miércoles, julio 30, 2008

Walk Away con Southside Johnny & La Bamba´s Big Band


Pueden ustedes descargar aquí la versión de Walk Away que Tom Waits ha grabado junto a Southside Johnny.

Grapefruit Moon
es el título del disco de versiones de Tom Waits que Southside Johnny ha grabado junto a La Bamba's Big Band. Está previsto que el álbum salga a la venta el próximo 2 de septiembre.

GRAPEFRUIT MOON: THE SONGS OF TOM WAITS

1. Yesterday Is Here
2. Down, Down, Down
3. Walk Away (Featuring Tom Waits)
4. Please Call Me, Baby
5. Grapefruit Moon
6. All The Time
7. Tango Til They´re Sore
8. Johnsburg Illinois
9. A New Coat Of Paint
10. Shiver Me Timbers
11. Dead And Lovely
12. Temptation

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martes, julio 29, 2008

Atlanta, Fox Theatre, 5 de julio de 2008


Quienes no sean demasiado escrupulosos con los formatos de audio disfrutarán esta descarga del concierto que Tom Waits ofreció en Atlanta el pasado 5 de julio.

Este fue el setlist del show con el que se cerró la parte americana de la gira Glitter and Doom:

Lucinda / Ain't Going Down to the Well
Down in the hole
Falling down
Chocolate Jesus
All the world is green
Cemetery Polka
Cause of it all / 'Til the money runs out
Such a scream
November
Hold on
Black market baby
9th and Hennepin
Lie to me
Lucky day
On the nickel
Lost in the harbour
Innocent when you dream
Hoist that rag
Make it rain
Dirt in the ground
Get behind the mule
Hang down your head
Jesus gonna be here
Singapore

Eyeball Kid
Anywhere I lay my head

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sábado, julio 26, 2008

The Eyeball Kid en París

El número del globo ocular, anoche en el Grand Rex de París.

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Las diosas de Cohen y Waits

Columna de Adrián Vogel en Efe Eme.

La amistad entre artistas y disqueros suele venir condicionada por una agenda de trabajo. Que coincide con calendarios de grabación, edición, giras de promoción y conciertos. Un cambio de discográfica, de cualquiera de las partes, enfría la más cordial de las relaciones. Aunque siempre hay excepciones.

Por eso cuando salí de Sony (antes CBS) en 1992, para montar Compadres, me sorprendió la llamada de Leonard Cohen. Tras la sorpresa inicial al oírle al otro lado del teléfono, me pudo la satisfacción y más teniendo en cuenta la naturaleza de la llamada. Pero antes de centrarme en el favor que me pidió, quiero dar otro salto atrás en el tiempo. A la década anterior, los 80.

Nos conocimos cuando la CBS estadounidense rechazó editar Various positions. Lo cual eran muy malas noticias para la división internacional, donde trabajaba, y más concretamente para las compañías europeas. Mi jefa en Nueva York, Bunny Freidus (vicepresidenta de operaciones creativas), se movilizó rápidamente y montó una reunión para escuchar el repertorio disponible. La química fue muy buena. Posteriormente Cohen y yo tuvimos varias reuniones más para perfilar detalles (mezclas, mastering, diseño, partes de producción, información de etiqueta, calendarios, etc.). En una de esas citas, en un bar, sellamos ¡en una servilleta! las bases de su contrato con CBS Records International (que excluía a Canadá y USA). Así que resulta que Florentino Pérez no inventó nada, pero tanto a su manager (jefe de la entonces fiel y eficiente Kelley Lynch) como al abogado de la compañía, no les hizo demasiada gracia la movida.

El álbum se editó en 1984. Habían pasado cinco años desde el anterior, Recent songs. Muchos meses después Various positions también fue lanzado en su país natal y en Estados Unidos.

En 1986 ya de vuelta en España, mi jefe Manolo Díaz (presidente de la compañía española) puso en marcha Poetas en Nueva York, un disco colectivo de cantautores basado en el libro de Federico García Lorca, con portada de Úrculo. Manolo, que fue cantautor y autor pop de éxito, conocía el potencial musical de la obra del genial poeta. Con Aguaviva (que también triunfó en Italia). Asimismo sabía de mi afinidad con Cohen. Y me pidió que gestionase su colaboración para el disco, que sería la guinda del proyecto. Cuando le conté que no creía que hubiese problemas, porque la hija de Leonard se llamaba Lorca, sonrió con satisfacción. A fecha de hoy no sé si porque veía realizable su sueño de contar con el maestro canadiense o porque conocía el dato. O por ambas cosas.

El caso es que Leonard Cohen eligió un poema fácil de musicar “Pequeño vals vienés” pero difícil de traducir. Le trajo de cabeza. Fueron dos meses de intenso trabajo (creo recordar que empleó unas 150 horas para adaptar el texto al inglés). Lo cual nos hizo cambiar el lugar de grabación de Nueva York a París (estudios Montmarte). “Take this waltz” fue el resultado que después retocaría para incluirla en su siguiente álbum I’m your man (1988).

En octubre del 86 vino a Madrid para la presentación de Poetas en Nueva York y para rodar un videoclip en Granada.

Dos pequeñas notas al margen: en Holanda Poetas en Nueva York recibió el Edison, su equivalente al Grammy, como mejor disco del año y en la casa de Lorca en Granada hizo el pino y la foto fue portada del New Musical Express (me encantaría tener esa foto, pero no la localizo).

Así que cuando llamó para pedirme un favor, no me podía negar. Dos buenas amigas suyas venían a Madrid y quería que las atendiese. Eran Kathleen Brennan, la esposa de Tom Waits, y su novia, la actriz Rebecca de Mornay, con la que estaba a punto de romper (si no lo había hecho ya).

La Brennan me pareció una mujer fascinante. De tremenda cabeza. Entendí perfectamente cómo había encauzado no sólo la vida de Tom Waits sino también su talento.

Rebecca de Mornay era un bellezón y tenía ganas de marcha. Así que después de la cena nos fuimos los tres de copas.

Durante la cena hablamos de lo humano y lo divino. Y de la casualidad y del destino (todavía no conocía a Paul Auster). Me quedé prendado de la historia de cómo se conocieron. Fue en 1980, durante el rodaje de una película maldita de Francis Ford Coppola, One from the heart.

Tom Waits estaba componiendo la banda sonora de la película, para que la cantase Cristal Gayle. La Brennan trabajaba como supervisora de guiones para la productora de Coppola, American Zoetrope. Y Rebecca era una de las actrices del reparto. Ellas se hicieron amigas y unas sugerencias a Waits sobre el texto de algunos temas produjeron el flechazo.

Me sorprendía como Kathleen hablaba de su marido, de sus hijos, de una vida absolutamente normal y burguesa, ¿había domesticado a la fiera? ¿O simplemente había encauzado su talento de forma productiva? Creo que más bien fue esto último. Y “el malditismo” ha sido su mejor marketing y el que les permite llevar una vida apacible, alejada de los focos del estrellato. Aunque sean los críticos más críticos con los asuntos del marketing, los que rinden culto y pleitesía a Tom Waits. Al que sinceramente creo que sobrevaloran. Lo cual no implica que me disguste o no sepa apreciarlo. En realidad quizás sea yo quien esté sobrevalorando a su diosa, Kathleen Brennan.

Estos días Tom Waits ha actuado en España por primera vez y Leonard Cohen ha vuelto a los escenarios ¡después de quince años! Muy atrás quedan su gira anterior, la de 1993, los cinco años en un monasterio budista o el desfalco de cinco millones de dólares que descubrió en 2005. Finalmente le ganó el juicio a Kelley Lynch, que no resultó ni tan dulce ni tan fiable como nos pensábamos. Hay diosas y diosas…

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viernes, julio 25, 2008

Glitter and Doom en la Máquina de Huesos

Los habituales os habréis dado cuenta de que el seguimiento que la Máquina de Huesos ha hecho de la gira Glitter and Doom ha sido más bien escaso.

Ya advertí que ignoraría todo el periplo estadounidense porque quería llegar al concierto de San Sebastián con las orejas, los ojos y el corazón limpios, sin saber lo que iba a pasar, sin interferencias mediáticas ni condicionamientos externos.

Una vez en Europa, mi intención era ir informando puntualmente de lo que pasase en los diferentes conciertos. Pero la vida real se ha ido imponiendo, las noches han ido pasando, los datos, las fotos y los setlists se han ido acumulando en una montaña inmensa y reconozco que ya he llegado a un punto en el que no sabría ni por dónde empezar a organizar la información.

Tengo pensado publicar cositas de la gira aquí y allá, alguna foto, algún enlace, alguna descarga… Pero renuncio a intentar hacer un seguimiento exhaustivo. Me rindo. He sucumbido ante el volumen de información que genera un tour de Tom Waits.

Seguro que todos lo sabéis, pero si queréis noticias puntuales, detalladas y fiables sobre la gira lo que debéis hacer es acudir a The Eyeball Kid. Ese sí que es un blog serio.

Francamente, ahora mismo a mí lo que me quita el sueño es averiguar qué coño pone en el texto de caligrafía árabe que rodea el borde de la tarima. Si alguien tiene alguna pista...

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jueves, julio 24, 2008

The Replacements - Date to Church

Varios discos de The Replacements serán reeditados el próximo mes. Se trata de Tim, Pleased to Meet Me, Don't Tell a Soul y All Shook Down, que completarán sus sets de canciones originales con la habitual selección de rarezas e inéditos.

En el caso de Don't Tell a Soul, una de las canciones añadidas será Date to Church, una colaboración con Tom Waits que The Replacements publicaron como cara B del single I'll Be You en el año 1989 y que aparece también en el volumen dos de la colección de rarezas no autorizada Tales From The Underground.

