba la melancolía crepuscular y las gracias de borracho: “El piano ha estado bebiendo, no yo”, canturreaba. Hasta que en 1981 conoció a la que sería su esposa, Kathleen Brennan, empleada literaria del Coppola más imperial. A su lado escribió su música más bonita: la banda sonora de One from the heart (en España, Corazonada). A continuación rompió la baraja.

El segundo Waits saltó de Asylum, sello para hippies ricos, a Island, entonces tolerante con los heterodoxos (ahora graba para Anti, independiente con raíces punkis). Tiró al retrete el Libro de Producciones Aceptables, se desprendió del disfraz de hipster resabiado y comenzó a manipular tanto sonidos como formas añejas. Sin miedo, acentuó su voz de hombre lobo.

En contra del tópico del gusto musical femenino, el impulso para explorar vino de Kathleen. Ella le hizo ver que era preferible la libertad creativa a la seguridad de una carrera convencional, le facilitó el contacto con cierta vanguardia (William Burroughs, Robert Wilson, Jim Jarmusch) y le animó a aceptar papeles en el cine. Establecieron la primacía de la familia sobre los compromisos profesionales: Tom apenas hace giras. Liberado de concesiones, puede editar dos discos el mismo día, o juntar, como ahora, un triple cd de retazos y ocurrencias sueltas.

¡Limpieza de otoño! Con Orphans…, Waits y Brennan han vaciado su archivo y les ha salido un muestrario tan accesible como impresionante (tres horas) de logros e influencias. Son 56 grabaciones, de las cuales 26 estaban desperdigadas por homenajes, películas, proyectos ajenos. Tom, que se atormenta por unificar en clima y concepto cada disco oficial, funciona también sin el peso de la Gran Idea. Hay coherencia estética en estos 56 temas de Huérfanos, que se han podido ordenar en tres categorías, una por cd: ‘Bronquistas’ (rock de batalla), ‘Berreadores’ (baladas) y ‘Bastardos’ (recitados y experimentos).

Revisando tan monumental miscelánea, se entiende el respeto, la pura envidia de sus colegas: nadie arriesga más en el vestuario, el esqueleto y el alma de sus canciones. Su paleta es inmensa: blues libérrimos, melopeas de perdedores, jazz en blanco y negro, sudorosos cantos de trabajo, boogies oxidados, agrios himnos de iglesia, hip-hop sin máquinas, mambos de tierra adentro, serenatas con costras. Manjares orgánicos para buscadores –de ambos sexos– que sepan apreciar esos “diamantes que prefirieron quedarse como carbón”.