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martes, julio 22, 2008

Torrentes


Buena parte de la gira Glitter and Doom, incluidos los tres conciertos en España, pueden ya descargarse con diferentes calidades en Dimeadozen.

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miércoles, julio 16, 2008

Barcelona, Auditori del Fòrum, 15 de julio de 2008 (AMPLIADA)


Setlist

Lucinda
Way Down in the Hole
Falling Down
Poor Edward
All the World is Green
Cemetery Polka
Get Behind The Mule
I'll Shoot the Moon
Such a scream
Murder in The Red Barn
Singapore

Invitation to the Blues
Johnsburg, Illinois
Lost in the Harbour
Innocent when you dream

Lie to me
Hoist That Rag
Hold On
Black Market Baby
Trampled Rose
Make It Rain

Rain Dogs
Dirt In the Ground

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El País

CRÓNICA

Tom Waits y el parto de la mariposa

El músico estadounidense concluye su gira por España con un concierto en Barcelona

FERNANDO NAVARRO - Barcelona - 16/07/2008

Si Tom Waits tuviese que hablar sobre el concierto que ofreció ayer en el Auditori del Fòrum de Barcelona, el último de los tres que le han traído a España por primera vez en sus más de treinta años de carrera, es posible que, tirando de su habitual repertorio de metáforas, dijera que la actuación de Tom Waits pudo ser algo así como el parto de la mariposa. En buena parte, ya se sabe de lo que trata porque lo dijo antes El Principito de Saint-Exupéry, tal vez el primer espíritu beatnik de la historia conocida: Hay que soportar a la oruga para ver salir a la mariposa.

Es cierto que hubo que rascar bastante. Fueron varias las cosas que estuvieron en contra del espectáculo, empezando por un descerebrado que tuvo que abandonar la sala en mitad de la actuación obligado por agentes de la seguridad privada. Tampoco es el Audotori un sitio idóneo para conciertos como el ofrecido anoche con ese edificio frío y distante. Hubo problemas de sonido, en guitarras y micrófonos, que llegaron a desesperar al músico. Y la expectación flotaba tanto en el ambiente que pareció ser perjudicial para el propio Waits, que arrancó decidido, como por arte de magia en mitad de un escenario oscuro, pero al que le faltó enganche, como si aquello al principio fuera más una conferencia musical que la noche para disfrutar del artista más indescifrable que ha dado la historia del rock.

También es cierto que lo que ofrece el músico de California hoy por hoy no se sirve en bandeja. Temas como Way Down In the Hole, un blues aullado que parece de geriatría, ilustra los pasos que sigue Waits sobre el escenario. Es una propuesta bastarda en la expresión y genuina en su naturaleza, que hace falta experimentar porque choca con lo preconcebido. Tal vez Waits lo llamaría el paso de la oruga, y más cuando al principio los problemas fueron varios. Realmente, ese estilo se trata de una virtud, que ha hecho arma de doble filo. Tiene una capacidad de desconstruir géneros y composiciones al alcance de muy pocos, pero al rechazar lo convencional a veces puede resultar estridente. Es el camino tomado desde que publicó el álbum Swordfishtrombones.

En las tablas, el músico gesticula, hace juego de manos y se contornea como un mimo que se adentra en su propio cuento, pero deja la puerta abierta para el resto. Al otro lado hay una bandada de sonidos e historias que trascienden, pero que no siempre se llega. Ese ímpetu se va alcanzando a mitad de la actuación, gracias también al buen hacer de Vicent Henry a los vientos, tanto a la armónica como al saxo o a lo que fuera que Waits necesitase para ornamentar sus sonidos de vodevil, polka o folk. Mientras tanto, el cantante representa sus mil personajes, una esquizofrenia artística exquisita. "Soy pedazos de cosas", se definió una vez él mismo. Puede llegar a hablar en español para responder a un público cada vez más entregado, o para contar una historia a retazos, o llegar a decir que es "cojonudo estar en Barcelona".

Pero al paso de la oruga le sigue el de la mariposa. Al piano, y lo que viene después, el funambulista despliega sus dotes intactas de bohemio, marcado por el don del hechizo. Innocent When You Dream, esperada por buena parte de los asistentes que la aplauden al comienzo más que otras, es la mejor representante de las baladas infinitas de Waits, que parecen pensadas para una cantina y con un alma folk que ciega. Alejadas de lo cursi o lo anecdótico, son baladas de luna llena, de noche de hombre lobo, que despiertan los instintos primarios y levantan pasiones, al ritmo de las teclas y la voz absoluta de su autor.

Luego llegarán, entre otras, Lie To Me, Make It Rain o Hold On que muestran al Waits más indomable, entregado al máximo al feedback de su propia obra de fantástica oruga y encabezando un tren de mercancías que recorre de arriba abajo los sonidos tradicionales de Estados Unidos, que también tienen su parte de herencia de Europa. El músico californiano lo ha comentado alguna vez: se trata de tocar según el estado de ánimo, bien como los ojos del enano subido en los hombros de un gigante ciego, o como la mujer con cara de mula que baila con el chico cocodrilo, hasta que se le pone más púrpura, se le quita marrón y se le añade amarillo. Y, como demostró ayer, se termina pariendo la mariposa.

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El Periódico de Catalunya

Nueva exhibición de genio de Tom Waits

  1. El músico cambió 12 canciones de su repertorio en la segunda noche en el Auditori del Fòrum
JORDI BIANCIOTTO
BARCELONA

Fue casi como un recital distinto, con la misma esencia pero alterado en sus formas. En su segunda y última noche en el Auditori del Fòrum, Tom Waits ofreció 23 canciones, de las cuales un total de 12 fueron distintas a la noche inaugural. Una demostración de primera mano del modus operandi del artista, partidario de mantener su repertorio vivo por la vía la rotación permanente.

Aunque las canciones cambiaran, la temperatura fue parecida a la primera noche. Público ansioso, un retraso similar en el inicio del recital (25 minutos frente a los 35 del estreno) y un clima sonoro semejante, con su cruce de andamios bluesísticos, cabaret deshauciado y asaltos al piano propios de madrugadas destempladas. Una canción menos que en la primera sesión aunque, debido a problemas técnicos que atascaron algunas piezas, el show duró un poco más, dos horas y 10 minutos.

Waits y su banda abrieron con el mismo guión, Lucinda, Way down in the hole y Falling down, pero pronto comenzaron las novedades: entraron en escena Poor Edward y una Cemetary polka que alió el fantasma de Kurt Weill con el vals. Y, tras All the world is green, carta blanca: Get behind the mule, I'll shoot the moon, Such a scream y Murder in the red barn mantuvieron el recital en vilo hasta el traqueteo de Singapore. En las 24 horas transcurridas, Waits tuvo tiempo de aprender aromáticas palabras en castellano: "Es cojonudo estar aquí en Barcelona", confesó. Su versión del idioma mostró tics un poco mexicanizantes. "¡Ándele pues!"

GUIÑO A LOS 70
La secuencia de piano culminó, como el lunes, con un Innocent when you dream apoyado por coros populares, pero antes hubo más cambios de guión. Sonó Lost in the harbour (donde Waits cambió el piano por el órgano) y hubo, atención, un viaje a los 70 con Invitation to the blues, del álbum Small change. En la recta final, los cambios respondieron por Hold on, Black market baby y Trampled rose. No hubo tres bises, sino dos: Rain dogs y la gospeliana Dirt in the ground. Dos noches, dos repertorios... y un único Tom Waits.

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Barcelona, Auditori del Fòrum, 14 de julio de 2008 (AMPLIADA)


Setlist aproximado
(¿alguien lo apuntó?)

Lucinda - Ain't Goin down
Way down in the hole
Falling Down
Jockey full of bourbon
All the world is green
Other side of the world
God's Away on Business
Metropolitan glide
Sins of my father
Lie to Me
Hung down your head
Rain dogs

You can never hold back spring
On the nickel
Johnsburg, Illinois
Innocent when you dream

Clap hands
Lucky day
Hoist that rag
Dirt in the ground
Make it rain

November
Come on up to the house
Day after tomorrow

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La Vanguardia

Y Tom Waits llegó a Barcelona

El cantautor arrasó anoche en el Fòrum | Expectación entre el público que asistía al concierto y sensación de "yo estuve allí" | El cantante fue presentador de circo, fiera y, por supuesto, domador del público

Tom Waits llegó por fin a Barcelona. Y Anoche con retraso. Treinta y cinco minutos llenos de aplausos, silbidos e incluso pataleos esperaron sus fans en el repleto Auditori del Fòrum a que saliera al escenario con su grupo. Eran las 22.05 horas y, por fin, el cantautor de Pomona, California, actuaba por primera vez en Barcelona, donde lo volverá a hacer hoy.

Waits, cantautor, actor, clown y, en general, un personaje tan infrecuente como irrepetible arrasó durante sus algo más de dos horas de actuación. Dos horas que comenzaron, como es habitual en esta gira llamada Glitter and doom (algo así como Fulgor y condenación), con un tema mezcla de Lucinda y Ain´t goin´down to the well,ambos de su último disco, el mastodóntico Orphans,en concreto de la sección Brawlers.Y acabó ocho minutos después de la medianoche tras haber cantado tres bises: November, Come on up to the house y, finalmente, un sereno pero profundo Day after tomorrow.

En medio, dos horas mágicas. En todos los sentidos. El público que acudía al concierto sentía excitación y expectación ante el mito que tuvo el corazón roto y el hígado enfermo, aunque ya hace tiempo que está casado y con tres hijos, pero también, marcadamente, se vivía la sensación de "yo estuve allí", la de la ocasión que no va a volver. Y Waits hizo que nadie saliera decepcionado. Como en el cartel de la gira, en el que Waits se convierte en un mago de cuya palma de la mano emana polvo aúreo, el de Pomona no perdió ocasión de mover, agitar las manos como si fuera un prestidigitador, aunque quizá también un predicador. E hizo magia. La magia de una voz increíblemente versátil, con la que sabe jugar, un chorro de voz que ha sido calificado como de lija, pero que, sobre todo, a veces parece dirigirse hacia dentro de su boca en vez de salir de él, tal es la profundidad y las reverberaciones.

Junto a un grupo perfectamente engrasado con el que lleva rodando desde mediados de junio cuando comenzó la gira en Phoenix, Arizona, e integrado por su hijo Casey y por Larry Taylor, Patrick Warren, Omar Torrez y Vincent Henry, Waits llevó al público al delirio en más de una ocasión. Hubo palmas, canciones medio cantadas con él y momentos emocionantes, como cuando se sentó al piano para arrancarse unas cuantas canciones como On the nickel o Innocent when you dream,que llevó al público al éxtasis. Un grupo con el que cambió de registro sin dificultad encarando temas tan pegadizos y de aires latinos como Hoist that rag,que movió al público, Lucky day,el pesimista Dirt in the ground o Make it rain,en el que haciendo valer sus dotes de hechicero, y tras agitar las manos de unos brazos abiertos a uno y otro lado, fue recompensado con una abundante lluvia de polvo dorado. No faltó ironía, como la de que le gusta estar en un país con leyes civilizadas y no como en Rusia, donde no te puedes besar más de tres minutos seguidos, pero tampoco estuvo demasiado hablador. Ocupó su pequeño círculo dentro del escenario, objeto de todos los focos, en el que fue presentador de circo, fiera y, también, domador.

"Solamente pagaría este precio por Waits"

Una burrada, carísimo, desorbitado... Los entre 100 y 125 euros - más comisiones bancarias- que han costado las entradas para los conciertos de ayer y hoy de Tom Waits en Barcelona suscitan opiniones unánimes entre los asistentes, pese a lo cual los fans hablan de una oportunidad única, aun puntualizando, como Marina Espasa, que "es el único artista por el que pagaría este precio". "El primer disco que compré, por casualidad, fue de él, Closing time.Luego compré otros. Es alucinante. Pero me parece carísimo y me ha costado mucho decidirme", añade.

Algo parecido piensa la editora Isabel Obiols: "El precio es una burrada, pero vale la pena, es como asistir a una representación operística, una cosa casi única. Sopesé el precio, pero me habría arrepentido mucho tiempo si no hubiera ido. Me daba miedo, eso sí, que fuera una tomadura de pelo, que Waits, que no había venido nunca, no se lo tomara en serio, pero me dijeron que no iba a ser así y ya he visto que en otros lugares ha actuado dos horas con temas de todas las épocas".

Eugènia Broggi explica que ella se enteró del precio una vez compradas, ya que las adquirió un amigo. "Pensaba que no encontraríamos. Me parece vergonzoso el precio, pero hoy me importa un pito, estoy tan excitada y emocionada que me da igual. Fue muy importante para mí en los noventa, en el coming of age,sus discos, su presencia en las películas de Jarmusch...". Para el fotógrafo Pere Ferrer, que vive en Barcelona pero es mallorquín, "es realmente caro". "Pero no sé si volverá, así que me decidí. Me gusta su música y su personaje, lo que me da rabia es que no vaya a Palma, donde se celebra hace años el festival Waiting for Waits".

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El Periódico de Catalunya

Debut de impacto en el Fòrum

Tom Waits ofreció un recital heterodoxo en su estreno en BCN tras 35 años de carrera

 Tom Waits, en un momento de su actuación de anoche en el Auditori del Fòrum, que empezó con Lucinda. Foto:  RICARD CUGAT
JORDI BIANCIOTTO
La semana más caliente del pop-rock en Barcelona comenzó a andar anoche con un reclamo muy esperado: el cantante y pianista californiano Tom Waits, una figura de culto que debutó en la capital catalana tras 35 años de carrera con un recital en el Auditori del Fòrum. El cantante de voz áspera, que repite esta noche (21.30 horas), ofreció una depurada muestra de su arte dislocado a lo largo de dos horas de espectáculo en las que picoteó, sobre todo, su obra de las dos últimas décadas y rescató cuatro canciones de su disco más popular en nuestro país, Rain dogs (1985).

El blues deconstruido y el cabaret de cuneta desfilaron trinchados y troceados por un malabarista de voz aún más cavernosa de lo que cabía recordar, más gutural que armónica. Waits se movía entre espasmos sobre una plataforma circular, con un fondo de viejos altavoces y megáfonos decorativos, y unos cortinajes de music hall trasnochado; todo, ubicado en una caja escénica construida para la ocasión, ya que el Auditori carece de ella y el artista la exigió. Del suelo del escenario salían nubes de polvo cada vez que Waits daba un pisotón. Una máquina de vodevil harapiento que se puso en marcha con 35 minutos de retraso, informalidad que contrastó con la exigencia previa a los asistentes de acudir con puntualidad, antes de las 21.30 horas, bajo la amenaza de no ser admitidos.

Cabaret chirriante
El recital comenzó con el artista extendiendo los brazos en forma de cruz y atacando Lucinda, y se abrió paso entre retales de blues manoseado (Way down in the hole), traqueteos latinos (Jockey full of bourbon) y baladas carbonizadas (Falling down). El sonido Waits, una maquinaria poéticamente destartalada, brilló en su esplendor a través de Metropolitan glide, Hung down your head y una ovacionada Rain dogs tras la cual el artista alabó los "costumbres y leyes" que, en su peculiar opinión, rigen en España. "En Gran Bretaña no te puedes dormir con los zapatos puestos en una tienda de muebles. Y en Rusia no se permite dar un beso de más de 3 minutos. Y la vida dura más, ¿no?"

En el ecuador del recital, Waits, cuya banda incluye a dos de sus hijos (Casey y Sullivan Waits) se quedó a solas con el contrabajista y abordó un fragmento sentado al piano con You can never hold back spring, On the nickel, Johnsburg, Illinois y un Innocent when you dream en el que contó con los coros del Auditori. La colaboración del público siguió en forma de palmas con Clap hands, y el clímax final condujo a piezas como Hoist that rag y una histérica Make it rain coronado con una lluvia de purpurina sobre el artista.

Un bis con tres canciones
Como el sábado en San Sebastián, Waits ofreció un bis con tres canciones. Todas fueron, sin embargo, distintas a la capital donostiarra. Aquí sonaron November, Come on up to the house y un Day after tomorrow, que la estrella interpretó empuñando una guitarra eléctrica.
Los habituales cambios de guión escénico insinúan que el recital de esta noche aportará nuevas sorpresas. Ambos espectáculos, con las entradas agotadas, habrán atraído a un total de 6.200 personas. Tom Waits era una asignatura pendiente histórica de Barcelona, estatus alimentado no solo por su peculiar obra sino por su perfil de personaje heterodoxo que va por libre. Un libro, Tom Waits. Conversaciones, entrevistas y opiniones (Global Rhythm, 2007) ofrece uno de los retratos más completos y certeros de este personaje integrado, por fin, en el currículo escénico barcelonés.

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Avui

El geni pallasso

El californià Tom Waits captiva els més de 3.000 espectadors-fans que l’acullen com un heroi en el seu primer concert a Barcelona en 35 anys de carrera


Per si amb 35 anys encara no n’hi havia prou, ahir a la nit Tom Waits es va fer pregar 40 minuts de rellotge per sortir a l’escenari de l’Auditori del Fòrum en el primer dels dos concerts que oferirà a Barcelona. Xiulets i molta impaciència la del personal que omplia els 3.100 seients de la sala. I, en el rerefons de l’espera, el preu d’or pagat per les entrades (100 i 125 euros, més 8 de despeses bancàries) augmentava el sentiment de presa de pèl amb crits esporàdics del calibre “no hi ha dret” o “que ens tornin els quartos”, com si el retard sobre l’hora prevista fos igual que l’AVE.

Però quan Mister Tom Waits va aparèixer a l’escenari es van acabar totes les lamentacions. Amb el públic dempeus, oferint-li una ovació tancada, el músic californià va ser el primer sorprès per la impressionant rebuda. Potser per aquesta sobtada raó, en la seva mentalitat de superestrella del circ rock, Waits va marcar-se una entrada histriònica, solapant Lucinda i Ain’t goin’ down to the well interpretades al bell mig de l’escenari, sobre una tarima prèviament espolvorada per augmentar els efectes visuals de la seva esperpèntica coreografia.

Al límit de la fractura
Al seu voltant, quatre músics: Omar Torrez (guitarra), Patrick Warren (teclats), Seth Ford Young (baix) i Vincent Henry (vents), més dos dels seus fills; Casey (bateria i percussió) i Sullivan (percussió i clarinet). Forçant la veu, engrossint-la fins al límit, fins al llindar de la fractura o l’esclat, Tom Waits va saber des del primer moment captivar un públic que el venera, uns fans que han hagut d’esperar més de tres dècades per poder veure’l en directe. I la satisfacció augmenta encomanant-los la sensació de ser uns privilegiats, quan se sap que en aquesta gira europea, Glitter & Doom (brillantor i perdició), només s’aturarà en set ciutats del Vell Continent: Sant Sebastià, Barcelona, Milà, Praga, París, Edimburg i Dublin, per oferir un total de 15 concerts. L’home no es prodiga més del compte i si a més a més tenim en compte a quant pugen les recaptacions com la d’ahir, tampoc li cal matar-se per tenir el futur garantit.

Ja d’entrada, un espectador poc avesat a l’univers Tom Waits podria arribar fàcilment a la conclusió que al músic li falta un bull. Amb aquesta veu que sembla que s’hagi menjat una família de gripaus sencera, amb l’expressió gestual tan passada de voltes, vestit amb el seu inseparable barret i l’americana gris curta de mànigues; tot plegat fa que la distància entre la genialitat i la pallassada es torni gairebé imperceptible. És la seva música la que li dóna el caràcter de geni visionari que l’acompanyarà fins a la tomba. Especialment quan van començar a sonar, una rere l’altra, composicions com Falling down, Jockey full of bourbon, All the world is green, On the other side of the world, God’s away on business, Metropolitan glide, Sins of my father, Hang down your head i Rain dogs. Peces escampades al llarg de la seva discografia, la majoria escrites conjuntament amb la seva dona Kathleen Brennan.

La principal característica del Tom Waits és que ha sabut crear-se un so particular i inconfusible, una gesta musical que només és a l’abast dels escollits. Beu de fonts molt diverses, de ritmes que entronquen amb l’smooth jazz i el circ, passant pel blues d’arrel i el cabaret d’entreguerres. Una mixtura tan particular, que ell acaba d’arrodonir amb aquesta veu gutural que li ha donat la natura. Una veu que, en un altre personatge, aconseguiria que el personal li llancés tomàquets i tota mena de verdures.

Tot això succeïa abans que el californià donés un descans a part de la banda per seure darrere el piano i crear el moment més corprenedor de la nit amb interpretacions com Innocent when your dream o You can never hold back spring. Més íntim i més proper, Waits va emocionar més d’un espectador mossegant-li la fibra sensible amb el dentat del piano.

Sentit de l’humor
Tornats a la nomarlitat i amb la banda al complet, enfilaria la recta final amb temes com Clap hands, Lucky day, Hoist that rag, Dirt in the ground i Make it rain. Sempre i en tot moment, amanint les interpretacions amb el seu peculiar sentit de l’humor passat de voltes. Transformant aquest barret petit i esquifit que ha creat moda (entre el públic se’n van poder veure uns quants) en el barret de copa d’un prestidigitador que fa màgia amb les notes musicals.

Però aquí no va acabar la pel·lícula d’aquest actor ocasional que només representa papers fets a mida. La tanda dels bisos, moment delicat que serveix per avisar de l’imminent comiat, va estar protagonitzada per tres peces de capçalera: November, Come on up to the house i, per acabar, Day after tomorrow com si volgués jugar amb el temps. Aquesta nit, l’imprevisible Tom Waits tornarà a sortir a l’escenari de l’Auditori del Fòrum, i segurament ho farà amb retard. Tant se val. Canti el què canti, no serà mai igual.

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El País

El poder de lo viejo

LUIS HIDALGO 16/07/2008

TOM WAITS Auditorio del Fórum, Barcelona. Entre 100 y 125 euros. 3.500 personas. 14 de julio, 21.30 horas.

La tradición en estado puro. Eso fue Tom Waits en su primer concierto en el auditorio del Fórum, una sucesión de canciones antiguas en el mejor sentido del término, una música no desgajada de esa tradición que forma parte de cualquier cultura porque en todas hay confesiones humanas entre vapores de complicidad, desgana, cierta desesperanza y masculinidad fea y vieja. Tom Waits escenificó todo eso en un concierto que, aun sin poderse saber si estuvo por debajo, a la altura o por encima de sus prestaciones, satisfizo por recordarnos que todos formamos parte de algo antiguo.

Además de ese poso, Waits recordó con sus canciones a otro representante de tiempos pasados, a Paolo Conte. Sí, el italiano es más melódico y las afinidades no se centran en la voz, sino en la manera de manosear el material sonoro, en la forma de mezclar los ríos de estilísticos que lo riegan, en cómo se sienten cómodos siendo como son y en el acento acústico que palpita bajo su música. Eso les une. Les diferencia que Waits no precisa el formato de canción, pues bien podría acudir a una continuidad deforme de música sin estructura. Pero quizá acude a ella, a la canción, como una concesión más a su público, una más en la lista de gratificaciones con las que le obsequia: pedir palmas, hacer chistes, llevar sombrero o regodearse en la autocomplacencia que proyecta en sus fieles.

Éstos, reducidos a la más vulgar condición de fans que se apelotonan ante la venta de camisetas del ídolo, aplauden hasta los estornudos, olvidan que lo mejor del batería es ser un Waits, se abonan a la credulidad y se deshacen en ovaciones ante cualquier solo, vieron lo que querían ver. Ello puede conducir a Waits a preguntarse si gusta por lo que hace o porque se llama Tom Waits, actúa pocas veces en directo y representa lo que representa. A otra escala, pero el mismo problema que tienen, sin ir más lejos, Serrat y Raimon.

Pero Waits tiene un plus en directo que le hace aún más solvente que en disco. Será porque su tradición es de taberna y, por tanto, occidentalmente comprensible; será porque parece un miembro de la troupe de Todd Browning; será porque se mueve como los personajes lisiados de Terry Pratchet; será porque, para asentarse aún más en la tierra, sale polvo de la tarima que patea, como inspirado por el aire fronterizo de las novelas de Cormack McCarthy; será porque On the nickel, Make it rain y la final Day after tomorrow resultaron fascinantes, o será porque tras pagar 130 euros a nadie le apetece sentir que los ha malgastado, pero lo cierto es que Waits sometió. Con sabiduría y tino. A pesar de todos los pesares.


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Diario ABC

TOM WAITS: El mito de la caverna en BCN

DAVID MORÁN

Primera noche en Barcelona: Sonaron los acordes pesados y marciales de «Lucinda», Tom Waits comenzó a contorsionarse y a gesticular frente al pie de micro mientras levantaba una más que considerable polvareda con sus zapatazos y todo cobró sentido: la larga (larguísima) espera, el desorbitado precio de las entradas, el nerviosismo que se respiraba en la platea, los viejos megáfonos y altavoces que colgaban del techo de esa caja escénica construida especialmente para la ocasión, las decadentes bombillas que decoraban los monitores del escenario... Fue, en una palabra, maravilloso. Así de simple.

Sólo un incómodo retraso de algo más de media hora -si han esperado treinta años, ahora no vendrá de treinta minutos, debía pensar Waits en el camerino- y las constantes y molestas idas y venidas del personal de seguridad por delante de las butacas restaron algo de brillo al estreno del californiano en Barcelona. El impacto, sin embargo, fue de altura. Una destartalada y apasionante maravilla que se grabó a fuego en la retina de los 3.000 asistentes que, después de dos horas de actuación, veían en esa pequeña fortuna desembolsada en las entradas -de 100 a 125 euros, ahí es nada- una inversión de futuro. Y es que, si hay un concierto digno de arrinconar casi todos los recuerdos musicales y hacerse con un lugar preeminente en la memoria, ése es el que el californiano ofreció el lunes en el Auditori del Fòrum.

Serpenteando por su vasto y escurridizo repertorio, Waits fabricó un concierto a medida con un generoso repaso a «Rain Dogs» -sonaron «Jockey Full Of Bourbon», «Hang Down Your Head» y dos poderosas y rotundas versiones de «Rain Dogs» y «Clap Hands»- y guiños a «Franks Wild Years», «Swordfishtrombones» y «Bone Machine». Su voz, instrumento prehistórico macerado en lodo, gravilla y alquitrán, sonó más grave y afónica que nunca y sirvió de hilo conductor a tamaño aquelarre de blues mellado, cabaret polvoriento y mutaciones de la música popular convenientemente manipuladas por unos instrumentistas de lujo. Así, si el guión exigía más fuelle, ahí estaba Vincent Henry para soplar dos saxofones al mismo tiempo y acunar suavemente las melodías desenfocadas de «All The World Is Green» y «Falling Down».
El propio Waits se sumó a la retaguardia instrumental empuñando la guitarra en una espasmódica «Metropolitan Glidge» y sentándose al piano para rebajar ligeramente la densidad de las texturas y, acompañado únicamente por el contrabajo, prenderle fuego a «You Can Never Hold Back Spring», «On The Nickel» y «Johnsburg, Illinois». Antes de regresar a esa plataforma circular desde la que presidió toda la actuación, el californiano aún tuvo tiempo de rescatar una «Innocent When You Dream» regada en humo y bourbon para la que contó con el (tímido) apoyo vocal del público. «Hoist That Rag», servida a martillazos y con las percusiones batiéndose en duelo con las palmas del público, allanó el camino para una hipnótica y arrastrada «Make It Rain» que acabó con el concierto y con Waits cubierto de purpurina.

Pero aún quedaba más: en el bis, el cabaret mutante y cavernoso del de Pomona siguió retorciéndose al son de «November» y «Come On Up To The House» y se despidió definitivamente con «The Day After Tomorrow», fundido a negro que acabó definitivamente con una eterna deuda pendiente. Anoche repitió en el mismo escenario y, una vez más, volvió a demostrar que el no canta: pesca las canciones en lo más profundo de su garganta y las saca a la luz sólo después de haberlas pulido a golpe de lija, martillo y hoz. Será que, al fin y al cabo, el arte tiene más que ver con los artesanos que con los artistas.

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domingo, julio 13, 2008

San Sebastián, Auditorio Kursaal, 12 de julio de 2008 (AMPLIADA)



SETLIST
Cortapegado del nunca lo suficientemente alabado Eyeball Kid

Lucinda/Ain't goin' down to the well no more
Way Down in the Hole
Falling Down
Chocolate Jesus
All the World is Green
Hold On
Cemetary Polka
Dirt in the Ground
Black Market Baby
Lie To Me
Misery is the River of the World
On the Nickel
Johnsburg Ill.
Tango Til' They're Sore
Innocent When You Dream
Hoist that Rag
Make it Rain
Cold Cold Ground
November
Jesus Gonna be Here
Singapore

Trampled Rose
Eyeball Kid
Anywhere I Lay My Head




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Los amigos de Noticias de Gipuzkoa:

El prodigioso akelarre de Tom Waits

Arranca en Europa la gira 'Glitter an Doom'

El expresivo Tom Waits, en una imagen captada en los primeros instantes del concierto que anoche protagonizó en el Kursaal donostiarra.Foto: r. plaza

¿RECUERDAN el amargo diálogo final de Esperando a Godot ? Vladimir preguntaba: "¿Nos vamos?" A lo que Estragón respondía: "Sí, vámonos". El autor de la obra, Samuel Beckett, cerraba el libro con una última acotación: "No se mueven".

Pues bien. Otra lacerante y larga espera, la de Tom Waits, concluyó ayer en la capital guipuzcoana con un final más feliz que el de Godot, que jamás apareció. Sobre las 21.30 horas, el artista californiano -cuyo parecido con Beckett, por cierto, es asombroso- saltó a la arena del Kursaal y desató la taquicardia entre las 1.800 almas que le aguardaban con inusitada expectación. En 35 años de carrera, Waits nunca había pisado un escenario español, y que haya elegido Donostia como la primera ciudad del Estado que visita es un hecho que debe ser considerado como histórico. De ahí el nerviosismo que podía percibirse en el recinto.

Cobijado bajo uno de esos sombreros que son para él lo que la pipa para Sherlock Holmes, Waits irrumpió en el escenario con la banda que le acompaña en esta gira bautizada como Glitter and Doom -algo así como "brillante y tenebrosa" o "brillante y maldita"-. Patrick Warren (teclados), Omar Torrez (guitarras), Vincent Henry (vientos), Seth Ford-Young (bajo) y su hijo Casey Waits (batería y percusiones) pusieron su artillería sonora al servicio del infernal akelarre del viejo de Pomona.

repertorio más reciente

"Aullar y tocar"

Habían prometido "aullar" y tocar mambos y rumbas. Y eso es precisamente lo que hicieron. En el primer tramo del concierto sonaron canciones como Lucinda -que fue la primera-, Way down in the hole , Falling down , Hold on y una incendiaria Lie to me . Posteriormente, solo al piano, Waits interpretó varias piezas, para acabar con una escalofriante Innocent when you dream , que incluso hizo caer la lágrima de más de uno.

El grueso del repertorio lo centraron los temas de sus últimos álbumes -Mule Variations , Blood Money , Real Gone , Orphans -, y ello provocó que algunos espectadores lamentaran el olvido de trabajos de juventud tan brillantes como Closing Time , Small Change o Heartattack and Vine .

Terminado el concierto, sin embargo, todos coincidieron en calificar la actuación de prodigiosa y en señalar que, sin duda, protagonizar la obra Esperando a Waits había merecido la pena.

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La Vanguardia

El carisma de Tom Waits seduce a San Sebastián en su primer directo en España

El cantante californiano ha ofrecido esta noche en el Kursaal un formidable aperitivo del doble concierto que hará lunes y martes en Barcelona

San Sebastián.(EFE).- A Tom Waits siempre le han perseguido los adjetivos más extremos, que han alimentado además su carisma de músico de culto, y lo que hoy ha hecho en San Sebastián va a seguir engordando esa leyenda de «outsider» que se resiste a encasillamientos y que ha dejado a todo el mundo con ganas de más.

El cantante californiano ha ofrecido esta noche en el Kursaal un formidable concierto, el primero de su carrera en España y el primero también de su gira «Glitter and Doom» en Europa, que le llevará el lunes y el martes a Barcelona, y después a Milán, Praga, París, Edimburgo y Dublín.

Quienes han llenado esta noche el auditorio donostiarra no iban a la aventura, era una gran mayoría de seguidores devotos que conocía sobradamente la trayectoria de Waits, pero una cosa es saber y otra vivir a unos pocos metros el «show» de este gran contador de historias, casi indefinible sobre el escenario, donde ha logrado que convivan la fuerza, el reposo, el humor y la poesía.

Lo ha hecho en dos horas largas y 24 canciones, tocado con su inseparable sombrero, en un repaso a buena parte de su discografía y con un resultado impactante, cómplice con el público y realmente hermoso muchas veces.

Sus seguidores lo han recibido puesto en pie, lo han aclamado repetidamente y lo han seguido, se han dejado llevar por un gran músico que parece saber muy bien lo que quiere la audiencia, a la que se ha entregado como es, manierista y excéntrico, y con mucha alma de «clown».

Una plataforma circular de unos pocos metros le ha bastado al compositor estadounidense para moverse sobre el escenario, que sólo ha abandonado para interpretar tres temas al piano, entre ellos, «Innocent when you dream», con el que el público le ha acompañado en el estribillo y con el que ha conseguido uno de los momentos más bellos de la noche.

Como un viejo predicador, vestido con chaqueta y chaleco gris y unas botas que bien podrían haber trillado decenas de kilómetros, Waits no ha necesitado apenas dar un paso. Girando sobre sí mismo, encorvándose y jugando a volar con los brazos ha dominado su pequeño teatro.

Si en algo ha respetado la ortodoxia ha sido en el programa, pues ha mantenido el esquema de su «Glitter and Doom» americana, en la que ha dejado hueco a buena parte de sus grabaciones, pero dando un mayor peso a álbumes como «Mule Variations», del que no han faltado «Hold on» y «Black market baby», y «Real Gone», del que ha interpretado unas estupendas «Hoist that rag» y «Make in rain».

«Cold cold ground», «November», «Falling down», «All the world is green» y «Cemetery polka» son otras de los temas que se han escuchado en esta cita, histórica sin duda alguna para sus fieles, en la que se ha pertrechado del megáfono para cantar «Chocolate Jesus».

Quizá su voz áspera haya sonado menos a la del ogro que se va a comer al niño del cuento, pero la esencia Waits ha permanecido de principio a fin en este concierto del estreno español, que ha concluido con «Anywhere I lay my head», de su disco «Rain dogs».

Antes de ese tercer bis había cantado «Trampled rose» y «Eyeball kid», donde el ojo del chico se convirtió en una pelota-boomerang disparada en cualquier dirección, todo un número circense para adornar un final que nadie deseaba que llegase.

A Waits, con 58 años, la época de clubes y garitos nocturnos se le acabó hace tiempo. Ahora tiene mujer e hijos y uno de ellos, Casey, le acompaña en esta gira a la percusión, pero seguro que más de uno habrá abandonado esta noche el Kursaal con cierta sensación de que la ropa le olía algo a tabaco.

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Borja Hermoso en El País

Nunca nadie aulló así

Tom Waits fascina en San Sebastián en el comienzo de su gira europea

Tom Waits en San Sebastián ya es nostalgia. Se fue a la medianoche en punto, a la hora en que las brujas y los trasgos respetables se retiran a sus aposentos, donde no es descartable que les aguarde un buen bourbon. En la tierra fría, fría, como él mismo cantó ayer desde debajo de su bombín negro de deshollinador a tiempo parcial. Rugiendo, maullando y aullando adioses confusos de difícil o imposible descripción.

Se llevó las almas del público, almas borrachas de 'blues', de rock, de 'soul'...

Fue uno de esos raros conciertos con el marchamo de inolvidables

El cantante lleva una banda extraordinaria, y eso no admite un pero

Horas después, la bandera negra del trovador truculento seguía ondeando en los mástiles del Kursaal sobre las cabezas de 1.800 pobres diablos. Días después, semanas, meses, quién sabe si años y hasta lustros que ya serán recuerdo, los efluvios del desconcierto permanecerán incrustados en los tímpanos y en las retinas de todos nosotros, pobres reos de nocturnidad, incautos rehenes temporales del bardo de Pomona, California, planeta mundo, según se mira, a mano izquierda de la fascinación y el embeleso, en la tierra fría, fría.

En San Sebastián, ayer por la noche, como quien se autoinmola a lo bonzo para dar cuenta de una inquebrantable confianza en su propia apuesta, Tom Waits se llevó las almas del público, almas borrachas de blues, de rock, de soul, de carnaval y de circo, aulló pasiones y lamentos como nadie nunca había aullado, se quedó con la chica, con las chicas, pese a exhibir una de las jetas más inexplicables de la historia de la fisicidad humana -un cruce temible entre Lee Marvin y el hermano Salvatore, el monje políglota y demoniaco de El nombre de la rosa- y ejerció de lo que sabe: una factoría de ruidos y melancolías.

Después de haberse pegado una semana de vacaciones familiares y gastronómicas en las calles y tascas de San Sebastián y Pamplona (Arzak, Akelarre, Rekondo, Sanfermines y hasta una peluquería en la que soltó al peluquero: "¡Hola, quiero un corte a lo Tom Waits!"), el creador de himnos de azufre como Cold Cold Ground (desoladora su versión de ayer por la noche en San Sebastián) o Innocent when you dream (divertida, áspera y bromista en el Kursaal) protagonizó uno de esos raros conciertos marcados con el marchamo de lo inolvidable. Dos horas de música, poesía, mímica, vodevil, contorsionismo, procacidad, susurro, rugido, cariño, sorpresa, siempre la sorpresa, siempre, ayer -durante dos largas pero tan cortas horas- la dulce y escasa dictadura de lo imprevisible.

Falling down... y todo recobra otro sentido ahí, hundido / abrumado en tu butaca viendo venir la noche, oyendo rugir al monstruo. Y da igual que el malditismo militante ocupe los ínfimos tiempos muertos, y da igual que ese señor californiano y feo que ruge y brama recitados y chistes dé la sensación a veces de estar quedándose con el personal, que, por cierto, traga con todo, incluso con el desembolso de 133 euracos de vellón, con la que está cayendo aquí y en Bujumbura.

"Tengo una banda estelar, todos tocan con la precisión de un coche de carreras", le gusta decir a Tom Waits, y nada se le puede objetar visto lo visto, oído lo oído ayer: Larry Taylor en el bajo, Patrick Warren en los teclados, Omar Torrez a la guitarra, Vincent Henry en los vientos (increíbles sus solos soplando dos saxos al tiempo) y su hijo Casey Waits a bordo de la batería arroparon inconmensurablemente al padre de Swordfishtrombones en el arranque de su gira europea.

Hay que establecer, tras lo de ayer en el atestado Kursaal donostiarra, dos evidencias tan irremediables como que todo tiene principio y fin y como que al igual que nacemos, morimos: una, Tom Waits (60 tacos el año que viene) es un animal escénico de primer orden, no diremos que a la altura de su adorado Marcel Marceau, pero eso sí, con lujo de estruendos; dos, Tom Waits lleva una banda extraordinaria, y eso no admite un pero.

Él mismo se unió a la kermesse instrumental tocando por tiempos la guitarra, el piano y las maracas, desafinando (pero con estilo) desde un enorme megáfono y hasta dando pataditas chulescas a unos aparatitos ignotos e indescifrables que estaban en el suelo, justo delante de sus pies, y que hacían cling cling cling, una bobada como otra cualquiera, pero que de repente te transportaba a la antesala de cualquier viejo circo de los arrabales. Sabe mucho Tom Waits del sonido triste de los circos, mientras al fondo pasan trenes que van exactamente a ningún sitio.

Hizo mucho caso a uno de sus grandes discos, Blood money, al que en ocasiones le puso, de forma sorprendente una vez más, el rasgueo vibrante de una guitarra española en las manos de Omar Torrez. Siempre, otra vez, a la contra, siempre dispuesto a dar la batalla de la sorpresa.

La no-relación de Tom Waits con un país llamado España ya es pasado. Ayer estuvo en San Sebastián. El lunes y el martes estará en Barcelona. Algún día, algún abuelo, en algún lugar, dirá a sus nietecitos: "Yo le vi".

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Agencia EFE

Tom Waits, el genio ronco capaz de hipnotizar a todo un país

El Kursaal de San Sebastián fue testigo del primer concierto en España del músico



Unos cuantos privilegiados se fueron anoche más felices que nunca a la cama. En su primera visita en concierto a España, Tom Waits regaló una noche única en el Kursaal de San Sebastián a los 1.800 fans que quisieron saborear hasta el último instante de una antológica actuación que ya ha pasado a la historia musical española y para la que a nadie parecía importarle el astronómico precio de la entrada (de 100 a 125 euros las oficiales, las otras, sería imposible de calcular).

El singular cantante, compositor de los bajos fondos, abrió además con su concierto en San Sebastián la gira europea de Glitter and Doom, que le llevará a Barcelona los días 14 y 15 y después a Milán, Praga, París, Edimburgo y Dublín.

En su actuación sonó Way down in the hole, además de Lucinda, que fue la elegida para abrir un concierto donde no faltaron algunos clásicos de sus álbumes Rain dogs, Bone machine, Mule variations y Real Gone, considerados por muchos como los mejores del genio californiano.

Hace ya varios años que Waits atraviesa una segunda juventud, sobre todo después del lanzamiento de Real Gone (2004), su último disco de estudio, o el triple CD de rarezas Orphans (2006), con el que ha vuelto a estar en la boca de todos. Él, que parece plantar cara al paso de los años, regaló una noche de música inolvidable. Fueron himnos para borrachos impregnados de música popular americana y de blues, dos estilos por los que sigue caminando el cantante de voz áspera que tantos palos ha tocado, siempre de una forma personalísima y cada vez más experimental.

Si en la última década Waits ha huido prácticamente del directo y sólo se ha prodigado por aforos reducidos, para Glitter and Doom ha elegido teatros y auditorios, todo un privilegio para las casi 1.800 personas que le vieron en San Sebastián y las 6.200 que lo harán después en Barcelona.

En la gira, que comenzó el pasado 17 de junio en Phoenix, Waits va acompañado por sus músicos habituales: el bajista Larry Taylor, la guitarra de Omar Torrez, Patrick Warren a los teclados y Casey Waits en la percusión. De ellos ha llegado a afirmar que "tocan con la precisión de un coche de carreras" y que todos ellos son "verdaderos prestidigitadores", ya que hace canciones con ellos que nunca se atrevería a tocar sin su presencia. "Multi-instrumentistas que incluso bailan la polka como hombres de verdad", ha comentado en varias ocasiones.

Si lo de anoche fue un triunfo por goleada, Barcelona espera ya ansiosa el doblete de Tom Waits.

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Javier Pérez de Albéniz en Soitu.es


El resto es silencio

SAN SEBASTIÁN.- Eran las 21:54 del sábado 12 de julio de 2008. A esa hora, ese día, Tom Waits pisó por primera vez un escenario español, el del Kursaal donostiarra. Tenía un gran foco de luz blanca sobre la cabeza y un desierto bajo los pies. Se ajustó el sombrero, golpeó el suelo con sus pesadas botas negras, levantó una polvareda y puso en marcha el teatro de su vida. Dos horas de ruidos, silencios y canciones. El hombre con el hígado jodido y el corazón roto ofreció un concierto, el primero de su gira europea ("Glitter and Doom"), intenso, teatral, sorprendente y en ocasiones deslumbrante.

Juan Herrero (EFE)

San Sebastián pudo ver un iluminado Tom Waits.

Waits presentaba un aspecto excelente: el cuerpo de un espantapájaros, con las articulaciones descoyuntadas, el traje arrugado y una lija en la garganta. Perfecto para arrastrar por todos los rincones del planeta sus canciones sobre perros mojados, bebedores de whisky en tazas de té y chicas que sólo son inocentes cuando sueñan. Desde 'Cold Cold Ground' a 'Hold On' pasando por 'On the Nickel'. Canciones que disfrutaron de un sonido perfecto desde el primer minuto de concierto, algo nada habitual. Como no lo es la solvencia y discreción de unos músicos vestidos de riguroso negro: guitarra, teclados, contrabajo, saxos y batería (con la colaboración especial de otro de los hijos de Waits, además del batería, al clarinete y percusiones).

A lo largo de dos horas, con la sala repleta, el californiano dio un repaso a su carrera, teniendo tiempo para sentarse al piano, tocar la guitarra eléctrica y acústica, filtrar su voz por un megáfono y jugar a la pelota con uno de sus ojos, en una broma rítmicamente siniestra. La banda sonora perfecta para una película de Tim Burton. Música de burdeles, de desguace de autobuses, de pensiones con chinches, de piano bar, de fábrica de alambre de espinos, de circo ambulante. Los sonidos del mundo y algunas cosas más en un escenario sencillo pero eficaz, en el que unos grandes focos laterales creaban tonalidades de diferentes colores. Naranja, rojo, blanco, dorado... Una puesta en escena brillante para unas canciones que no atienden a reglas, que se elevan sobre si mismas desde la voz irrepetible de un genio. Una alternativa inteligente a la monotonía, puede que la verdadera música.

En San Sebastián estuvo el Tom Waits de 'Rain Dogs' y 'Swordfishtrombones', el cantante de cabaret que ejerce de mimo, el actor que trata de pisar su propia sombra, el eslabón perdido entre Jack Kerouak y Joe Ramone. Toneladas de talento en un dios zarrapastroso que odia la televisión, que se niega a que utilicen sus canciones en publicidad y que jamás ha estrenado zapatos. Ajeno a las urgencias de la música actual, cubierto de purpurina, sudor y polvo, Waits bajó el telón a medianoche. Es un espíritu libre que, como Hamlet, cree que "el resto es silencio".


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Informativos Telecinco:

El primer concierto de Tom Waits en España alimenta su leyenda de músico de culto

El cantante californiano Tom Waits ha ofrecido un formidable concierto, el primero de su carrera en España y el primero también de su gira "Glitter and Doom" en Europa. Durante dos horas largas y 24 canciones sus fans han podido disfrutar de este artista en el Kursaal de San Sebastián.

Tom Waits, en su concierto en San Sebastián. Foto: EFE

A Tom Waits siempre le han perseguido los adjetivos más extremos, que han alimentado además su carisma de músico de culto. Su concierto en San Sebastián es un ejemplo más de la leyenda de "outsider" que se resiste a encasillamientos.

Los asistentes eran en una gran mayoría seguidores devotos que conocían sobradamente la trayectoria de Waits. Por eso han disfrutado con este gran contador de historias, casi indefinible, que ha logrado que convivan en el escenario la fuerza, el reposo, el humor y la poesía.

Tocado con su inseparable sombrero, ha hecho un repaso a buena parte de su discografía. Una plataforma circular de unos pocos metros le ha bastado al compositor estadounidense para moverse sobre el escenario, que sólo ha abandonado para interpretar tres temas al piano, entre ellos, "Innocent when you dream”.

Como un viejo predicador, vestido con chaqueta y chaleco ha dominado su pequeño teatro. Si en algo ha respetado la ortodoxia ha sido en el programa, pues ha mantenido el esquema de su "Glitter and Doom" americana, en la que ha dejado hueco a buena parte de sus grabaciones, pero dando un mayor peso a álbumes como "Mule Variations", del que no han faltado "Hold on" y "Black market baby", y "Real Gone", del que ha interpretado unas estupendas "Hoist that rag" y "Make in rain".

"Cold cold ground", "November", "Falling down", "All the world is green" y "Cemetery polka" son otras de los temas que se han escuchado en esta cita, histórica sin duda alguna para sus fieles, en la que se ha pertrechado del megáfono para cantar "Chocolate Jesus". Tres bises pusieron fin al concierto de un Waits que, con 58 años, puso hace tiempo fin a la época de clubes y garitos nocturnos. Pero seguro que más de uno habrá abandonado el Kursaal con cierta sensación de que la ropa le olía algo a tabaco.

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Diario Gara

El corazón nos hizo «crack» con el exquisito Tom Waits

Artista de culto, la exclusiva visita de tom waits a Donostia a suscitado un expectación inusitada y la tensión del inicio del concierto, explotó en una apoteosis final, ayer noche en el Kursaal.

Anartz BILBAO

El cuco tiene fama de ser caro de ver, pero se escucha con asiduidad en nuestros bosques y la creencia popular dice que conviene tener el «bolsillo caliente» la primera vez que se le oye en cada temporada, para vivir monetariamente holgado. Ayer, en plena crisis económica, fuimos apenas dos mil almas trastornadas las afortunadas de ver y escuchar, como «aristócratas de la música popular», al «cuco» Tom Waits, quien inició gira europea en Donostia vaciando, de paso, los bolsillos de los que creemos en el poder curativo de la música, y en que directos como el del californiano son capaces de mejorar -al menos por dos horas- nuestras vidas. Quizas por todo ello, por la particularidad del genial Waits, por la locura económica realizada o por que, convertido en acontecimiento social ineludible, para muchos aficionados era importante no faltar, la audiencia se presentaba expectante e incluso exultante media hora antes de que el de Pomona saliera -tras un retraso de media hora-, a escena. Entre el público, muchas caras conocidas e implicadas, de alguna manera o de otra, en el ambiente -o negocio- musical, además de artistas de muy diverso pelaje y algún que otro despistado que se acercó desde Sanfermines, según demostraba el atuendo rojiblanco de más de un asistente. En definitiva, nadie se quería perder la visita de un artista de culto que no se prodiga en esceso en escena.

Tom Waits, nacido en Pomona, California, en 1949, iniciaba en Donostia la gira «Glitter & Doom», tras editar en 2006 el triple trabajo «Orphans». Una gira con apenas una docena de fechas en Estados Unidos y quince en Europa, en apenas siete ciudades.

La noche se presentaba incierta, porque cuando, tras años y años de reposo, abres la botella de vino que reposaba en el rincón más recóndito de tu bodega, y has pagado muy muy bien por ella, es tan probable que el resultado sea soberbio como que salga picado. Además, el artista norteamericano jugaba ambiguo en el cartel de la gira, pudiendo ser un mago capaz de encantarnos con su polvo de oro, como un enojado homeless con intención de arrojarnos polvo a los ojos.

Apoteósico, desde el inicio

La incertidumbre, sin embargo, se disipó en cuanto, en medio de una atronadora ovación, el interprete saltó gesticulante a escena. Con traje oscuro y bombin, encaramado a una tarima en medio del escenario y bien arropado por su banda, compuesta por cinco elegantes y versátiles músicos, Tom Waits demostró ser un animal de escena, con el poder hipnótico de sus desgarradoramente bellas composiciones.

Envuelto en una polvareda que levantaba al zapatear el tablado, Tom Waits voló gesticulante en el Kursaal y enardeció a la audiencia desde que rompió el silencio, siendo más de una, aquí y alla, las personas que no pudieron aguantar sentadas y se pusieron a bailar en cuanto sonó el primer acorde de un concierto memorable que nunca, nunca olvidaremos.

En medio del éxtasis final, nos sumergimos en la fresca y húmeda noche de la ciudad extasiados por haber visto a un verdadero genio de la música popular. Nadie se acuerda ya, y dificilmente se arrepiente, de haber pagado tanto por otro tanto. Sin duda el estadounidense es un artista único e irrepetible, pero nos preguntamos si aún puede quedar algún otro Tom Waits, tocando solitario el acordeón, en las callejuelas de Kinsasa, Varsovia o Nueva Delhi.

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ABC

La voz exagerada y ronca de Tom Waits conquista el Kursaal donostiarra

IÑAKI ZARATA
SAN SEBASTIÁN. Los mitos se desvanecen en la distancia corta. La previa y larga estancia donostiarra del cantante Tom Waits, antes de su esperado debut ibérico en el Kursaal, ha seguramente mermado brillo al mito del rockero suburbano supuestamente alcohólico y amigo de nocturnas correrías al borde del desastre sentimental y hasta físico. Pero que Waits era un ordenado padre de familia desde hace décadas lo sabía cualquiera medianamente informado sobre su biografía y la de su mujer, Kathleen Brennan.

El notable transformismo Waits, cuando de salir a escena y trabajar se trata -como ocurrió la noche del sábado, convenientemente trajeado y con su habitual sombrero- debería en consecuencia ser doblemente valorado, como el personal artista, actuante, simulador y cuentacuentos que es. Todo eso y más fue demostrado en unas dos horas de cantos roncos, teatralizaciones escénicas y particulares músicas de apoyo que parecieron un libro abierto con todos los capítulos imaginables de las sonidos populares: desde la hondura blues y gospel al rock rugoso, la fanfarria cabaretera y de vaudeville y hasta flamenco y reggae, más los ecos de viejas influencias blancas en clave de vals, polka, tango y aromas similares.

El californiano no gruñe tan salvajemente, ni distorsiona sus melodías de la manera casi grotesca a como lo hizo en el pasado, y ese cambio o evolución está suficientemente avisado en sus últimos discos. La otrora chirriante tormenta vocal es hoy más sosegada. Y es «la voz», pero la voz de la pantomima, de la exageración.
Perfecta la banda de apoyo, que incluye a su propio hijo Casey en la batería y esporádicamente su otro hijo Sullivan, en la que hay muchos cambios respecto a tiempos pasados, pero que parece haberse engrasado al detalle en su reciente gira americana. Y más de veinte títulos en unas dos horas de show. Con repaso a varias épocas (Rain Dogs, Mule Variations, Real Gone o el recopilatorio Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards, última obra discográfica aparecida). Hubo parada y fonda en álgidos momentos tipo Hold on, Down the hole, Chocolate Jesus, Underground, etc. En el terreno de lo oldie, de la raíz sigue trabajando, de manera originalmente personal, rozando a ratos la genialidad en sus parodias y en su esquinadas ironías vitales. Y no ha sido además nunca carne de listas de éxitos y algunas de sus canciones han triunfado más en voz ajena que en la propia: Bruce Springsteen -aquí al lado, que en ese momento se encontraba en la ciudad con motivo de su próximo concierto en el Estadio de Anoeta-, Eagles, Rod Stewart, Marianne Faithfull...

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Tom Waits según Tom Waits

Traducción de la autoentrevista promocional publicada en ABC

-¿Cuál es el disco más curioso que posee?
-En los años setenta, un sello de Los Ángeles sacó un álbum titulado The Best of Marcel Marceau : 40 minutos de silencio seguidos de aplausos. Se vendió bien. Me gusta ponerlo cuando alguien viene a mi casa, pero no me gusta que la gente hable cuando se lo pongo.

-¿Qué artistas han influido más en su espíritu creativo?
-Bueno, así, de pronto, se me ocurren algunos: Kerouac, Dylan, Bukowski, Rod Serling, Don Van Vliet, Cantinflas, James Brown, Harry Belafonte, Ma Rainey, Big Mama Thornton, Howlin Wolf, Leadbelly, Lord Buckley, Mabel Mercer, Lee Marvin, Thelonious Monk, John Ford, Fellini, Weegee, Mick Jagger, Keith Richards, Willie Dixon, John McCormick, Johnny Cash, Hank Williams, Frank Sinatra, Louis Armstrong, Robert Johnson, Hoagy Carmichael y Caruso.

-¿Qué es el paraíso para usted?
-Mi mujer y yo en la Ruta 66, con una jarra de café, una guitarra barata y la grabadora de una casa de préstamos en un motel barato, y un coche que corra bien aparcado delante de la puerta.

-¿Qué le parece difícil en la vida?
-Principalmente, asentarse entre la realidad y la imaginación. Mi realidad necesita la imaginación como una bombilla necesita un portalámparas. Mi imaginación necesita la realidad como un ciego necesita su bastón blanco. Las matemáticas son difíciles. Y leer una carta. Seguir instrucciones. La carpintería. La electrónica. La fontanería. Acordarse correctamente de las cosas. Las líneas rectas. El Pladur. Encontrar un imperdible. Pedir la comida al restaurante chino. El manual del equipo de alta fidelidad en alemán.

-¿Qué anda mal en el mundo?
-Estamos siendo sepultados bajo el peso de la información, que es confundida a menudo con el conocimiento; además se confunde la cantidad con la abundancia y la riqueza con la felicidad. El perro de Leona Helsmley costó 12 millones el año pasado... y Dean McLaine, un agricultor de Ohio, ganó 30.000 dólares. Ésa es sólo una versión gigante de la locura que crece en la cabeza de cada uno de nosotros. Somos primates, con dinero y armas.

-¿Y la grabación más interesante que posee?
-Una grabación misteriosamente hermosa del sello de Robbie Robertson, según oí. Es sobre críquet. En serio, críquet, era la primera vez que lo oía... Juro que estaba escuchando el coro de los Niños Cantores de Viena o el del Tabernáculo Mormón. Tiene una armonía a cuatro partes que es un panorama coral oscilante. Y, de repente, surge una voz de la cinta que dice: «Lo que usted está oyendo es el sonido del críquet. El único cambio es que han disminuido la velocidad de la grabación». No habían añadido efectos de ningún tipo, excepto el cambio de velocidad. El sonido era fantasmagórico. Se lo puse a Charlie Musselwhite y me miró como si me hubiera sacado un duende del bolsillo.

-¿Tiene algunas palabras claves para vivir?
-Jim Jarmusch me dijo una vez: «rápido, barato y bueno... elige dos de esas cosas. Si es rápido y barato no será bueno. Y si es barato y bueno no será rápido. Y si es rápido y bueno no será barato». Rápido, bueno y barato... Elige dos palabras claves para vivir.

-¿Cómo compararía a los guitarristas Marc Ribot y Smokey Hormel?
-El pulpo tiene ocho tentáculos y el calamar gigante diez, cada uno con cientos de chupones succionadores y cada cual tiene la fuerza para reventar las arterias de un hombre. Tienen pequeños picos como un pájaro, que usan para inyectar veneno a sus víctimas. Se han visto algunos calamares gigantes o pulpos con cien patas o tentáculos. Se sabe también que algunos calamares gigantes han volcado embarcaciones enteras, para alimentarse de los marineros desorientados en el agua. Muchas de las desapariciones de barcos en alta mar y otras embarcaciones, hundidas sin explicación, son obra de calamares gigantes.

-¿Su experiencia musical más excitante?
-Fue en Times Square, hace por lo menos 30 años. Había en la esquina una sala de ensayo dividida en minúsculos espacios en los que uno tenía el sitio justo para abrir la puerta. Allí había una espineta con quemaduras de cigarrillos, teclas que faltaban, pintura desconchada y sin pedales. Cuando cerraba la puerta, llegaba tanto ruido de las otras salas que no podía trabajar. Yo me detenía para escuchar ese excitante goulasch de músicas: escalas de clarinete, tango, opereta, un cuarteto de cuerda desafinado, lecciones de canto, alguien que berreaba Everything´s Coming Up Roses, grupos de garaje, clases de piano... El suelo temblaba como si diez radios juntas estuvieran encendidas en la misma habitación, como un patio de maniobras musical. Para mí, un paraíso.

-¿Qué experiencia para la que nació muy tarde le hubiera gustado vivir?
-Vaudeville. Todas esas mezclas e hibridaciones bizarras. Guitarristas de «delta blues» y artistas hawaianos tocando juntos, de lo que resulta la adopción del «guitarra slide» como un lenguaje musical reconocido como afroamericano. Pero fue en realidad una fecundación total, como en casi todas las culturas. Como en todas las culturas. George Burns es un artista «vaudeville» que a mí me gusta mucho, en particular. Seco e inamovible, original y muy gracioso, en todo lo que decía. También bailaba muy bien. Solía decir: «Qué mal que las únicas personas que sabrían cómo llevar este país estén ocupadas conduciendo carretas y cortando el pelo».

-¿Qué cosas te interesaría saber de verdad?
-¿Saben las balas en realidad para qué están hechas? ¿Sería posible que haya un enchufe en el fondo del océano? ¿Qué le dicen los jinetes a sus caballos durante la carrera? ¿Qué se sentirá ser un árbol al lado de una carretera? A veces, los violines suenan como gatos siameses; y el primer violín fue hecho de tripas de gato. ¿Habrá alguna relación en ello? Y cuándo se erguirá la Tierra y nos sacudirá de sus espaldas... ¿Se casarán los seres humanos algún día con robots? ¿Podría ser que un diamante sea sólo un pedazo de carbón con un poco de paciencia? ¿Rompió Ella Fitzgerald de verdad esa copa de vino con su voz?

-¿Qué sonidos le gustan?
-Los evangelistas en las esquinas de las calles, los embotellamientos de Manhattan, mi mujer cantando, unos caballos o un tren que se acercan, unos niños a la salida del colegio, unos cuervos hambrientos, una orquesta que afina, los pianos de las tabernas de las películas de vaqueros, las montañas rusas, un proyector que estalla de un disparo, el hielo que se agrieta, una rotativa, el béisbol en un transistor, las antiguas cajas registradoras, los bailarines de claqué, los partidos de fútbol en Argentina, el beatboxing , las sirenas de los barcos en la niebla, una cocina de restaurante, las salas de redacción de las películas antiguas, el galope de los elefantes, el beicon al freírlo, las fanfarrias, las clases de clarinete, los gramófonos Victrola, la campana de los combates de boxeo, las discusiones en chino, los pinball , las orquestas de niños, el encendedor Zippo, losórganos Limonaire, el steelpan bajo, los tractores, el violín Stroh, la trompeta con sordina, los estribillos musicales, el theremin , los palomos, las gaviotas, las lechuzas, las palomas, el mundo que siempre está haciendo música.

-¿Hay preguntas para las que no tiene respuesta?
-La bala cuando se dispara, ¿sabe a quién está destinada? ¿Hay un tapón en el fondo del océano? ¿Qué le dicen los jinetes a los caballos? ¿Qué siente un periódico cuándo lo convertimos en papel maché? ¿Le importa a un árbol estar al borde de una autopista? Si los violines suenan a veces como un gato siamés, ¿tiene que ver con que antiguamente se utilizaban tripas de gato para las cuerdas? ¿Cuándo se va a encabritar el mundo y va a tratar de desconectarnos? ¿Podrán los humanos casarse con robots? ¿Un diamante es solamente un pedazo de carbón dotado de paciencia? ¿Podía realmente Ella Fitzgerald romper una copa cantando?

-¿Así que está de gira?
-Tengo un grupo divino: Larry Taylor al contrabajo, Patrick Warren a los teclados, Omar Torrez a la guitarra, Vincent Henry a los instrumentos de viento y Casey Waits a la batería y a la percusión. Tocan con una precisión de Fórmula 1 y son verdaderos magos. Hago con ellos canciones que nunca me había atrevido a hacer fuera del estudio. Todos tocan muchos instrumentos y bailan como auténticos tíos.

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Un enigma con voz de anticuario

Artículo de David Morán en el ABC de ayer.

BARCELONA. Es la gran incógnita de la música norteamericana de las últimas tres décadas, el eterno signo de interrogación que se cuela por todos los resquicios de la tradición popular para manipularla, pervertirla y arrinconarla en el más lóbrego de los rincones. Escurridizo e inasible, su voz sigue sonando tan oscura como el interior de un pozo y tan misteriosa como un arcón cerrado con siete candados. Su cancionero tampoco entiende de convenciones y, cada vez más abstracto, profundo y anguloso, sigue dibujando su propio camino y borrando cualquier huella que encuentra a su paso.

Será por eso que, desde que se dio a conocer con el piano-bar de «Closing Time», el californiano no ha dejado de doblegar el eje del blues para acercarlo al jazz, al rock, al swing, al cabaret alemán y a cualquier música que cupiese en su alocada cabeza, la misma de la que han salido asombrosos trabajos de corte, confección, orfebrería y contrachapado artesanal como el sublime «Swordfishtrombones», álbum que transformó el jazz melancólico y noctámbulo en un turbio patchwork de estilos, sonidos y emociones. Fue ese disco, imprevisible aleación de vientos malheridos, pianos mellados, percusiones africanas, armónicas de cristal y líneas vocales propias de un crooner enloquecido y desterrado a los suburbios, el que abrió de par en par el intransferible universo creativo del californiano y, lo que son las cosas, el que le cerró las puertas de Asylum, discográfica en la que había publicado toda su obra anterior y que no supo entender tan radical cambio de rumbo.

Cronista de la penumbra y fabulador de primera, a Tom Waits le precede un personaje tanto o más insólito que su música, ése que disfruta citando a los periodistas en inhóspitos moteles de carretera y que se entretiene inventando nuevos sonidos con los trastos que va encontrando en su garaje. Es de ahí de donde sale el arsenal de cadenas, llantas, martillos, latas, cajones e incluso huesos que resuenan en el interior de sus discos y que hacen de su rancho de Napa uno de los lugares más interesantes del mundo. No extraña que al autor de «Bone Machine» le cueste tanto alejarse de su hogar para salir de gira: es ahí donde todo su universo cobra sentido y, sobre todo, donde encuentra la complicidad de su esposa, Kathleen Brennan. A ella hay que agradecerle la espléndida trilogía que forman «Swordfishtrombones», «Rain Dogs» y «Franks Wild Years» y el haberse convertido en una fuente inagotable de inspiración. Normal, pues, que en los últimos ocho años no haya ofrecido más de una veintena de conciertos y que cada gira que planea sea un selecto recorrido de apenas medio mes de duración. Eso sí; en cuanto pisa la carretera, cualquier cosa es posible.

Su último trabajo sigue siendo «Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards», monumental recopilatorio de restos y desechos en el que, curiosamente, no hay ni un solo minuto de relleno, pero su puesta en escena es completamente impredecible. «Cada noche cantas las mismas canciones. ¿Cómo hacerlo sin sentir que estás golpeándolas duramente con un martillo hasta dejarlas planas?», se ha preguntado en más de una ocasión un Waits que concibe su repertorio como un organismo vivo que va mutando noche tras noche. En sus últimas actuaciones se le ha podido ver hurgando en sus producciones más recientes. Pero, ¿quién sabe lo que hará en San Sebastián y Barcelona?

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